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Arte falsificado: gran cantidad de obras de los principales museos del mundo no son auténticas. A veces eso no se descubre nunca

16/02/2016 03:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Existe en Viena un museo que se titula “El Museo del Arte Falsificado“ como el único museo de falsificaciones de Europa. El III Reich creó el Museo de Arte Degenerado, y hoy en todo el mundo se pueden encontrar museos de todo tipo imaginable

 

"Se abre una investigación sobre la venta de obras de arte falsas”. Esta noticia es más frecuente de lo que algunos puedan imaginar. Algunos cuadros vendidos por millones de dólares en galerías, e incluso en subastas de reconocido prestigio, pueden muy bien ser falsificaciones, y una gran cantidad de obras expuestas en los principales museos y pinacotecas del mundo lo son. A veces eso se descubre muchos años después y otras, nunca. El mayor espacio para la venta de obras trucadas se encuentra en internet. Las cifras que se mueven alrededor del comercio de falsificaciones oscilan entre un 15% y un 20% del mercado del arte. Un porcentaje muy alto pero respetable.

Bien mirado, tampoco debería ser tan extraño: muchos de los grandes maestros del arte comenzaron siendo falsificadores. Miguel Ángel, por ejemplo, está considerado uno de los primeros falsificadores del mundo. Tampoco debería asombrarnos tanto, teniendo en cuenta que uno de los primeros ejercicios académicos es esencialmente aprender a través de la imitación de las obras de los grandes maestros. El problema comienza cuando esas imitaciones entran en el mercado del arte como auténticas. Entonces se habla de delito y de estafas millonarias en los grandes medios.

Viena: Museo de Arte para Falsificaciones.

Desde el 2005 existe en Viena un museo que se presenta como el único museo de falsificaciones de Europa, y lo hace en estos términos: “El Museo del Arte Falsificado“, casi enfrente de la Hundertwasserhaus, es único en Europa. Este ‘criminal’ museo de arte está lleno de pinturas falsas, de falsificadores no sólo de fama mundial como Han van Meegeren, Hebborn Eric, Keating Tom, Elmyr de Hory, Stein David, Kujau Konrad, Mrugalla Edgar, Malskat Lothar y Treto Tony, sino también del llamado "arte de falsificación idéntica" de Schiele, Klimt, Rembrandt, Matisse, Chagall y más”. En la presentación de su colección se hacen varias aclaraciones, básicamente conceptuales y de incidencia, en cuanto a la legalidad de la cuestión. Es muy interesante y una verdad a tener en cuenta: “Una copia no es una falsificación”. Sin embargo, esta otra aclaración resulta bastante equívoca y deja la puerta abierta a distintas interpretaciones: “Una copia de una obra ya existente con la referencia equivocada, es la original”.

Se  avisa al público  con respecto a la ley. No parecen ser advertencias de protección para coleccionistas, sino para falsificadores o comerciantes de obras falsas, aunque no se especifica: “Precaución con la ley: la propia copia de un cadro de un autor nuevo no es ilegal. Sólo se convierte en ilegal cuando el producto trata de venderse como original. El precio exigido por el artista (deducimos que del original) puede ser considerado como una escala para el precio que se debe pagar. La traición no depende del precio que se paga, sino de la intención al comprar la pintura. Si se ha comprado a causa de información errónea por parte del vendedor, se considera ilegal. La falsificación de certificados de verificación también es ilegal.”

Hay que de tener en cuenta estas recomendaciones si alguien quiere hacer carrera como falsificador, porque proviene de una institución autorizada en cuanto al tema: “¿Qué necesita un buen falsificador? En primer lugar, se recomienda leer Hebborn, el “Manual de un falsificador“, en el que se explica cada paso al detalle. Y después, visitar el Museo de Arte de Falsificaciones de Viena”. Con toda esta información, ya está cualquiera estará listo para hacer una carrera brillante.

Es una pena que en la web del museo no haya un listado detallado de títulos y de autores falsificados, ni de imágenes de las 75 piezas que contiene su catálogo. En cambio, sí hay imágenes de las galerías del museo. La colección contiene cuadros y bocetos falsos de genios del arte universal como Rafael, Van Gogh, Monet, Rembrandt, Schiele y Klimt

En cuanto al arte de la falsificación, el museo dedica un espacio al relato de las historias de los autores considerados como “grandes genios de la falsificación”. Se narra, por ejemplo, la historia del holandés Han van Meegeren, considerado el mejor falsificador de arte del siglo pasado. Van Meegeren fue juzgado después de la II Guerra Mundial por colaborar con los nazis: vendió un Vermeer falso al que fuera fundador de la Gestapo y luego jefe de la aviación nazi, Hermann Göring. En la actualidad, sus obras alcanzan precios de entre 29.000 y 39.000 dólares en cualquier subasta londinense.

La historia de otro de los falsificadores que posee el museo vienés es la de Tony Treto: “Las obras de Treto fueron aprobadas regularmente como obras legítimas en los museos, galerías y casas de subasta de todo el mundo. En 1989, Treto fue declarado culpable por falsificar arte en un juicio en Los Ángeles. Fue liberado en 1994. Actualmente, realiza copias maestras para una lista exclusiva de clientes de élite desde su estudio de California”, comentan en la web del museo. Según parece, su obra maestra es la falsificación de Bouquet Sur la Ville de Marc Chagall (1887-1985).

