Globedia.com

×
×

Error de autenticación

Ha habido un problema a la hora de conectarse a la red social. Por favor intentalo de nuevo

Si el problema persiste, nos lo puedes decir AQUÍ

×
cross

Suscribete para recibir las noticias más relevantes

×
Recibir alertas

¿Quieres recibir una notificación por email cada vez que Emiro Vera Suárez escriba una noticia?

Chile y el neonazismo, una democracia agitada por delincuentes del Capital

20
- +
22/10/2019 12:47 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Piñera, prosigue linea pinochera de agresión hacia el pueblo. La unificación de comunas es factorial para lograr una identidad de participación y protagonismo hacia estructura del Estado

El Reloj del Tiempo

Ni la noción utópica de la “mano invisible” —la arcadia de los mercados autorregulados, falsamente atribuida a Adam Smith—, ni la concepción artesanal de la economía nacional captura del todo la destrucción dinámica, disruptiva y creativa que constituye la realidad del capitalismo. Es una fuerza que genera desigualdades, crisis y la ansiedad omnipresente que el libro de Donald Sassoon, erudito, maravillosamente escrito y que merece convertirse en un clásico a futuro, analiza tan bien.

Las tensiones creadas por las tirantes relaciones entre el Estado y el capitalismo, a veces, han estado bien contenidas. A mediados del siglo XX, después de la Segunda Guerra Mundial, con la creación del Estado de bienestar en Reino Unido y Francia y la reconstrucción de posguerra, el Estado y la economía encontraron un equilibrio magnífico. El periodo anterior a 1940 fue más inestable, y el tiempo transcurrido desde los 70, también. Hoy, esa inestabilidad ha engendrado un populismo político similar al de los 20 y 30 del siglo pasado. Que ha llegado hasta Sudamérica.

La primera era de la política moderna, si no de la democracia en el sentido actual, es la comprendida entre 1850 y 1914, que es el periodo que abarca el extenso relato de Sassoon, lleno de las apariciones más impensables. ¿Cómo se frustró el liberalismo en Rumanía a finales del siglo XIX? ¿Por qué una ciudad en Iowa, Elkader, recibió ese nombre en 1846 en honor al emir Abd el Qader, el jefe de la resistencia contra la ocupación francesa en Argelia? ¿Cómo sobrevivían los pobres en la Nápoles del siglo XIX? La cronología retrocede hasta el siglo XVIII y avanza hasta el XX, pero el autor no pierde nunca el hilo de su relato. El ingenio de Sassoon y su talento para la metáfora hace que sea imposible dejar de leer.

El autor explica con gran claridad por qué la idea de que el Estado y la economía capitalista pueden prosperar de forma independiente es absurda. Por muy popular que se hiciera la noción de que “el gobierno no es la solución, sino el problema”, tan apreciada por Ronald Reagan, estaba muy lejos de la verdad. La revolución del mercado necesitó al Estado. La economía moderna y el Estado moderno nacieron en el siglo XVII y su relación evolucionó, durante el periodo de absolutismo en el siglo XVIII, hacia una interdependencia que se hizo todavía más visible en Japón y Alemania a finales del XIX.

La vertebración exacta de los intereses económicos y políticos en diversos países muy diferentes dependió, en gran parte, de la posición de cada país en la jerarquía internacional. El liberalismo tomó la delantera en la Gran Bretaña victoriana porque fue el primer país en el que se construyó una combinación poderosa de Estado fiscal centralizado e imperio mundial. En la práctica, la reducción del Estado se traduce, la mayoría de las veces, en reconfigurar esa relación. Los Estados, para ser eficientes, necesitan la política, que significa inevitablemente disputas entre las élites y unas masas más o menos movilizadas. La conclusión a la que han llegado los liberales es que, para controlar la política, hacen falta leyes, tratados internacionales, bancos centrales independientes, lo que, por supuesto, provoca la oposición de muchos, tanto en la izquierda como en la derecha.

 

De la ficción decimonónica de la “mano invisible”, pasamos a la versión del siglo XX, la idea macroeconómica de que la economía nacional puede dirigirse como una máquina. Se ha demostrado que esto es falso resultado de las estadísticas económicas nacionales: las cifras como las del PIB nos dan un sentimiento falso de interés común.

