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Derechos y cultura como diferencia/Alejandro Díaz Pérez y Beatriz Muñoz Goetsch

25/08/2013 15:25 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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Alejandro Díaz Pérez y Beatriz Muñoz Goetsch

Cuando hablamos de la protección de derechos de los pueblos indígenas, se suele debatir si el factor "cultura" es un elemento legítimo para establecer diferencias en la protección constitucional especifica de estas poblaciones respecto de otras minorías y mayorías.

Al respecto existen dos argumentos comunes a su favor. Una justificación del porqué deben ser protegidos los derechos de pueblos indígenas es que, al ser culturas y organizaciones sociales diferentes y particulares, deben tener por lo tanto especiales y diferentes derechos.

Una segunda visión complementaria es que si bien normativamente hablando tienen los mismos derechos que todos, éstos han sido especialmente vulnerados. Estos pueblos han sido discriminados estructuralmente encontrándose en desventaja socio-política y económica respecto del resto.

Sin embargo existen posturas encontradas. Algunas tratan de evitar un enfoque multiculturalista, que podrían llegar a cambiar la perspectiva teórica del liberalismo actual. Otras se preocupan de que esos derechos específicos no entren en conflicto con los de los demás; y de afinar un terreno controvertido, no tanto de la cultura o la lengua, pero sí de la "identidad".

Desde una perspectiva puramente individualista, todas las personas tienen derechos. Se piensa que los sistemas deben proteger los derechos individuales y no unos derechos de grupo o colectivos, culturalmente particulares.

Con base en ese individualismo, no sería necesario entonces apelar a un criterio cultural que haga esa diferencia de derechos, que reclaman, por ejemplo, muchos grupos indígenas de México. Ello pretende evitar que exista una facultad subjetiva de estos grupos para imponer prácticas culturales a sus propios individuos que pueden ser o no ser aceptados por los miembros del colectivo.

Por otro lado, sin embargo, algunos de esos derechos culturales serian derechos colectivos y viceversa (por ejemplo en lo relativo a temas lingüísticos o educativos, de titularidad y ejercicio colectivos); aunque siempre referidos a organizaciones sociales especificas, con concepciones particulares no solo de la sociedad o del individuo, sino también del propio "derecho".

Parece innegable que los derechos de los pueblos indígenas deben tratarse desde puntos interdisciplinarios. No se agotan desde la visión del derecho, sino que deben tratarse, por ejemplo, desde la propia consideración e implicaciones de la "cultura", en sus dimensiones más abstractas y también más concretas: ¿qué o cuál cultura?, ¿cómo se maneja? ¿quién se adscribe a ella? ¿cuáles son sus límites y solapamientos?, ¿cuales son las interrelaciones entre cultura y etnia?

El liberalismo tiene la confianza de que los derechos individuales protegerán los de las minorías, sin necesidad de buscar otros especiales o adicionales, como serían estos derechos culturales o étnicos. Su modelo es el tratamiento de las minorías religiosas, cuya diferencia es considerada una elección privada, no concerniente al Estado, mientras no agreda otros derechos.

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Sin embargo, a diferencia de la religión y de su tratamiento jurídico, la "cultura" no puede ser considerada como una simple elección privada. Es el complejo sistema de pensamiento, acción e interacción de un grupo humano, a veces en profunda contradicción, con el de otros. No se debe olvidar tampoco, a la hora legislar, que la cultura es asimismo un ''recurso", patrimonios colectivos materiales e inmateriales, que pueden ser movilizados, gestionados, también manipulados, por diversos agentes a identificar.

Los numerosos conflictos culturales y étnicos actuales requieren de análisis no sólo extremadamente minuciosos y contextualizados a cada caso, sino también de una comprensión más global del concepto de cultura y de sus implicaciones prácticas; por ejemplo, en una mejor definición de "identidad cultural" o "étnica" (muy diversa, por cierto, de la "religiosa", a pesar de sus importantes entrecruzamientos en el derecho).

Pero al margen del debate teórico, la realidad es que existe una pobreza radical en la gran mayoría de los pueblos indígenas, calculándose aproximadamente unos 5.000 pueblos indígenas, con 370 millones de indígenas en el mundo, según la ONU.

Si nos apoyamos de un argumento pragmático, diremos que los países donde se han reconocido los derechos de autogobierno a pueblos indígenas (Estados Unidos, Nueva Zelanda, Australia, etc.), estos han mejorado socioeconómicamente, en contraste con aquellos países que no han reconocido plenamente esos derechos, y donde persisten las desigualdades.

Por lo tanto los derechos de los indígenas (por lo menos en la praxis) no pueden reducirse a la protección o visión de protección de los derechos individuales. El factor cultural (como también el lingüístico) es importante, ante el cual el Estado no puede tener una postura neutral.

De hecho, este factor cultural, aun con implicaciones "étnicas", no puede limitarse a una "identidad", de la que el Estado se desembaraza con el argumento de que se deben asegurar los derechos individuales, sin aludir a una pertenencia "cultural" o "étnica", del mismo modo que debe ser "ciego al color de la piel" de sus ciudadanos.

La cultura, como en el caso de la lengua, no es sólo algo elegido o co-construido, si no que, en cierto modo, viene "dado" de manera colectiva, configurando visiones muy diversas de entender el mundo y las relaciones sociales. Por ello, no sólo se requiere continuar con el debate teórico de los derechos culturales y la monitorización de sus aplicaciones prácticas, sino introducir una mayor reflexión de lo que implica la cultura; pero siempre contextualizada a cada caso, habitualmente de tensión entre una mayoría dominante y una minoría vulnerable.

Esta vía conjunta de análisis, desde una visión más general y abstracta, como la jurídica, y más particularizada, como la antropológica, es la única posible para tratar de transformar tensiones irresolubles en praxis más justas que partan de un diálogo intercultural más amplio.


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Fuente:
grupocronicasrevista.org
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Reportaje
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