¿Es el museo de Viena el único museo de arte falsificado de Europa? Los vieneses se promocionan así, pero es falso.

Por lo menos, hay otros dos museos más que, declarado por los propios vieneses, exponen arte falsificado y a los que vale la pena dar crédito: el Museo de la Falsificación de París y el Museo de las Falsificaciones de Bangkok.

El de París, significativamente, se encuentra en la calle Faisanderie (que se traduce  por sitio de faisanes pero otros lo hacen equivalente a sitio de truhanes, o sea de personas que vive de engaños o sinvergüenzas), en un edificio histórico y protegido. Creado en 1951, pertenece a la Unión de Fabricantes para la Protección Internacional de la Propiedad Industrial y Artística.

El catálogo, con más de 350 piezas, está compuesto por todo tipo de productos. El más antiguo data del año 200 a.C: tapones para sellar ánforas de vino que se comercializaban entre Italia y la antigua Galia. El museo expone un tapón auténtico del tratante de vinos junto a uno falsificado. ¿Cuál es su utilidad? La misma que tendría hoy: aprovechar la ventaja que pudiera tener el éxito logrado por el original en calidad de legítimo. Tiene salas dedicadas a los delitos contra el derecho de autor y, en muchos casos, explica las técnicas de falsificación utilizadas. Curiosidades: en una de las salas se indica que cada año se fabrican más de 40 millones de relojes suizos falsos, cifra que podría duplicar la producción de los auténticos

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El Tercer Reich y el arte degenerado

Puestos a mencionar curiosidades de relojes suizos falsos y tapones para sellar ánforas de vino nos atrevemos a ofrecer una curiosidad que no vemos en ninguna parte. El mariscal Goering que tenía carta blanca en cuanto a falsificaciones de arte y consideraba que los judíos merecían que sus cuadros (degenerados) merecían ser liquidados como copias falsificaciones o en provecho de fondos para guerra o de museos alemanes creó el museo de arte degenerado en pleno centro de Paris en la lista de contribuciones generosas estaban cuadros de Corot, Courbet, Degas, Renoir, Seurat y otros muchos que preferían estar expuestos codo a codo con otros degenerados que los comprara cualquier coleccionista nazi. El título del museo era “l´Entartete Kunst” (Museo del Arte Degenerado). Rechazados del arte normal estos pintores degenerados servían para ser integrados en el campo económico o para financiar las campañas de arte de Goering o de Hitler. Las visitas de este museo superaban las de los propios museos oficiales. En vista se eso a partir de febrero 1941 se comenzaron a vender los cuadros de Renoir o de Picasso que también estaba clasificado como degenerado.

Se hizo negocio gigantesco pero Hitler no estaba contento y por una orden del alto mando militar los cuadros del museo del arte degenerado y de los otros museos fueron enviados “secretamente” al Tercer Reich en trenes especiales para ser “protegidos” por el ejército alemán.

El arte desgraciadamente ha sido ensuciado por la política y la mentira

En febrero de 1941 comenzaron los envíos por ferrocarril a Alemania. El punto de destino era Neuschwanstein, el más enloquecido de los castillos del Rey loco Luis II, un castillo de cuento construido sobre una roca junto a un lago que serviría de modelo a Walt Disney para el de La bella durmiente y que se convirtió en el almacén del botín que el ERR requisaba por la Europa ocupada.

En una ocasión, el mariscal Göring prestó su tren personal para que los cuadros viajasen en vagones de lujo y con calefacción. El jefe de la Luftwaffe no lo hacía por generosidad, sino porque era un animal de rapiña, que hacía visitas al Jeu de Paume para escoger piezas de su gusto. Tenía la competencia del ministro de Exteriores, Von Ribbentrop, igualmente fatuo y codicioso, cuyas ínfulas nobiliarias se veían alimentadas con la creación de una gran colección de arte, aunque fuera robado.

Los nazis fueron como aves carroñeras para el arte. Mataban las colecciones y luego se las repartían, como hicieron con la colección del magnate judío Rostchild. En el Jeu de Paume la embalaron en 19 cajones, numerados H-1 a H-19, para Hitler, y otros 25, numerados G-1 a G-25, para el gordo Göring.

Cuando las fuerzas aliadas después del desembarco penetraron en Paris se encontraron con museos vacíos. Y luego fue imposible hacer un balance de las grandes obras de arte robadas y los nombres de sus legítimos propietarios muchos de los cuales habían sucumbido en los campos de concentración o no daban con sus cuadros por el desorden de las fuerzas del general Eisenhower. Es por que en muchísimas colecciones privadas e incluso públicas es difícil adivinar la procedencia y saber si son buenas falsificaciones o cuadros auténticos.

