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25/04/2011 13:51 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

EL ESTADO DE GUERRA Y SU IMPERTINENCIA

POR JESÚS JOSÉ GUERRERO ANDRADE

En la película La Lista de Chindler que marca los tiempos de la ocupación alemana en Polonia y concretamente en CRACOVIA, durante los años de 1939-1941, la ciudad habitada por judíos, principalmente, es uno de los objetivos centrales de la política antisemita de Hitler y fuente principal de abasto de los campos de concentración y de exterminio. La película muestra magistralmente la forma en que fueron modificándose las condiciones de vida de los judíos al tiempo que los alemanes concluían sus inventarios y la identificación pormenorizada para averiguar la edad, condiciones de salud y capacidades de los habitantes, a efecto de asignarles el destino final en fábricas alemanas, confeccionando trajes militares y fabricando armas. Igual como personal de cocina, limpieza y otros requerimientos de las fuerzas de ocupación, incluido el uso sexual de las mujeres las que para ser elegidas y así conservar la vida, se pinchaban los dedos y con la sangre encendían sus chapetes y el color de sus labios, haciéndolas más atractivas a los ojos de sus verdugos. A los que no eran útiles vivos se les exterminaba para obtener el oro de sus dientes, su piel para lámparas, su grasa para jabones y así con todo lo que pudiera resultar aprovechable.

La fatalidad de su destino, esperando el momento de su muerte, mantenía a los judíos en constante zozobra y con el espanto perpetuo en los rostros macilentos. Al ver caer a los vecinos sabían que su turno se aproximaba, sin plazo ni hora, pero inexorable. El estado de indefensión, la esperanza de la libertad perdida, el pánico cerval que producían los ruidos de carros, el traqueteo de las metralletas y el ruido sordo, acompasado, de las botas militares, anunciando su llegada y con ella la de la muerte, fueron condiciones del estado de guerra en Polonia, que luego se repitieron puntualmente en todas las partes de la Europa vencida y ocupada por las fuerzas de Hitler.

Pero también son las mismas condiciones que han prevalecido en todas las ocupaciones de las ciudades del mundo cuando por motivo de la guerra se asaltan, se trastoca el modo de vida de sus habitantes y se les imponen reglas que los humillan y los someten al arbitrio de sus conquistadores.

Son, esas condiciones, Mutatis mutandis, cambiando lo que haya que cambiar, las mismas condiciones en que viven los habitantes de Chihuahua, Tamaulipas, Nuevo León, Coahuila, Jalisco, Durango y Sinaloa, ocupados por policías y ladrones, por sicarios y militares que imponen su fuerza y tienen a los habitantes con el Jesús en la boca y contando los muertos del día siguiente, rogando porque en las listas no aparezcan los hijos, los esposos, los padres o los hermanos queridos.

La misma ansiedad, la misma angustia, al caer la noche, al escuchar las noticias, al salir a la calle, con el ojo avizor a los movimientos extraños, cuidándose de todo y de todos, de los que se acercan demasiado, de los que se alejan presurosos, de las sombras, de las miradas y de los roces involuntarios que crispan la piel y aceleran el pulso.

En cada uno de esos Estados hay territorios sustraídos al poder público donde los que imponen sus condiciones son los grupos de delincuentes, asesinos, secuestradores y narcotraficantes. Son reservas territoriales de cada cártel o de cada gavilla, donde el libre tránsito está prohibido para los extraños y donde el que se arriesga a cruzarlas puede morir en el intento, por vigilantes armados con las potentes armas que les venden los gringos y sin que exista otro motivo que el aparente de la violación territorial.

En uno de esos territorios murieron un abogado y un arquitecto, la noche del viernes previo a la semana santa. Eran muy jóvenes, y con un largo camino por recorrer en la vida y en el servicio público. El desperdicio social de los profesionales, el dolor de la viuda y de los huérfanos, es apenas una fracción del sufrimiento lacerante de los padres que nunca terminarán de aceptar que los hijos antecedan a los padres en el camino sin retorno.

Junto con ellos murieron ese mismo día muchos más, en una fila de cruces que intenta alcanzar los tamaños del pasado reciente, y que no ha permitido el descanso de la sociedad, acosada por el crimen cotidiano y con una esperanza nueva de que la renovación signifique el cambio prometido. Los jóvenes que murieron arteramente asesinados en una de las arterias del Valle de Culiacán:

Eran el viento negro del desierto de Altar

El Simún de los océanos de arena del Sahara

Pero también la brisa refrescante del estío.

La promesa de los tiempos por venir

El compromiso de los tiempos idos

Y el vigor y la sabia de los sometidos.

Por supuesto que las autoridades conocen los territorios y saben quiénes se los han apropiado, Los límites se respetan en la indefinición perversa de las atribuciones y en la indecisión humana para comprometer la integridad física en batallas perdidas. No es que no haya un conocimiento preciso, las limitaciones para la acción están en la gigantesca telaraña en que se ha convertido el tejido social, que los captura a todos y los devora por igual.

Pero los Abogados ya se están sumando al reclamo nacional que exige un alto en la muerte de los inocentes y cada día son más los ofendidos que no tienen respuesta. La bola de nieve puede alcanzar volúmenes que fracture las endebles defensas que hasta ahora están impidiendo que ruede cuesta abajo y rompa con la armonía de cristal que mantiene unida a la expectante sociedad de la tierra de los once ríos.

Ya no podrán tardarse mucho más las respuestas y por supuesto que no será necesario que un Oscar Chindler venga a pactar con los criminales la salvación de unos cuantos afortunados. Y que el resto tenga que perecer irremediablemente. La muerte de los ministeriales, cuando menos, deben ser de aclaradas y castigadas antes de que se empiece a matar a jueces y a magistrados, igual como lo han estado haciendo con los funcionarios públicos.

jejoguenda@hotmail.com


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Fuente:
amanecersinaloa.com
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Reportaje
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