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Crisis en Irán: ¿dónde queda Europa y la guerra?

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05/01/2020 11:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Mientras las tensiones entre Irán y Estados Unidos aumentan, la Unión Europea hace un llamamiento a la cordura ante un desenlace bélico incierto

Adrián Romero Jurado

05/01/2020

Hace tan solo unas horas conocíamos cómo Josep Borrell, alto representante de la Unión para asuntos exteriores, invitaba a la sede de la UE al ministro de asuntos exteriores iraní Mohammad Yavad Zarif, en lo que aparenta ser un intento por reducir las tensiones internacionales ocasionadas en Oriente Próximo. Tras el asesinato el pasado 3 de enero del alto dirigente de las Fuerzas Quds, Qasem Soleimani, en un ataque con dron al aeropuerto de Bagdad por Estados Unidos, pareciera que la Unión ha comenzado a trabajar contrarreloj para desligarse de cualquier apoyo ante la acción estadounidense, en una maniobra cuyo cariz no equivale a mera diplomacia. Si bien en sus alegaciones Borrell insistió en que dicha acción pasa por asegurar el respeto al tratado nuclear de Viena, este movimiento parece apuntar más a una condena indirecta de la acción estadounidense.

Es consabido para la Unión Europea que, si desea que su «seguridad comience en casa», esta debe llevarse a cabo más allá de las fronteras de la organización. Y aunque la relación Irán-UE nunca ha sobrepasado la formalidad, desde la retirada de Estados Unidos del acuerdo Teherán ha mirado hacia Bruselas con mayor ahínco para evitar cualquier intensificación de las sanciones que pudieran llevar al país hacia una nueva recesión financiera. Por si fuera poco, la imposición de medidas económicas restrictivas por Trump no ha hecho sino señalar aún más al país americano como el subversor del bienestar iraní. Tampoco es una novedad: en Teherán rara vez han dejado de sonar cánticos de «muerte a EE. UU.» o «muerte a Israel» desde la revolución del ayatolá Jomeini allá por los 70, pero es ahora cuando la confrontación que se había buscado evitar en los últimos meses entre ambos gobiernos se ha vuelto insostenible.

Ilan Goldenberg describió de forma acertada en junio de 2019 en un artículo titulado «What a war with Iran would look like» para la revista Foreign Affairs cómo la única probabilidad de inicio de un conflicto entre ambos Estados pasaría por un ataque preventivo contra un objetivo rival. Su error: pensaba que sería Irán quien comenzase el ataque, y que este, aun pudiendo ser negado por Teherán, desembocaría en una respuesta persuasiva de Washington. La experiencia de los eventos pasados le jugó una mala pasada, acostumbrado a observar acciones iraníes como las sucedidas recientemente aquel mes durante el «Incidente del Golfo de Omán», y cómo la falta de respuesta de Estados Unidos ante estos ataques acabaría tarde o temprano por ser la gota que colmase el vaso. Pero tampoco resulta desacertado darle parte de razón, pues tras la muerte de Soleimani, Joseph Humire, experto en seguridad global, aseguró para la cadena France 24 que su asesinato solo es «una respuesta al ataque a la embajada de Estados Unidos en Bagdad» y «agresiones previas» de la Guardia Revolucionaria Iraní.

En medio, Europa vuelve a quedar en una encrucijada, donde no puede permitir que Irán retire su confianza de la Unión al renegar un acuerdo que ya de por sí incumple, y tampoco puede permitir que la inestable región de Oriente Próximo comprometa sus intereses económicos y políticos, fundamentalmente aquellos que pasan por el estrecho de Ormuz.

No habrá guerra. Al menos, no de la manera hipotética que expone Goldenberg

No habrá guerra. Al fin y al cabo, esa es la sentencia que todo ciudadano cuyo país se involucra en una escalada de tensiones con un tercero quiere escuchar, a no ser que su exacerbado pensamiento intervencionista y militarista se lo impida. Ya lo adelantaba Zarif en junio del año pasado al señalarlo como un supuesto «ilusorio», aunque tampoco perdió tiempo en indicar cómo «quien empiece la guerra no será quien la termine». Estas afirmaciones por tanto no impiden hoy la posibilidad de resultar comprometidos los intereses de Estados Unidos en Oriente Próximo, con una posible respuesta en consecuencia. Así lo constataba al menos Trump cuando señaló este mismo día que tenía a su disposición 52 objetivos iraníes no especificados y que serían atacados en caso de someter a entredicho los intereses del país norteamericano en la región. En contraparte, Irán respondía señalando cómo posee en su punto de mira otros 35 objetivos estadounidenses en Oriente Próximo.

Aunque hacer un llamamiento a la cordura política pueda resultar descabellado, con la salvedad del mismo Trump y su consejero de seguridad nacional John Bolton, muy difícilmente existe una disposición hacia la ofensiva. Incluso Irán, que ha puesto la idea de venganza sobre la mesa, nos impide constatar si su respuesta será más tendente a la confrontación directa, cosa improbable, o a promocionar actos subversivos a través de grupos en los que mantiene gran influencia, como Hezbolá. Ante cualquier imprevisto, la prudencia ha de resultar vital para realizar cualquier análisis relativo al uso de la fuerza, aunque ello pueda conllevar la asunción de errores en el cálculo al contemplar los hechos a posteriori.

No habrá guerra. Al menos, no de la manera hipotética que expone Goldenberg, y mucho menos por una supuesta intención de Trump de revalidar su posición política, que en todo caso está estaría movido por la primacía de su pensamiento nacionalista y excepcionalista. Aún así, Trump no es Obama, y cualquier intento del 44º presidente por evitar un nuevo Irak como ocurrió en Siria, al menos tras la imposibilidad de hacer valer su «línea roja» y todos los costes humanos en los que derivó la inacción, a su homologo posterior parece no afectarle. Su administración alabó la invasión de Erdogan a territorio sirio e incluso reubicó soldados estadounidenses en Irak, señalando que traía tropas «a casa de las ridículas y costosas guerras sin fin» de Oriente Próximo, en un país donde tal y cómo señaló de manera inteligente el columnista de The Washington Post, Max Boot, difícilmente podía llamarse «casa». Esto ocurría hace apenas tres meses, pero hoy es cuando las provocaciones de ambos países están causando un desafío a la estabilidad en Oriente Próximo.

A nivel internacional y con respecto al asesinato de Soleimani, Rusia ha condenado el ataque, China llamó junto a Alemania a mantener la calma y Reino Unido envió hace menos de 24 horas dos buques de guerra junto a grupos de la fuerza aérea británica SAS a costas iraníes para proteger a sus nacionales en Oriente Próximo. La Unión Europea, en su deseo por evitar daños colaterales mayores, ya ha comenzado a movilizarse con el llamamiento de Zarif a Bruselas, buscando mantener a flote un acuerdo nuclear en zozobra, pero siendo una de las pocas bazas diplomáticas que aún le quedan a la Unión sobre Trump para calmar las tensiones. De nuevo, parece que la pelota de las negociaciones vuelve a estar en el campo de la UE, esta vez con China y Rusia a su respaldo, siendo los únicos que aún se mantienen con suficiente cabeza fría para comprender las reglas del juego de las relaciones internacionales.

Es consabido para la Unión Europea que, si desea que su «seguridad comience en casa», esta debe llevarse a cabo más allá de las fronteras de la organización

 


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