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Va de cuento por Francisco Sunderland Alvarez

02/01/2011 09:07 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Habia una vez una gran nación muy rica con una poblacion muy inguenua, todo corazón y pobre..

Había una vez una gran nación, con un enorme pueblo “todo corazón”. Un pueblo que daba la vida por sus creencias, por sus convicciones, por sus gentes, por su tierra, por los veneros del diablo.

Era un pueblo que podría formar parte de la colección de cuentos de los hermanos Grimm como aquellos, de todos conocidos, de “Hansel y Gretel”; “Caperucita Roja”; “Blancanieves”; “La Bella Durmiente”; “La Cenicienta”; “El Diablo y su Abuela”; “El Dinero Llovido del Cielo”; etc., etc.

Dice la leyenda que ese enorme pueblo se sentía orgulloso de tener en su territorio, mucho, muchísimo oro, plata, uranio, bosques hermosos, flora y fauna sin comparación, ríos caudalosos con aguas cristalinas, elevadas montañas, abruptas serranías, playas encantadoras, llanuras extensas y tierras fértiles que proporcionaban alimento de alto valor nutritivo.

Siendo un pueblo “todo corazón”, con profundas raíces de creencias en unos seres superiores, entendían perfectamente lo que era un sacrificio, propio o ajeno, para beneficio de la colectividad y, para eso, le ofrecían a sus dioses el corazón de sus víctimas como la vida de hermosas doncellas.

Con una cultura basada en creencias, no fue difícil que creyeran que espejitos que reflejaban sus imágenes fueran de mayor valor que el oro; ningún trabajo costó que dieran su trabajo y vida para construir encima de sus creencias otras más novedosas pero, eminentemente, paralelas a la que durante siglos venían profesando.

Tampoco ofreció trabajo alguno el que tuvieran fe y creyeran sin duda alguna en aquellas personas que se ofrecían a sacrificarse, “con todo el dolor de su corazón pero por el inmenso amor hacia ese enorme pueblo, para atender con justicia y equidad todas sus necesidades”.

Así, comenzaron a ver como sus adalides los convencían de las más absurdas “razones” para que entendieran como un gran beneficio el que la mitad de su territorio se lo “agandayaran” un puñado de oportunistas mediante módica “comisión” otorgada a sus “benefactores”.

Ese enorme pueblo se acostumbró a creer en todas las “razones” que les ofrecían sus “sacrificados” paisanos que administraban toda su enorme riqueza, como el hecho de que era bueno para el pueblo que personas de otras “tribus” administraran su oro, su plata, su uranio.

También iban observando como otras tribus, por medio de paisanos traidores, iban talando los bosques, acabando con la vida de flora y fauna que en ellos vivían.

Comenzaron a ver, impotentes, la forma en que mataban a la fauna por el solo gusto de matar y no para alimentarse y sobrevivir; observaron como iba haciéndose cada vez más pequeña su enorme fortuna, al grado de que ahora, además de no ser mas que poseedores de su riqueza en lugar de propietarios, estaban terriblemente endeudados hasta por dos o tres o más generaciones.

Ese pueblo dejó de ser dueño de su riqueza; ese pueblo vio como ahora los dueños de todos sus bienes, eran aquellos a quienes les habían dado su confianza y credibilidad para que les administraran su riqueza.

Poco a poco fueron perdiendo los invaluables regalos con que la madre naturaleza tan generosamente les había dotado… sin embargo, aún sobrevivían los veneros del diablo…

Esos veneros eran extremadamente generosos, lo mismo en tierra que en zonas lacustres; igual en climas sumamente secos como en el fondo del mar. Ahora, llegó a decir uno de sus “semidioses”, había necesidad de aprender a administrar la riqueza… pero no dijo de quién.

Solo le iba quedando, como último recurso a ese formidable pueblo, la mísera riqueza de los veneros del diablo, pues todo lo demás, ya lo había endosado y, de los veneros, ya habían empezado a cercenárselos.

Ese pueblo vio como ahora los dueños de todos sus bienes, eran aquellos a quienes les habían dado su confianza y credibilidad para que les administraran

Estos veneros eran el último recuerdo tangible de aquella enorme riqueza de la que alguna vez fue dueño. Para muchas personas que en aquella época no tenían interés o beneficio directo alguno en los productos de los veneros, ese orgullo del pueblo por la entonces única corporación que los administraba – “corporación”, así le llamaban – era un obstáculo demencial que debía quitarse para que el poco líquido que aún quedaba, fuera administrado por personas “no del gobierno”, aunque fuera el propio gobierno quien los impusiera, poco a poco, suavemente, para que el pueblo no lo notara, no lo sintiera y no le doliera.