A la campaña de limpieza de arte degenerado en el Reich sigue una operación de saqueo por toda la Europa ocupada

Al principio del Mein Kampf, Adolf Hitler confiesa cómo fue embargado por la emoción estética cuando en sus días de estudiante pobre contempló el urbanismo y la arquitectura del Ring de Viena, ciudad a la que había llegado para estudiar Bellas Artes.

Resulta insólito que un libro como Mein Kampf, que es paradigma de vesania ideológica y paranoia racista recoja este tipo de sensibilidad, propio de uno de aquellos melancólicos escritores del Romanticismo a los que aquejaba el mal de Stendhal ante la belleza, sujetos inofensivos para todo el mundo menos para sí mismos. Y es que Hitler nunca se desprendió de su vocación artística juvenil.

A diferencia de otro monstruo histórico del siglo XX con el que a menudo se le compara, Stalin, quien desde muy joven se dedicó por entero a la política, Hitler intentó ser otra cosa antes. Cabe preguntarse cómo le habría ido a la humanidad si el joven Adolf hubiese tenido un modesto éxito con los pinceles, si se hubiera convertido en pintor de convencionales acuarelas para ganar unos marcos y poder pagarse la pensión. En vez de eso padeció la miseria de la bohemia, que le envenenó el espíritu. Rumió la frustración de su fracaso y encontró un culpable a quien achacarle la responsabilidad, la burguesía judía que financiaba el fascinante universo cultural vienés, pero que no apreciaba su arte. Fue en Viena y cuando sólo quería ser pintor donde surgió su antisemitismo, según confesión propia.

Cuando llegó al poder, Hitler lanzó una campaña contra la pintura moderna –que los burgueses judíos habían comprado con generosidad, según su enfermiza percepción- que no se explicaría en un dictador sin los antecedentes de pintor frustrado del Führer. Casi todos los museos de arte moderno fueron clausurados en todo el Reich y miles de cuadros fueron confiscados o entregados a Goering para su museo de arte degenerado. Eran obra de genios como Kandinsky, Chagall, Paul Klee, Otto Dix o Munch, y otros antes mencionados representantes de los distintos ismos o vanguardias que conforman la historia del arte entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX.

Pero los nazis no hicieron con los cuadros lo mismo que con los libros, no se limitaron a montar el bárbaro rito del fuego purificador. Eran conscientes del valor de aquel arte y salvaron de la quema las obras realmente valiosas para venderlas, mandando a la hoguera solamente las del montón. Es más, con lo más selecto de lo incautado montaron la famosa exposición Entartete Kunst (Arte degenerado), que se inauguró en Munich en 1937 y luego fue itinerante por Alemania y Austria.

El propósito de la exposición era ridiculizar y mostrar el espanto de aquel arte propio “de cerebros enfermos, de judíos o de agitadores bolcheviques”. Sin embargo, para mucha gente fue ocasión de conocer las últimas tendencias de la pintura. En todo caso fue una forma de promocionar el producto, que se vendió luego a marchantes extranjeros.

Aparte de un realismo nazi exaltando las virtudes de la raza aria, que se desarrolló sobre todo en la escultura pública y en la cartelística, a Hitler le gustaba la pintura del XVI y XVII: Rembrandt, Rubens, Correggio... y sobre todo Miguel Ángel, “la más monumental y eterna figura de la historia del arte de la humanidad”, en sus propias palabras. Tenía la idea de crear un gran museo de pintura europea en su ciudad natal, Linz, y comenzó a reunir obras para cuando Speer, encargado del proyecto, lo construyese.

Hitler, comprador de obras para su ciudad-capital Linz

En 1940, por ejemplo, compró en Nápoles, en la liquidación de la testamentaría del noble italiano Doria D’Angri, el retrato ecuestre de un antepasado pintado por Rubens, con destino a Linz. El Estado italiano dijo después de la guerra de forma mentirosa que ese retrato había sido expoliado por los alemanes, y los aliados se lo entregaron –cuelga en un museo de Génova-. Los aprovechados italianos se beneficiaron de la mala fama nazi, porque, efectivamente, la mayor parte de los cuadros para Linz procedían de una gigantesca operación de rapiña internacional porque Hitler pagaba poquísimo sus cuadros para tener el título de propiedad firmado por su legítimo dueño.

Hitler encargó al principal ideólogo del nazismo, Alfred Rosenberg, que recogiese pinturas de su gusto en la Europa ocupada. Así se formó el Einsatzstab Reichsleiters Rosenberg (ERR), un organismo especializado en el expolio de arte que incluía académicos, historiadores, peritos, fotógrafos, etcétera. En París el ERR instaló su centro de operaciones en el museo del Jeu de Paume, que convirtió en un almacén al que llevaba las obras confiscadas a los coleccionistas y marchantes judíos. Eso dio origen a una irónica circunstancia: gran parte de lo expropiado era arte degenerado (Picasso, Braque, Matisse, Chagall...). Con su criterio racista, los nazis no mezclaban esos cuadros con los otros, sino que los almacenaban en la última sala del museo, que los conservadores franceses bautizaron sala de los mártires. Sin embargo, no estaban destinados a la hoguera, sino a ser vendidos en el mercado internacional.

 

 

 


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