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De poetas futboleros

30/09/2011 01:42 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Ronaldo González Valdés

"El futbol es la recuperación semanal de la infancia"

Javier Marías

Comparto la pasión futbolera de mi amigo Jesús Ramón Ibarra. La comparto a lo largo y a lo ancho, en lo extenso y en lo intenso: la comparto y ya. Con él he escuchado un buen blues (o un buen jazz) en la ingesta cervecera posfutbolera (diría mi hermano Beto) de algún jueves ya remoto. Siempre, sin embargo, nuestro tema fue el juego de las patadas, el "juego del hombre". No B. B. King ni Miles Davis ni Sony Boy Williamson ni Charlie Parker. Sí el gato Marín, sí Cruyff, sí Maldini que escribieron su propia partitura y ejecutaron su propia improvisación en la grama (Gerardo Ascencio a un lado, terciando con incomprensibles comparaciones con Mahler y Stravinsky). Por eso me sabía este libro antes de leerlo. Y no, no te equivocas mi admirado Poet : aciertas al plantearte el futbol "como una suerte de universo alterno, con su simbología, su literatura, su lirismo exacerbado en la relación músculo, vértigo, habilidad, precisión". Suscribo, por lo mismo, tu lista de razones que dan respuesta a la pregunta sangrona: ¿Por qué el futbol? Aunque, ya lo sabes, en esa lista yo pondría a Pelé, O mío Rey, como una razón aparte.

En esto no convengo ni convendré contigo jamás. Pelé es el Jefe. No me parece válido tu argumento a favor del Pelusa Maradona. Que si las tácticas y las estrategias, que si Dieguito "vivió el summum de la noción táctica, penetró los recios tanques germánicos, los espinosos bosques de Italia o la armada invencible de Inglaterra". Ni madres. Vamos dejándolo claro de una vez: Edson Arantes hubiera podido hacer lo que hizo con Mazurkiewicz el setenta o el prodigio de sombrerito que hizo a la defensa sueca el 58 o el cabezazo fenomenal en la final del setenta, hubiera podido hacer esto y más en los ochenta, los noventa o el 2011. Quizá con otros sí, pero con Pelé no había táctica ni estrategia que valieran. Le pegaba tan bien al balón con la derecha como con la zurda. Cabeceaba mejor que cualquiera al día de hoy. Driblaba tan verticalmente como Maradona o el mismísimo Cruyff. Pero entiendo que no te convenceré. Cuestión de generaciones acaso. Mi padre tampoco logró convencerme de las superiores virtudes de Di Stefano o Bobby Charlton, personaje este último cuya referencia, por cierto, se deja extrañar en tu libro mi querido Jesús Ramón.

Comparto tu anticredo futbolero (las mafias televisivas, los jugadores insuflados de egolatría, los promotores depredadores, las barras bravas fanáticas y lumpenescas, el gran negocio de asociaciones y medios); comparto tus ganas frustradas de haber platicado con el Pep Guardiola en Culiacán, tu admiración por aquellos rapsodas que narraban los juegos como Ángel Fernández, "capaz de transformar un juego sin gloria en la caída de Cartago", dice Juan Villoro.

Me encantan tus caracterizaciones brillantes y no por alegóricas menos certeras de los puestos de los jugadores en la cancha: el portero y su sentido trágico; el medio de contención y su labor deconstructiva llevada a "los niveles de un arte de guerra"; el central líbero que hace de la defensa un ejercicio de deconstrucción productiva; los delanteros arquetípicos que celebran "un gol con los brazos en alto, bien estirados, como buscando asir el imaginario trofeo de su Dios personal".

Y me fascinó, desde luego, el relato de Marcial, tu tío-técnico, a quien, como su portero titular, le aseguraste la "gloria pueril de sacar empates a destajo". Ciertamente no he conocido personalmente a directores técnicos como Nacho Trelles, Benítez, Ferguson o Bianchi, pero a mí me han dirigido el "Pitayita", Pancho Padilla, Memillo Almeyda, el "Charol" López y Óscar de Jesús Maturín Estrada (de quien se dice que metió un gol tan largo como su nombre, y quien también se encarga de la provisión de líquido ambarino para el final de mis juegos sabatinos, es decir, estamos hablando de un técnico, por así decirlo, versátil), y en todos esos casos he podido comprobar, como tú bien lo dices, que se trata de técnicos que "documentan su historia con el fuego sagrado de un triunfo y con un puñado de derrotas que los levantaron y los hicieron grandes". Como ocurrió con el Matu cuando decidió dejar al Mini Reyes como lateral izquierdo para ubicarme a mí como volante en ese mismo lado: ¡por supuesto que perdimos esa final! Pero esa decisión, esa derrota, le permitió al Matu "levantarse y hacerse grande" durante un tiempo que, creo, todavía sigue corriendo en alguna dependencia pública.

Me ha gustado mucho igualmente tu bitácora de la Euro 2008, nadie podrá negar tus atributos visionarios: desde entonces anticipabas la época de grandeza que viviría el futbol español y la decadencia que se anunciaba para el francés y/o el italiano.

Tu semblanza de los héroes no tiene desperdicio. Más bien lo contrario, hubiera querido ver más retratos de individuos como Miguel Marín, Cuauhtémoc Blanco y Il Grande Capitano Maldini; más descripciones de gestas de historia local como aquella final del Torneo de Clausura 2008 que los cruzazulinos perdimos, para variar, con el Toluca, o aquella épica del Milagro de Berna cuando Alemania ganó, contra todo pronóstico, la Copa del Mundo de Suiza en 1954 de la mano (o del pie) de the Boss , el legendario Helmut Rahn.