Los primeros capítulos de Sassoon, en los que recorre al galope la historia de la formación del Estado en el siglo XIX, no son los más interesantes. Cuando evoca la interpretación que hace Gramsci del fracaso de la burguesía italiana, el papel de la clase dirigente japonesa en la industrialización y la difusión de las prácticas políticas democráticas antes de 1914, alcanza sus mejores momentos. Los debates parlamentarios en Francia y Gran Bretaña sobre los argumentos en favor del imperio son un tema de lectura apasionante. El capitalismo avanza “sin objetivo ni proyecto”, pero el desorden de este libro es engañoso. En realidad, hay un orden, pero su resultado práctico depende del país y del periodo del que estemos hablando.

El Capitalismo necesita de las teorías socialistas para poder sobrevivir, el asunto es cuando embulles a los militares a la sociedad civil, cuando su tarea específica es defender lo territorial de un Estado para garantizar un proceso democrático. Tenemos ahora, el desorden político  e ideológico de América del Sur. En el capítulo dedicado a “Dios y capitalismo”, Sassoon señala que la religión, en general, “tenía poco que decir sobre la organización económica de la sociedad, aunque había algunas actividades económicas desaconsejadas o prohibidas, como la usura”. Analiza desde una perspectiva crítica la teoría de Max Weber de que el protestantismo estimuló el capitalismo. Una comparación minuciosa del crecimiento económico de ciudades católicas y protestantes durante varios siglos (de 1300 a 1900) muestra que la religión no influyó en absoluto. (La principal diferencia es que la población de los países protestantes era más culta que la de los países católicos.) En la mayor parte del mundo, por razones históricas, la religión estaba vinculada a la vida rural. “El capitalismo estaba asociado a las ciudades, la lucha de clases y el culto al individuo, la democracia, los valores laicos y los entretenimientos pecaminosos”. Cosas poco propicias a la vida familiar, desde luego. Las ciudades creaban condiciones en las que la religión lo tenía más complicado y era muy fácil perder la fe. En Alemania, en 1860, las iglesias rurales estaban llenas, mientras que, en Berlín, solo el 1% de los que se declaraban protestantes iban a misa los domingos.

Otro debate muy interesante al que se suma el autor es el de hasta qué punto el colonialismo fue un factor que contribuyó a la primera industrialización y pudo impedir que otros entraran en el club de los “avanzados”, como afirman los teóricos de la dependencia. “Fue la adquisición de colonias en la ‘Edad imperial’ verdaderamente útil para la industrialización? ¿Fueron importantes los ingresos de las nuevas posesiones, o fueron excesivos los gastos? ¿Las adquisiciones de colonias posteriores a 1880 fueron tan importantes como las anteriores a la era industrial? ¿Y se obtuvieron como parte de un programa de construcción nacional, para asegurar el orden social y la paz en la metrópolis?” Por supuesto, este es un debate eterno, que sigue hoy en vigor.

Ahora surge en mi país una nueva casta militar que se aburguesa cada día mas con sus desmanes. Un conocido, recién llegado de Colombia, en Santa Barbara de Barinas nos contó que fueron detenidos en ese punto de control y el sargento de la GNB les exigió trescientos mil-300000- soberanos para proseguir y las denuncias se hacen cada día y la mayoría de los gobernadores son militares activos o retirados. Es la nueva generación de ricos y de poder, dada por los civiles.

La juventud debe entrar como nueva generación a las corresponsabilidades políticas y partidistas

Sassoon explica muy bien por qué los conservadores británicos comprendieron enseguida que la extensión del sufragio masculino en el siglo XIX les podía favorecer. También describe a la perfección cómo el anticlericalismo fue el rasgo definitorio de muchos liberales franceses, más que cualquier idea sobre la economía o las clases sociales.

