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10 años después: un mundo de sombras

15/09/2011 15:56 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Antonio Hermosa Andújar*

Se han cumplido diez años del ataqueperpetrado por Al Qaeda en suelo estadounidense contra algunos de sus símbolosmás universales: el Pentágono, la propia capital, Washington, etc. Pero hoycomo ayer el acto terrorista quizá más exitoso de la historia se hallainequívocamente asociado al desplome de las Torres Gemelas de Nueva York, quizálos edificios-símbolo de la ciudad-símbolo norteamericana por antonomasia. Casitres mil muertos y el doble de heridos dan fe de la masacre llevada a cabo porlos terroristas suicida, la máquina de matar más perfecta jamás inventada porel hombre, y que tanto debe a la fidelidad a la letra de algún texto religioso.El celebrado mito de la virginidad del territorio estadounidense respecto decualquier invasor se desmoronó con las torres y ha sido enterrado en laleyenda; el país más poderoso del mundo, el mejor armado y más vigilante, eraatacado en el interior de sus fronteras, demostrando así que su condición deinvulnerable estaba hecha con el mismo desgastado material con el que losEstados cumplen con su deber primordial de proteger a sus ciudadanos (yresidentes o visitantes). Foto: Reuters El terrorismo había obtenido una granvictoria: no sólo había golpeado con fuerza el poder y el prestigio de losEstados Unidos; no sólo había forzado a sus gobernantes y ciudadanos a mirar decerca, entre las nieblas del humo y del polvo, el rostro del miedo y a rescatarde las mismas la fantasmal figura de la seguridad como obsesión estrella parael futuro. Si tras el cataclismo alguien, no sin cierta exageración, pudoproclamar que todos somos americanos y ganarse la anuencia de una buena mayoríade la audiencia universal, la reacción que le siguió enajenó a la víctima granparte de las simpatías recibidas: una política de defensa basada en la guerra, gastos por valor de dos o tres, según los cálculos, billones de dólares, lalibertad y los derechos medidos por vez primera en su historia por el criteriode seguridad más pedestre y traicionero. Las políticas de la fe hermanaban aBush y a Bin Laden en el hecho de que ambos concebían la escena internacionalcomo el reino de la pura violencia, mediante la cual aspiraban -el primeromediante la invasión militar y el segundo mediante el terror- a bloquear elmínimo cambio democrático.

Gracias a la obsesión americana por laseguridad, y a las políticas puestas en marcha por garantizarla, el mundo eshoy un lugar infinitamente más inseguro; la invasión de Afganistán, como la deIraq, se saldó con una fácil victoria militar inicial y la derrota políticasubsiguiente; realizadas ambas en nombre de la democracia eran directamente sunegación. Y aunque en un caso los talibanes y en el otro el dictador SadamHussein perdieron trono y, en el caso del tirano iraquí, vida, poco ha cambiadoen la cultura política de ambos países que permita pensar en un advenimientofinal de la democracia a cualquiera de ellos y menos aún las inveteradasprácticas de división, autoritarismo y corrupción. Ni siquiera parece habersefortalecido un mísero sentimiento nacional que llevarse a la boca y que permitapensar en una representatividad general de los cargos públicos más allá del ámbito delimitadopor clanes, tribus y señores de la guerra. Para colmo, los talibanes y suprimitivismo cultural, instalados tras la derrota en las regiones limítrofescon Pakistán, han convertido a ese país en el polvorín quizá más peligroso dela tierra y han ido recuperando terreno y poder en zonas afganas de las quefueron temporalmente expulsados. De Iraq se sabe que, merced al profetismoamericano, ahora sí es factible encontrar allí el tipo de armas queoriginariamente no había y de las que la certeza de su existencia habíadesencadenado supuestamente la invasión. Si alguien quiere informaciones másconcretas puede preguntar en Irán, donde Ahmadinejad y sus huestes se lasproporcionarán gustosamente. Aunque no sólo allí, naturalmente...

El unilateralismo que inspiró y dominó lapolítica exterior americana puso en jaque la débil institucionalidad de lasociedad internacional, a comenzar por la organización nacida en su territorioy bajo sus auspicios, es decir, la ONU; dividió al mundo, aliados incluidos, enamigos y enemigos; redujo su interés a seguridad y elevó ésta a ideología: conesa nueva forma mentis, y manipulando los sentimientos de rabia, dolor, incredulidad y, sobre todo, miedo de su población, atentó mediante el PatriotAct contra su propia tradición libertaria; azuzó la desconfianza o el odiocontra el extranjero, especialmente si de credo musulmán, y creó en Guantánamoel primer campo de concentración de una democracia, contra su propia tradiciónlegal. Y, en el exterior, añadió a lo dicho una concepción del terrorismo porcompleto adaptada a sus intereses, que al desligar su definición y su objetivode sus raíces exculpaba la acción de las potencias occidentales en susurgimiento, justificaba la violencia de su actuación y legitimaba en eltribunal de su conciencia la debacle que producía en la idea y la práctica deun mundo democrático ordenado por el derecho.