Y valen muchísimo la pena los ensayos de acercamiento al futbol y las artes: nuestra desventaja cinematográfica frente al beisbol; los ejercicios narrativos de Vladimir Dimitrijevic; el maravilloso registro fotográfico de Mágnum Futbol ; el anecdotario feliz y sencillo de mi pariente Miguel González Michel, extraordinario mediocampista merengue; y, last but not least , la sabrosísima historia (no sé si cierta, sí sé que exagerada) de Luis Antonio Gali sobre aquel encuentro de Nolo Ferreira, volante ofensivo de estudiantes de la Plata, con Jorge Luis Borges en 1931. ¿Habrán ocurrido los reclamos de un joven Borges, más bien ebrio, a Nolo después de haber fallado éste flagrantemente un gol determinante para el resultado del partido? "Cosas rarísimas, nunca escuchadas en un campo de juego", como: "¡Sé que una cosa no hay, Nolo, es el olvido! ¡Has cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer, Nolo! Por las calles que ahondan el poniente, ¿qué has hecho, Nolo?". Si esto es medianamente verídico (aunque no me parece muy verosímil) tendremos que reconocer que tenía lo suyo el joven Georgie, tan desapasionado él.

Digo, casi al final, obsedente amigo Jesús Ramón, que valdrá la pena ir incorporando otros registros a esta bola de nieve que has dejado deslizarse en el trópico sinaloense: uno más bien convencional, algo así como la Galería de los olvidados , esos de los que no se habla o casi no se habla en el futbol mundial y nacional: los uruguayos Pedro Rocha y Ladislao Mazurkiewicz, los peruanos Hugo "el cholo" Sotil y Teófilo Cubillas, los alemanes Wolfgang Overath y Reinhard Libuda, los chilenos Carlos Caszely y Elías Figueroa, los italianos Gianni Rivera Il Bambino de Oro y Sandrino Mazzola (o Luigi Riva o Roberto Boninsegna o Giacinto Faccheti) o los ingleses Geoffrey Hurst y Martin Peters (o Francis Lee o el pelirrojo Alan Ball) por recordar solamente a algunos. O los mexicanos Manolete Hernández, Desachy, Alberto Onofre, Berna García o Hernán Cabalceta. Todos ellos tan buenos como los que tú mencionas y todos mencionamos en nuestros recurrentes coloquios futboleros. Pero todos ellos también futbolistas demediados, tocados por fatalidades diversas (desde la fractura-después-de-la-cual-nada-fue-igual hasta la simple falta de carisma) que no les permitieron llegar a las cumbres que otros escalaron con éxito y, en ocasiones, con menos merecimientos.

Y quizá vaya bien, en un futuro que espero llegue pronto, el homenaje íntimo a los amigos. Espigo de la flaca memoria a bote pronto (y pido disculpas por la metáfora beisbolera) dos destacadísimos casos: el de Álvaro Rendón Moreno, nuestro Feroz, fanático ejemplar -si los ha habido en Sinaloa, junto con tu padre- de los yanquis de Nueva York, siempre terco y siempre fracasado en su tenaz esfuerzo por comprender el misterio enormísimo del fuera de lugar. Y el de Sergio López, heartbreaker tropical a quien envidiamos terriblemente tú, Vicente Jaime y yo, y para quien resultaba absolutamente incomprensible lo qué ocurría en la cancha después del silbatazo inicial (teatrero al fin): "Tan bien que se veían ordenaditos los de un color en un lado y los de otro color en el otro. Nada más pitó el tipo de negro y todo se volvió un desmadre", solía decir Sergio, insufrible, igual que el Feroz, como compañero de grada en un juego de los Dorados de Sinaloa. Dicen que dijo Borges, y esto sí lo creo, que los fanáticos de las barras bravas no van a ver un buen juego de futbol: van a ver ganar a su equipo. Estos dos amigos, Álvaro y Sergio, iban más allá: como buenos metafísicos sudorosos y cerveceros, iban a ver sufrir (y a hacer sufrir) a sus amigos con su ingenuidad casi amistosamente perversa.

Otro registro que valdría la pena explorar: los poetas futboleros: Joan Manuel Serrat, Luis Miguel Aguilar; acá en Sinaloa: Juan Esmerio Navarro, Jean Turpy, tú mismo Jesús Ramón. ¿Qué dice la poesía del futbol, qué el futbol de la poesía? Dicen de sí recíprocamente porque dicen de niños que "Son felices en la exuberancia". Dicen de recuerdos preciosos: "En el pasillo de una casa cualquiera/ padre e hijo juegan a la pelota. Cada uno es un equipo entero". Dicen lo que preguntas en el poema con que cierras tu libro:

¿Hay alguien, en las razones

que vinculan sus pasos

a un presente sin infortunios ni celadas capaz de transgredir el combate que padre e hijo en el pasillo de una casa cualquiera llevan los niveles del arrojo, un coro tenaz, dos equipos enteros que se retan, cariñosamente, mientras esperan la tarde de un domingo.

Seguramente por eso, entre otras cosas, Javier Marías afirma sin empacho que "el futbol es la recuperación semanal de la infancia". Muchas gracias por recordarme, mi querido Poeta, que alguna vez fui un equipo entero, yo solo, con Alán mi hermano encarnando al conjunto contrincante en la cochera de nuestra casa paterna: uno en la portería mientras el otro, es cierto, narraba sus hazañas al tiempo que sucedían.

*Ibarra, Jesús Ramón, La pelota, el corazón del aire, Culiacán, Sinaloa, H. Ayuntamiento de Culiacán, 2011.


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Fuente:
amanecersinaloa.com
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