Sassoon no se resiste a citar la frase con la que despachó Friedrich Engels al emir Abd el Qader, jefe de la resistencia argelina contra los franceses en las décadas de 1830 y 1840: “Al fin y al cabo, el burgués moderno, con la civilización, la industria, el orden y al menos una educación relativa que le acompañan, es preferible al señor feudal y el ladrón depredador, con la barbarie de la sociedad a la que pertenecen”. Engels coincidía con Tocqueville en que incendiar las cosechas y los pueblos de los argelinos nativos era “una desgraciada necesidad que cualquier pueblo que desee luchar contra los árabes debe aceptar”, en palabras del segundo. La “misión civilizadora” de Francia, como la del Reino Unido en India y, posteriormente, las de Bélgica en el Congo, Alemania en Suroeste de África e Italia en Libia, consistió en una política de tierra quemada y lo que más adelante, en el siglo XX, se denominaría limpieza étnica. La política basada en las diferencias raciales en Europa no es más que la continuación de las políticas coloniales de las grandes potencias en Asia, África y el Norte de África varias décadas antes.

Volviendo a acontecimientos trascendentales como la gran recesión de 1873, el autor afirma que despertó la conciencia de la globalización y desató una ola de proteccionismo, especialmente en Francia,

que deberíamos estudiar con más detalle hoy, cuando se dan unas circunstancias similares.

Al final del libro, el autor se traslada a la política actual y los movimientos anticapitalistas, pero no resulta convincente. Parece lleno de nostalgia por épocas pasadas. Dicho esto, cada capítulo ofrece algo nuevo, algún dato que no se encuentra en otros libros de historia. Para comprender la ansiedad de la época en la que vivimos, este libro ofrece mucha materia para la reflexión.

La democracia es un valor indiscutible en nuestras sociedades contemporáneas. Todas las formaciones políticas aspiran a ser calificados como democráticos, aunque no todos entiendan lo mismo detrás de esta etiqueta. ¿Qué entendemos por democracia? Sin considerar el remoto antecedente ateniense, del que conservamos poco más que el término, podemos entender por democracia una forma de organización del poder político atendiendo a la voluntad del pueblo. El pueblo, que es el titular de la soberanía, la deposita en unos determinados gobernantes a través de su voto.

.Además de esta característica de democracia participativa no podemos ignorar la característica que pone de relieve Alexis de Toqueville en su Democracia en América de 1831: para que un gobierno sea considerado democrático debe ser controlable por los jueces y tribunales, a su vez, militares que son considerados los garantes de la libertad. No sólo eran los que defendían al individuo frente a un Estado que no lo respetara, sino que también eran la “fuerza contramayoritaria” que podría imponer límites a la mayoría del Congreso cuando fuera necesario. Nos recuerda al paradigma de la separación de poderes de Montesquieu, en la que cada uno de los ellos debía ejercerse por instituciones diferentes para servir de pesos y contrapesos.

En Europa, por el contrario, hasta después de la Segunda Guerra Mundial, no se establecieron estos contrapesos. Es a partir de la “democracia constitucional”, como señala la profesora en Ciencias Políticas Marlene Wind, cuando en la democracia liberal el parlamento es contrapesado por fuertes mecanismos de control de constitucionalidad.

Por tanto, para entender que vivimos en una auténtica democracia es tan importante que el poder sea ejercido por el pueblo a través de sus representantes como que esas instituciones de representación sean controladas en el ejercicio del poder no sólo por el pueblo que los elige cada cuatro o cinco años, sino también por el poder judicial de manera cotidiana.

Consideramos indisociables los conceptos de “democracia” y de “estado de derecho” para entender que nos encontramos ante un Estado democrático. Una “democracia iliberal” no puede ser considerada una democracia.

Chile, se ha centralizado mucho, es un neonazismo, cuyos militares no entienden que es democracia, los carabineros asesinan a jóvenes útiles en  la capacidad a la patria.

* Filósofo

Vertebrar responsabilidades es necesaria para fijar limitantes a zánganos que colapsan el metro y vías públicas, un NO al FMI

 

 

 

 

 


Sobre esta noticia

Autor:
Emiro Vera Suárez (1183 noticias)
Visitas:
147
Tipo:
Opinión
Licencia:
Copyright autor
¿Problemas con esta noticia?
×
Denunciar esta noticia por

Denunciar

Comentarios

Aún no hay comentarios en esta noticia.