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Botinera mal pagada

29/03/2011 01:11 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

"...se le acabó el color y hasta el aliento...", Pajarillo, José María Napoléon

Era una diosa. La contemplábamos como tal debido a nuestros despertares sexuales de la adolescencia. Falda corta y piernas morenas con forma de piedra lisa. Cada sábado estaba en primera fila (cubeta rellena de cemento para improvisar una tribuna) apoyándonos: aplaudía, gritaba, echaba porras. Nos distraíamos del balón, del rival, para desnudarla con la mirada.

Terminaba el partido y huía con velocidad. Misma situación era cada fin de semana. Por oídas sabíamos que era "güila", lamentable calificativo para el único ser que nos alentaba en triunfos y victorias mientras vestimos la playera del Tlalpan. Nuestros padres nunca iban a vernos por dos motivos: no les importaba y no queríamos que actuarán en contra de nuestras fantasías y perversiones pidiéndole al entrenador que corriera a esa mujer de dudosa reputación.

Nos habían dicho que de tener mucha "feria" ella accedería a salir con uno de nosotros. Como éramos jodidos decidimos rifar la oportunidad y al que saliera ganador le cooperaríamos con unos pesos cada semana para que ahorrara lo suficiente, o mejor dicho lo que ella cobraba. Salió ganador el Remo. Una vez que reunimos la cantidad, se acercó a ella cargado de inocencia: "oiga, ya junté una lana. ¿Ahora qué se hace?". Lo tomó de la mano y se lo llevó.

Estuvimos siete días en incertidumbre. Apenas llegó el Remo a la cancha y corrimos como desesperados hacia él. Cascadas de preguntas e inquietudes, silencio sepulcral de su parte. De repente rompió en llanto; surgieron burlas y carcajadas a granel. "Carajo, ya dinos qué te hizo. ¿A dónde te llevó?", pregunté. Y que se suelta el Remo:

"Sí, sí es prostituta. Me llevó a su casa. Me pidió que la esperara. Se cambió de ropa y se puso pants. Nos fuimos y entramos a una cafetería. Quería que me portara como si fuera su hijo y ella comenzó a actuar como mamá, hasta me dio un manazo...". Se le hizo un nudo en la garganta, aguardó unos segundos, se limpió las lágrimas y continuó:

"...cuando pagué la cuenta me dijo que gracias. Me besó en la frente y se despidió. Dijo que jamás volvería, que podía marcharse en paz". Nos quedamos callados, no entendíamos de qué hablaba. Al poco rato llegó el entrenador para decirnos que nuestra única fan estaba muy grave en el hospital; el Metro no pudo matarla. Fríos, helados, nos quedamos ante la información.

Ese día se organizó una colecta para ayudar a esa rosa con espinas de la cual nunca supimos nombre, procedencia ni nada. Ninguno quisimos ir al hospital a visitarla; fuimos unos ingratos. Jamás supimos los motivos que la orillaron a intentar quitarse la vida. Incluso, el tema era intocable cada vez que nos volvíamos (y volvemos) a ver los integrantes de aquel equipo.

Sirva este texto para liberar el trauma de haberla dejado a la suerte de la desdicha; bien pudimos ir a decirle una palabra. Me reencontré con Remo y coincidimos en algo: "siempre será la Diosa". Y en efecto: a esa desconocida la dignificamos con el hecho de habernos obsequiado un recuerdo en lugar del cuerpo. Es hasta ahora cuando sabemos cuánta razón tiene José María Napoleón: "...y era un pajarillo de blancas alas...".


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Autor:
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Fuente:
elbuenfutbol.com
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Tipo:
Reportaje
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