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“La distancia no importa cuando hay fe”: peregrinos

09/12/2010 03:39 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

El rostro de Úrsula Lizalde refleja el agotamiento de la caminata que emprendió hace tres días desde Tulancingo, Hidalgo, pero sus ojos brillan y su sonrisa aflora al acercarse al atrio de la Basílica de Guadalupe. La distancia no importa cuando hay fe y devoción y como ella millones de peregrinos dejan cada año sus tierras para visitar, en su día, a la Virgen de Guadalupe, para agradecerle el favor recibido, pedirle algo o simplemente como acto de fervor religioso. Muchos inician su recorrido durante los primeros días de diciembre para llegar al templo mariano el día 12; pasan días y noches soportando el agreste clima del camino, duermen poco y, cuando se puede, comen las pocas provisiones que pueden cargar, pero con la firmeza de lograr su cometido. “Vengo a darle gracias a la virgen por todo lo bueno que me ha dado y a pedirle por la salud de mi nieto que está enfermo de cáncer desde que tenía dos años”, señaló Úrsula. En medio de un grupo de personas que la acompaña portando arreglos florales y de un mariachi que alegra la plaza y le canta a la guadalupana, Úrsula cuenta que el camino no es fácil. “Hay muchos obstáculos, cada uno de nosostros tenemos los propios, pero los brincamos con la fe y la ayuda de nuestra madre santísima”. Durante su trayecto, los peregrinos tienen que soportar largas caminatas bajo los intensos rayos del sol o la fría noche, duermen en el suelo en cualquier lugar, además de que algunos llegan con los pies lastimados por tanto caminar. La señora Lizalde señaló que la mayoría de las personas que viajan sólo portan una muda de ropa y la comida que puedan cargar en sus mochilas o petacas, traen poco dinero, lo suficiente para regresar en autobús a su ciudad de origen o para comprar un pequeño recuerdo. “El cansacio no pesa, todos venimos con el ansia de llegar a ver a la virgen, eso hace que nos olvidemos del agotamiento, del hambre y del frío; además algunas personas nos ayudan en el camino, nos dan agua o algo qué comer. Yo apenas salí de mi casa con 150 pesos y unas latas de atún”, agregó Úsula. Esta es una de las miles de historias que protagonizan los peregrinos que solos, en familia o con amigos acuden año con año al cerro del Tepeyac para celebrar a la virgen el 12 de diciembre. Edgar Váldez, encargado de la casa del Peregrino de San Juan Diego, señaló que en coordinación con la Secretaría de Protección Civil han contabilizado, hasta el momento, la llegada de al menos un millón de personas al templo y prevé que en los próximos días arriben seis millones más. El albergue, explicó, tiene como fin brindar apoyo a las personas que vienen del interior de la República. Tiene capacidad para 250 autobuses y cuenta con un dormitorio para dar cabida a cuatro mil individuos y una área abierta para alojar a igual número. Además en los baños hay regaderas para que los visitantes puedan ducharse. En el comedor pueden preparar su comida, a cambio de una pequeña cuota de recuperación de 20 pesos. En el albergue pernoctan Ulises Cano Aparicio, quien con otras 80 personas, principalmente jóvenes, salió hace dos días en autobús del municipio Tecoanapa, ubicado en la Costa Chica de Guerrero, con el fin de llegar a la Basílica para encender su “antorcha de fe” y llevarla de regreso antes del 12 de diciembre a su pueblo natal. “La peregrinación la iniciamos mis hermanos y yo hace 12 años con la intención de invitar a los chavos a formar parte de un grupo guadalupano, posteriormente se fueron integrando quienes tenían alguna promesa”, comentó. Cano Aparicio apuntó que su principal objetivo es “estimular que los jóvenes tengan una fe religiosa fuerte” para evitar que caigan en el alcoholismo, la drogadicción o la delincuencia organizada. Sin embargo, dijo, hay quienes sólo vienen a conocer a la virgen, a cumplir una manda o promesa, a pedir que los proteja y que les vaya bien a su regreso a Estados Unidos, a rezar por la salud de él o de un familiar o simplemente a dar muestra de su fe. Instalado en una de las mesas de la Casa del Peregrino San Juan Diego, el señor Cano organiza a su grupo que partirá de regreso a Guerrero; “el regreso es lo más pesado, son cuatro días de recorrido a pie en una especie de carrera de relevos con la antorcha que encendimos en La Villa”. Explicó que el clima es uno de los factores que hace más difícil el viaje, ya que los cambios bruscos de temperatura afectan su desempeño. “Al salir de la ciudad de México la temperatura es muy fría, en Iguala es muy caliente, en Chilpancingo muy fresco, y como vamos avanzando va aumentando la humedad”. A tres días de los festejos de la Virgen de Guadalupe el recinto bulle, el arribo de fieles es inagotable. Frente al Papamóvil, peregrinos se arremolian y esperan la bendición del sacerdote y la caída de agua bendita. A un costado del templo, las personas oran frente al depósito de veladoras que son retiradas varias veces al día por empleados de la basílica, junto con otros cientos de cirios, para darle cabida a los que vienen en procesión con más candelas. En el atrio, miles de peregrinos hacen suyo cada rincón de la Basílica de Guadalupe, mientras que en sus alrededores improvisan dormitorios y cocinas, que mezclan los olores del mole, pollo rostizado, arroz, carne asada y café, con el orgullo de la fe y de un pueblo autonombrado “guadalupano”.


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