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Adolfo Suárez: Un hombre derecho

24/03/2014 15:12 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

imageAdolfo Suarez en su despacho Enrique Cano / CORDON PRESS MUNDO

Fuente: El Mundo

Por Manuel Jabois

De la misma manera que hay un pedazo de la Historia de España entre el anuncio de la muerte inminente de Adolfo Suárez y la rectificación médica, trasladable a la propia obra de Suárez, extrapolable a la Presidencia de Suárez heredada con sus dejes y sus perfectas podredumbres, ejemplar pese a todo en la facturación técnica pues nadie prometió que la democracia fuese otra cosa, también la resistencia en la que convivió sin memoria, perdiendo los rasgos de sus hijos y el recuerdo de sí mismo, es una victoria suya íntima, la más cálida de todas por lo que tiene de descripción de España.

Estos años la permanencia en vida meramente simbólica ha obligado a los contemporáneos a alzar la mirada y contemplar la estatua enferma del hombre a quien todos quisieron matar políticamente porque España era el prêt-à-porter democrático que debía llenarse de sangre nueva sin atender a los que se tumbaron boca abajo en el río para que se cruzase el Rubicón con garantías.

Suárez tenía una belleza rigurosa y una juventud excitante; suponía un cartel fiero porque donde se veía a un tecnócrata, el Rey vio un camaleón. Sus rasgos son semejantes a los de un viejo compañero suyo, Pepe Rivas Fontán, alcalde histórico de Pontevedra con UCD. Rivas, como tantos cargos del partido repartidos por España donde el foco echa encima luz tibia, supo pronto en la calle lo que estaba haciendo Suárez en La Moncloa. Un día de la Semana Santa de 1979, en la procesión del Santo Silencio, la comitiva municipal entró en la calle del Chocolate. «Era muy bonito porque las luces se apagaban y el silencio de la procesión impactaba mucho», recordaba Rivas. «Yo iba muy orgulloso», confesó. «Pero el silencio sagrado lo rompió un grito tremendo que se escuchó en media ciudad: ‘¡Rivas, traidor, sacasteis a Dios de la Constitución!’».

Rivas fue el primer alcalde de la democracia de Pontevedra en un tiempo que no se sabía votar: varias señoras se presentaron en grupo con los sobres llenos de folletos con la cara de Adolfo Suárez. Las veces que hablé con Rivas me dijo que mucho más peligroso para la democracia no fue el golpe de Tejero, sino los crímenes de Atocha: cinco cadáveres muertos a sangre fría en una especie de prórroga macabra. Para entender hoy el valor de Suárez, para comprenderlo desde la óptica de los nacidos después e invadidos de cierta intrasigencia hacia esa generación que vemos con nostalgia maligna, hay que recordar la impunidad con la que hablaban figuras de tronío, a quien quisiera oírles, del volantazo que le preparaban al país gobernado por él. Cercas lo explica al detalle en su libro Anatomía de un instante. Uno de esos personajes de principios y asonada, cuya memoria aún protegía hace poco su viuda en las cartas al director, era Milans del Bosch. Su querencia por tomar el Congreso era la misma que la que el teniente coronel Manolo Garea contó a Pepe Rivas Fontán sobre Tejero en el Gobierno Civil de Pontevedra en expresión fabulosa: «Es un obseso del golpe».

La recopilación que hace Cercas de las amenazas define con pulcritud la escopeta y su herencia. Al legalizar Suárez el PCE, dice Milans a los militares: «El presidente del Gobierno dio su palabra de honor de no legalizar el Partido Comunista. España no puede tener un presidente sin honor: deberíamos sacar los tanques a la calle». Cuando las mujeres del franquismo en retirada, aún indomables, le paraban por los cafés para llorarle el destino de la patria, Milans decía: «No se preocupe, señora, que yo no me retiro sin sacar los tanques a la calle». Y mucho antes, en el esplendor escopetero, bebiéndose unas copas con el Rey cuando estaba en la base de Brunete, advirtió a modo de broma: «Majestad, si me tomo otro cubata saco los tanques a la calle».

Suárez gobernó con los zapatos llenos de víboras. Cuando aún hoy alguien se queja de tal militar o de tal nostálgico, cuando hoy alguien hace de la anécdota categoría porque un apasionado escribió un artículo en el que dice no sé qué o una familia Adams del golpismo usó las instalaciones de la Guardia Civil para darse un homenaje de la asonada patética, debería convenirse que el aseo democrático del Ejército en las últimas décadas ha sido ejemplar; que venían de donde venían y pararon donde pararon, y hoy cualquier salida de pata de banco es parte de un histrionismo mal digerido y ya no voluntad estamental.

El día del golpe de Estado Rivas Fontán lo primero que hizo fue recordar las historias de 1936 en Pontevedra: «Entonces mucha gente fue a refugiarse al Gobierno Civil: ésos fueron a los que prendieron y fusilaron. Así que conduje mi coche hasta allí y al llegar me puse a dar vueltas al edificio para ver si había militares». Dentro estaba el gobernador, delante de un teléfono rojo que no funcionaba. Y al rato entró el teniente coronel Garea. Rivas y el gobernador dieron un paso atrás porque no tenían ni idea de lo que ese hombre iba a hacer. Garea cogió el tricornio, echó la mano a la pistola y los dos civiles ahogaron un grito. Lo que hizo el militar fue poner la pistola dentro del tricornio y colocarlo encima de la mesa: «Yo estoy a sus órdenes, gobernador».

El mérito de Suárez y de todos los que hicieron la Transición fue que nunca llegaron a saber, hasta los momentos irreversibles, quiénes estaban junto a ellos: quiénes sacaban la pistola para rendirla al pueblo o quiénes disponían de ella para amedrentarlo. Al presidente del Gobierno -hoy en cierto modo lo es-, Tejero le apoyó la pistola en el pecho y le gritó: «¡Cuádrese!». Era la orden de sumisión del plomo contra la voluntad popular. Suárez entonces éramos todos, hasta los bebés. No sé si se cuadró, pero el «todo el mundo al suelo» no quiso escucharlo nunca. Jamás se tumbó. Ni siquiera muchos años después, tragado por el olvido, deshecho por el alzheimer, llegó a tumbarse. Tampoco hoy. En cierto modo, aunque sea en el recuerdo, que fue lo primero que perdió, siempre estará derecho.


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