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Aquel estadio y aquellas estrellas

01/07/2009 22:36 1 Comentarios Lectura: ( palabras)

Un cuento arrancado al pasado que me hace recordar tiempos idos y momentos vividos

Cuauhtémoc Mávita E./cuentos

Viví en la entrada oriente del pueblo. Cerca, a un centenar de metros estaba el estadio de beisbol. Cada domingo, infante aún, miraba a los jugadores tomar el bat, calzarse el guante, componerse el uniforme y los "spikes" y salir corriendo al campo de juego. A lo lejos se encontraba una barda rústica de palos de mezquite y alambre de púas. La loma del pitcher era un montón de tierra suelta. La fanaticada por lo general se llevaba una silla para sentarse, ello ante la ausencia de gradas. Todos llegaban vestidos de gala, es decir con los ropajes limpios, cubierto el pelo lacio y brilloso con Glostora o con Jockey Club; los pocos se embadurnaban con vaselina ó ya de perdida con aceite quemado extraído a los tractores de los Saavedra. Pero la mayoría del pueblo se daba cita en el estadio, incluso las jovencitas ya casaderas que iban a coquetearle a los jugadores. ¡Qué tiempos aquellos!

Recuerdo entre la multitud a la Georgina, la Rosita, la Bertha, la Alejandra, la Antonia, la Micaela, la Mercedes, la Hilda, la Cleotilde, la Eva y a la Verónica. Pero había más. Sonrosadas sus caras con Angel Face o por los rayos inclementes del Sol. Eran las porristas de vestidos largos debajo de las rodillas que masticaban chicles motitas y obsequiaban sonrisas a diestra y siniestra.

En ese ambiente, y degustando los raspados de doña Susana de Lucio Vera, se realizaban los juegos de béisbol de la liga inter ejidal.

Recuerdo muy bien, aún con el paso de los años, a mis tíos Juán, Andrés y Gonzalo, posicionados como jardineros. El primero y el último eran jonroneros, no así el de en medio que con trabajo sacaba la pelota del cuadro. En ocasiones observaba a mi primo Jesús y al Tirso Cantú meterse al juego. Eran “jiferos” y tocadores de bola. En cambio mi tío Juán y Gonzalo, en cada partido daban el batazo que ponía la esférica al otro lado de la barda. En cierta ocasión, el jugador contrario corrió la milla en reversa tratando de robarle el cuadrangular a Juán, pero para su desgracia se enganchó en las púas y se le cayó la bola. Fue el acabose, pues mientras mi tío disfrutaba de su hazaña, el pobre fildeador, creo que era de Atotonilco, se revolcaba en aquel estadio en una nube polvorienta, ya no por las heridas causadas por las púas, sino porque por ese descuido perdían el campeonato y se lamía el agrio sabor de la derrota. Pero eso no le era todo. Andaba quedando bien con la Rosalía, una muchachita asediada por los solteros del pueblo, y aquel desliz lo llenaba de vergüenza.

Son tiempos ya muy lejanos, pero muy frescos en mi memoria. Recuerdo muy bien a don Simón, a "Crucin", a don Leandro, a don Carlos, a don Lorenzo y al "huilo" Leyva, alzando una Carta Blanca y enrojecidos los ojos por la cerveza.

En las cercanías, casi pegadas al estadio, estaban las casas de la tía "chuy", de doña Eristea, de los "pepes", de don Leandro y de los Gutiérrez, y más allá, la escuela rural del ilustre profesor Teros y el profesor Coronado, y por supuesto la cantina debajo del "álamo".

Muchos ya no están. Las viviendas no existen y algunas cosas ha n cambiado. Los jugadores no son los mismos

Con el paso de los años, a unos cuantos metros de ese antro, solo cruza ndo la calle, se construiría la iglesia. Según los decires hacía mucha falta, ya que varios parroquianos habían muerto con "el diablo en las tripas". Cuando menos eso lo subrayaba con tono de beata, la célebre dona Socorro, cuando alguien era sorprendido por la parca después de una parranda y era sacudido por una congestión alcohólica. En cierta ocasión hasta al arzobispo Miguel González, llegado a propósito para bendecir las fiestas de San Isidro, el santo patrono, se le pasaron el tequila y la cerveza, cayó al suelo, vomitó grueso, se orinó la túnica y poco le faltó para que se fuera directo a tocarle las puertas a San Pedro.

En ese estadio de juegos y jugadas idas aprendí a tomar el bat, generalmente fabricado de manera rústica de un trozo de mezquita, de brea o de palo fierro. Pero le pegué duro a las bolas, también fabricadas de hules de llantas viejas dejadas por el camión de pasaje de don Prisciliano ó del jeep de Zenón de la Reina.

En este estadio miré de pequeño jugar a las "grandes" estrellas del rancho, empezando con "el pilo" y el Manuel Leyva, el "Lencho" y el Lino Estrada, Manuel y el "chalo" Servín, al “Vilo”, a Ramiro, a Pedro Saavedra, al “profe” Héctor Leyva, al Robertón y el “pichihuila” de los pepes, de este último cuyo nombre no puedo en estos momentos acordarme.

Hace unos días regresé a ese lugar. No ha cambiado mucho. La barda ahora está construida con llantas de automóviles. Ya hay gradas y algunos llanos están cubiertos de árboles. Los jugadores son otros. Algunas casas ya no existen, como tampoco quienes vivieron en ellas, pero allá a lo lejos aún permanece de pie una casa de madera de la que se cuentan muchas historias. Algún día les contaré cuando menos una de ellas.

En fin, son imágenes que en este instante de reminiscencias o de vivencias que ya se fueron, se arremolinan y me hacen volver a recordar esos momentos del pasado. Cómo ha llovido.


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Cuauhtemoc Mavita E. (70 noticias)
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Cuauhtemoc Mavita E. (01/07/2009)

Cuentos para recordar. Nada más...