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Día de Reyes en el DF, entre la ilusión y la marginación

06/01/2011 10:01 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La celebración del Día de Reyes en la ciudad de México pasa entre la ilusión de los infantes que desde tempranas horas disfrutan de sus regalos y la marginación e indiferencia de quienes no tienen nada, y desconocen esta tradición. Este día los niños se levantaron más temprano que de costumbre, impulsados por la ilusión de disfrutar los juguetes nuevos que les trajeron los Reyes Magos. Pero no todos, como siempre, vivieron con ilusión este día. Es el caso, por ejemplo, de los hermanos Rubén y José Luis García Ramírez, de nueve y seis años de edad, respectivamente, que ante la falta de juguetes se divertían al medio día con el hilo de agua verdosa que resbala a la vera de una fuente ubicada en el centro de la alameda central. Al parecer, ajenos a la celebración infantil que hermana a la mayoría de los niños que siguen la tradición de los reyes magos, estos dos menores se divierten a su manera, ríen, se abrazan, pelean, se avientan, se mojan y comparten una misma fantasía donde sólo ellos existen. No parece importarles que sus ropas, un pantalón y una camiseta simple, estén sucias, raídas o que sean de una talla evidentemente menor de la que necesitan para cubrir sus pequeños cuerpos, y sus pies parecen estar acostumbrados a los huaraches de hule. Tal vez, considerando que son niños de la calle, una señora se acerca y les da un carrito rojo de volteo con unas canicas como carga, y se va. Es un carrito de plástico sin mayor complicación, no es de control remoto, no usa pilas, no emite sonidos, no se le abren las puertas, no se transforma. No debe costar más de diez pesos en un puesto de chácharas. Pero los niños lo toman sin decir palabra, aunque se nota una tímida chispa de agradecimiento en sus ojos oscuros. De inmediato incorporan el nuevo juguete en su viejo juego y continúan riendo, empujándose, mojándose, rodando y arrastrándose por el suelo. “Así que no les trajeron nada los Santos Reyes”. Los niños escuchan el intento de diálogo, voltean a ver a su interlocutor pero nada contestan. No parecen miedosos, pero si desconfiados. “Que les hubiera gustado recibir de regalo, le pidieron algo a los reyes” Los niños cruzan miradas entre sí y buscan algo alrededor, pero siguen sin responder, probablemente la pregunta no es para ellos. -¿Cómo te llamas? -Rubén- dice el más grandecito -¿Cuántos años tienes? -Nueve- responde simplemente -¿Y él quien es? -José Luis- añade, y sobreviene otra vez el silencio. -Son amigos Esta vez es José Luis quien contesta y dice que son hermanos, que tiene seis años, que vienen de Oaxaca, y que sus papas están ahí cerca, en aquel puesto que pusieron para vender artesanías traídas de allá. Ellos, como sus ropas, también son más pequeños para los años que dicen tener, tienen claras muestras de desnutrición como esos dientes pequeños y torcidos que no terminan de brotar, pero no les importa o ni siquiera son conscientes de ello. Y ya con algo más de confianza, ante el interrogatorio al que son sometidos, dicen que en este momento no tienen hambre ni sed, pues ya se comieron unos tamales y se bebieron un refresco. Que sí, duermen en la calle, pero no a la intemperie, porque se tapan con la lona del puesto y unas cobijas, que hace varios días que no se bañan pero su mamá los limpia con un trapo. También comentan que de los reyes magos han oído pero no sabían que debían traer regalos para los niños que los piden, que en su casa tienen cosas para jugar y que ya se quieren volver a su pueblo. Para ellos el día de Reyes fue diferente, no fue un día particularmente especial. Rubén y José Luis son pobres, marginados, vulnerables, pero no son niños de la calle, tienen a sus padres que se preocupan por ellos, aunque no es mucho los que les pueden dar. Para niños de la calle, los que habitan en Artículo 123, entre Balderas y Humboldt. Ahí sí que hay toda una comunidad de personas que viven en situación de calle: hombres, mujeres, jóvenes y niños cuya morada es literalmente la basura. El hedor que despide esa comunidad los mantiene prácticamente aislados del resto de la sociedad, pues los transeúntes los evitan, mientras los conductores de vehículos aceleran la marcha al transitar por esa zona y “tratar de ver lo que no vieron”. Toda una calle de gente sobreviviendo en los límites de la degradación humana borra cualquier referencia a una tradición cultural o religiosa como el Día de Reyes.

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