El desprestigio de la democracia alcanzósu apogeo en Europa; la preservación de la estabilidad, primer mandamiento deldecálogo político europeo tras la masacre, llevó a los líderes del continente aapoyar a todo tirano que ofreciera garantías contra el terror proveniente de laacción de los diversos grupos terroristas o contra las protestas yreivindicaciones de sus poblaciones, entre las que se incluían la mejora en lascondiciones de vida. ¿Qué democracia puede considerarse viva y vital, potenciarel movimiento constante que por principio las anima, cuando su existencia sevincula a tiranías que no sólo combaten a iluminados que conocen la Verdad eintentan imponerla con sangre, sino que procuran congelar cualquier amago decambio promovido por sus súbditos? Los mismos a quienes hoy la calle árabe haderrocado en nombre del trabajo y la libertad, los mismos que hoy siguenagostando la primavera democrática en otros lugares de la región, gozaron delos favores del palacio europeo. ¡Si pudiéramos decir al menos que fue elcinismo, que también sabe ser prudente, y no la vejez, con sus precauciones ymiedos, el agente de tamaña desvergüenza!

Diez años después del ataque a EstadosUnidos, el acontecimiento que entonces pareció inaugurar página en la historiauniversal y que envolvió al mundo en la sombra ha sido redimensionado y susignificación devaluada. No fueron tantos ni tan decisivos los cambiosintroducidos en el mundo; la megapotencia ha vuelto al multilateralismo, alreconocer por boca de su actual presidente que ningún actor puede soportar elpeso, ni la responsabilidad, de imponer el orden en lacomunidad internacional, y que la paz es tarea de todos; y hasta la propia ONUse ha repuesto a su modo del embate sufrido y sigue siendo el mismo enfermo, ineficaz y achacoso pero que todavía respira, de antes del ataque sufrido porla administración Bush. En todo caso, no ha sido un acontecimiento que alcancela magnitud de otros que han ido surgiendo desde entonces, como la irrupción enel antiguo escenario común, pero reservado a las grandes potencias, de otrosactores como Brasil, India y, sobre todo, China, destinada a protagonizar elpróximo futuro de la humanidad. O como las revueltas populares locales que haninundado la calle árabe de esperanzas democráticas, al tiempo que deincertidumbre ante la forma política que finalmente adoptará su brutal desafíoal ominoso statu quo. O como la crisis económica, la más grave vivida desde1929, y que amenaza con llevarse por delante la pizca de Europa tantrabajosamente construida a lo largo de tantas décadas. Si, en efecto, la noriade la quiebra comenzara, como abiertamente se espera ya, a girar próximamenteen Grecia, quién sabe dónde y, en especial cómo, se detendrá.

Por último, cabe una pregunta más: ¿fue larespuesta americana al ataque terrorista la única posible, esto es, fue destinocuanto ocurrió tras el mismo? Afirmar eso sería como privar al gobierno Bush desus responsabilidades por lo ocurrido tras los atentados, e igualmentedesconocer algo que ya Tucídides nos revelara en el diálogo entre atenienses ymelios: el orgullo de potencia, que se auto-activa en todo conflicto por elsimple hecho de existir ésta, y que la constriñe a preferir la violencia frentea la razón, frente a la paz o frente a su propio interés al objeto de mantenerel prestigio de su poder al tiempo que el miedo frente al mismo. Es ése factorel que insta a la élite gobernante a decantarse naturalmente por elunilateralismo frente al multilateralismo, es decir, a hacer de éste siempreuna opción mientras aquél puede ser una simple inercia.

Al respecto, quizá el mayor remedio quequepa es la forja de una mentalidad de paz, y para ello nada como la tantasveces mentada como postergada reforma de la ONU actual, a fin de otorgarlemayor presencia y decisión en la sociedad internacional. Con unas reglas dejuego claras, definidas y eficaces sería mucho más difícil que a la acción queprovoca un cataclismo en dicho ámbito siguiera un cataclismo reactivo a lapostre más prolongado y peligroso que confina la paz y los derechos humanos enuna situación de indefinida interinidad. Por otro lado, la mayor dote desolidaridad que unas reglas de juego respetadas y reconocidas por todosaportaría a dicha sociedad permitiría, en relación con el despotismo que lacodicia ejerce desde los mercados, no sólo aducir razones en contra, sinotambién validarlas con fuerza suficiente como para impedir que tales agujerosnegros lleguen a tragarse la energía civilizatoria que fluye de un lado a otrodel espacio social.

*Escritor y académico español.


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guadalupelizarraga.blogspot.com
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Reportaje
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