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"La consistencia de los sueños", un detallado retrato de Saramago

23/12/2010 08:17 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Una de las mayores pérdidas intelectuales del 2010 es, sin duda, la del escritor portugués José Saramago, quien tras 87 años de fructífera existencia dejó de existir en su casa de Lanzarote (Islas Canarias), el 18 de junio pasado. Tras de sí dejó un amplio y diverso legado literario, que no escapó de la modernidad, al quedar plasmado en un “blog” del cual el autor se había despedido poco antes de su deceso. Su vida y obra puede ser revisada gracias al interesante trabajo de Fernando Gómez Aguilera, quien hizo de su biografía cronológica "José Saramago. La consistencia de los sueños", la prueba irrefutable de que el autor estaba "gobernado por un secreto hilo de fidelidad a las convicciones, a la naturaleza que nos constituye...". "Tenacidad, coherencia, trabajo, confianza en lo imprevisible...sostienen el peso de su vigorosa figura literaria, intelectual y ética. Pero lo soporta también, y con consistencia, el brillo denso y expansivo del genio: el resplandor de una llama extrema y cegadora, que toma la forma de la fábula y la expresión inaugural", sostiene Gómez en el volumen. Lo cierto es que el Premio Nobel de Literatura 1998 es una figura que se definía a sí mismo no como un novelista, "porque en el fondo no me interesa contar historias. Lo que en verdad soy es un ensayista porque escribo ensayos con personajes". Un autor, cuya obra, decía, podía ser entendida como una reflexión sobre el error como verdad instalada y por eso sospechosa, "sobre el error como deturpación intencionada de hechos, sobre el error como ilusión de los sentidos y de la mente, pero también sobre el error como punto necesario para llegar al conocimiento". El material, publicado en español por Alfaguara, tras la muerte del autor, incluye un desgloce pormenorizado de la vida y obra de Saramago, desde su nacimiento en 1922, su infancia en Lisboa, la fragilidad de su salud y la debilidad de su carácter. “Era un niño asustadizo que temía sobre todo a la oscuridad”, recuerda. Y quizá por ello decidió salir de las sombras para convertirse en lo que fue, desde que en 1943 comienza a frecuentar una biblioteca en donde lee al azar, sembrando la semilla de lo que habrá de fructificar en un escritor de primera línea. Se sabe que dos años después, en 1945, comienza a escribir poesía y que en 1947, el año en que nace su hija, publica su primera novela "Tierra de pecado". A mediados del siglo pasado, a la par de su empleo burocrático, escribe numerosos cuentos y poemas que antecederán sus intentos de narrativa de mayor aliento, su incursión en la traducción y su trabajo en una editorial. Su primera salida de Portugal en 67-68, y en 1971 un libro de crónicas que reúne su trabajo periodístico, colaboraciones como editorialista, su militancia en el Partido Comunista Portugués; sus primeros libros de narrativa y en adelante viajes a varios destinos europeos. Holanda, Francia y Alemania. Década por década, Gómez va dando contenido a esta figura emblemática de las letras, quien será recordado como un hombre de su tiempo, como él mismo se definiera, al asegurar que él no escribía para el año 2427, sino para hoy, para la gente que estaba viva, pues su compromiso era con su tiempo. Tras haber recibido el Nobel de Literatura, en 1998, sus frases adquirieron un nuevo sentido e iluminaron de alguna forma su figura, "estoy convencido de que hay que seguir diciendo que no, aunque se trate de una voz predicando en el desierto". En 2007, al preguntarse por qué o para qué escribía, sentenció: "Al principio, respondía que escribía para que la gente me quisiera. Luego esta respuesta me pareció insuficiente y decidí que escribía porque no me gustaba la idea de tener que morir. Ahora digo, y quizá eso sí sea cierto, que, en el fondo, escribo para comprender". José Saramago, autor de memorables obras como "Memorial del convento", "El evangelio según Jesucristo", "Ensayo sobre la ceguera", "Las intermitencias de la muerte", "El viaje del elefante" y "Caín", murió en su casa de Lanzarote, y fue despedido por su gente, pero también por colegas que lo apreciaban, como Nélida Piñón, quien lo describió como inmortal o eterno, como su obra.

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