El pueblo que aún seguía creyendo en los gesticuladores que él mismo designaba o, al menos, le hacían creer que él decidía, pensaba que si sus “representantes” decían que eso convenía, entonces así tenía que ser porque… “ellos sí sabían, pues para eso los habían elegido y ¡cómo iban a traicionarlos!, ¡no, para nada!” Además, el pueblo no se equivoca porque, si a las doce de la noche el pueblo dice que es de día, es hora de encender los faroles. O ¿no?

La cuestión es que, todo indicaba, que esa parte del pueblo crédulo no reparaba en que las personas “no del gobierno”, y esto debían entenderlo muy bien, “jamás” iban a aceptar un negocio que no les produjera utilidades y, por mucho que dijeran los “del gobierno” que ya los veneros estaban vacíos, si fuera cierto, repetían, jamás aquellos que eran “no del gobierno”, iban a aceptar el hecho de invertir “su” capital, “su” dinero en algo que no les iba a producir utilidad alguna.

Solo invertían si es que había utilidades y, eso, el pueblo pensante debía hacérselo ver a los “ingenuotes”.

Pero, dice la leyenda, que para aprovechar que la inmensa mayoría del pueblo era la que todo se creía, tanto “los del gobierno” como “los del no gobierno” de aquél entonces, decidieron decir que quienes trabajaban para la corporación eran unos flojos, inútiles, sanguijuelas, depredadores del patrimonio de aquél pueblo, etc., y, para ello, empezaron a colocar en altos puestos ejecutivos a personas que ni idea tenían de lo que eran los veneros del diablo, pero eso si, sumamente dóciles para quienes los habían designado y que, además, tenían un alto espíritu de sacrificio percibiendo beneficios que jamás en su derrengada vida hubieran ganado.

Así, dicen, llegó un imberbe representante, tan ignorante, que contrató a personas “externas” para que llevaran los asuntos que tenían que ver con cuestiones jurídicas porque, dicen, creía que quienes llevaban esos asuntos en la corporación eran unos inútiles.

Por cierto, esa palabra “inútiles”, dicen que iba a ser explotada, siglos después, por una cantante popular y de mucho arrastre.

Pues bien, dicen los traductores del códice de aquellos tiempos que éste señalaba que esas personas “externas” que fueron jugosamente contratadas por el imberbe (por supuesto que éste llevaba una “banda” de “corazón a riñón” o, como se decía vulgarmente en aquella época, que llevaba puesta “la del Puebla”, expresión que nunca se llegó a definir con puntualidad a qué aludía) perdieron cerca del ¡95%!, de los asuntos para los que fueron contratados. ¡Ah, móndrigos!

Dicen que señala más adelante el códice de esa época, que de ese total del 95%, los que ya trabajaban para la corporación, recuperaron casi la totalidad de esas pérdidas, circunstancia que corroboraba un dicho de aquellos años que dicen que rezaba: “Todos somos del mismo barro, pero no es lo mismo bacín que jarro”.

Y como ese caso tan sonado al interior de la corporación, no menos ruidosos fueron los casos de aquellos lugares en que se recibía el líquido para transformarlo en diversos productos de los que su uso ya era normal y cotidiano solo que dejaban que esos lugares se pudrieran por no darles el debido mantenimiento, pues el oro y la plata no se utilizaba para su mantenimiento y crecimiento, para su reinversión y beneficio social, sino para especulación y provechos grupales.

La parte final del cuento no se pudo leer, pues las hojas estaban quemadas pero cuenta la leyenda que cualquier acontecimiento que sucediera cercano a la corporación, ésta era culpada, lo mismo fuera en un populoso poblado llamado San Juanico (que el terrible accidente se generó por causas extrañas en una empresa de alguien “del no gobierno”) como en otro en un paraje denominado San Martín (que fue causado por ladrones de los productos de la corporación y no de por la corporación misma) y, bueno, pues como en muchos otros lugares, llega la desgracia con dolor, pena, sufrimiento, esperanza y, en algunos casos, resignación.

Y lo dicho, aunque no haya sido la culpa de la corporación, según se desprende de lo que se pudo leer en el cuento, siempre el noble pueblo buscó, a la primera oportunidad, el poder obtener parte del beneficio de la corporación administradora de los veneros del diablo y que no solo fueran agraciados aquellos que el propio pueblo había designado como representantes junto con sus cómplices “del no gobierno” que eran los que se insuflaban de bienestar áureo.

No se sabe si “… y vivieron muy felices…” pero, lo que si se sabe, es que, a pesar de la pésima educación que había en esa época, cada vez eran menos los ingenuotes.


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Autor:
Raul Peniche (106 noticias)
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