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Analizan mestizaje cultural entre Cuba y México en un libro

25/08/2010 10:10 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La música de son, las películas de rumberas, el teatro de revista para caballeros y la industria de los cabaret, encontraron arraigo popular en México, durante la primera mitad del siglo XX, no obstante ser manifestaciones culturales de origen cubano, señaló Gabriela Pulido Llano, autora del libro “Mulatas y negros cubanos en la escena mexicana 1920-1950”. Pulido en ese volumen desmitifica la idea de que todo ese ambiente, que evoca a rumberas y bailarines negros, es de origen mexicano. La publicación es resultado de una investigación documental realizada durante seis años, iniciada en 2003 en el Archivo de La Habana, Cuba, y en el Archivo General de la Nación, en México. El objetivo principal de esta publicación, editada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), es mostrar cómo una comunidad extranjera puede influir en la cultura de otra nación; en este caso la cubana que tuvo una influencia muy determinante en aspectos de la cultura popular mexicana. Estamos hablando de rumberas y soneros, que erróneamente los identificamos con lo mexicano, indicó la investigadora. El ambiente del cabaret surgió en México entre 1920 y 1950, como resultado del arribo de centenares de músicos caribeños, cantantes de son y bailarinas que salieron de Cuba, creando así la cultura de los centros nocturnos. En su libro, Pulido ahonda en el episodio histórico ocurrido cuando, al término de la Primera Guerra Mundial (1914-18), Cuba padeció los efectos económicos de la posguerra, y decenas de isleños se autoexiliaron hacia distintas latitudes buscando oportunidades, lo que a la postre propició que “se convirtieran en embajadores de la cultura popular cubana en el mundo”. Durante la presentación de la publicación, realizada hace unos días en la Dirección de Estudios Históricos del INAH, Ricardo Pérez Montfort, del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, comentó que esta obra llena un hueco académico en la materia. “Por doloroso que resulte, aspectos de nuestra cultura como los sones jarochos que hoy vemos como mexicanos, en realidad son cubanos. Es algo que sabíamos, pero que nadie había investigado de esta manera”, señaló. Dividido en siete capítulos, “Mulatas y negros cubanos en la escena mexicana 1920-1950”, da a conocer cómo los músicos y bailarinas cubanos partieron de La Habana con destino a la Ciudad de México, y tuvieron como paso obligado a Veracruz y Yucatán. Así, sus recorridos, presentaciones ambulantes y continuos retornos a esas zonas empezaron a transformar la vida cultural de cada región, y más tarde lo harían en todo el país, incluyendo la capital, hasta lograr su mejor desarrollo en centros nocturnos, teatro y cine. Para este estudio, Pulido echó mano de fuentes tan diversas como películas, entrevistas, folletos, revistas ilustradas y rutas de los viajes que realizaron los artistas mexicanos y cubanos entre uno y otro país. “La reina del trópico” (1946), de Raúl de Anda; “Angelitos negros” (1948), de Joselito Rodríguez; “Amor salvaje” (1949), de Juan Orol; “El ciclón del Caribe” (1950), de Ramón Pereda; “La mujer del puerto” (1949), de Emilio Gómez Muriel, y “Konga roja” (1953), de Alejandro Galindo, son los títulos de las películas que también sirvieron de materia prima en la investigación. “En Angelitos negros, aparece una Rita Montaner y un Pedro Infante maquillado de negro, cantando una canción afrocubana. Todo mantiene herramientas escénicas cubanas”, destacó la historiadora, de la Dirección de Estudios Históricos del INAH. Personajes icónicos como los músicos Benny Moré y Agustín Lara, las rumberas Rosa Carmina y Yolanda Montes “Tongolele” o los actores Adalberto Martínez “Resortes” y Germán Valdés “Tin Tan”, también forman parte de esa mezcla artística de lo cubano y lo mexicano que analiza también la autora. En ese filme, la historiadora revela que las rumberas y los bongoseros, en su concepción actual, tienen su raíz en el teatro popular bufo cubano, o sea, en esa tradición teatral que tuvo origen a mediados del siglo XIX en la isla, pero que alcanzó su verdadero auge en los años 20 del siglo pasado, con el teatro de revista. “Esto refleja que los cubanos no repararon en modificar las tradiciones culturales que privaban en su país, para convertirlas en algo más plural, enriquecido y diverso, a fin de lograr un producto que pudiera sintetizar las características originales y resultara más atractivo para la exportación comercial”, concluyó.


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