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Un domingo en la periferia, Los días y el polvo de Diego Ordaz

04/02/2012 14:42 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Por Omar Baca

Para un crítico, hablar bien de una opera prima es siempre un acto de fe. Criticar malas novelas de autores desconocidos es muy fácil. Pero cuando aparece algo diferente, algo fuera de la línea, entonces hay que tomar un riesgo: decidir si la obra vale algo, o es sólo un experimento pretencioso, una novedad fallida. Esta es la dificultad principal al criticar la novela de Diego Ordaz. Los días y el polvo es un espaldarazo a la moda editorial y a los temas canónicos de la literatura mexicana: novela breve, difícil y de editorial independiente. ¿Existe indiferencia más rebelde que ésta?

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La mayoría de los escritores emergentes buscan un gran —y architratado— problema al cual aferrarse: el narco, el infinito DF, la política... Incluso aquella literatura que en un principio se jactaba de ser marginal —queer, feminista, punk—, se ha colocado ahora en el centro, se ha canonizado. Es ahí donde la novela de Diego se convierte en un gesto de rebeldía: es una obra periférica.

Pero no sólo eso, sino que también está construida como una periferia. A diferencia de otras literaturas, aquí no se centraliza el margen, sino que el centro es dejado en la ausencia. Su artificio consiste en un abismo: se sitúa al lector en las orillas, y se entiende que hay un centro, pero éste es diluido, ignorado, termina por no importar.

Si se cree que Andréi es el protagonista y, por tanto, un centro, entonces se ha caído en un engaño. Andréi funciona como una apariencia, como un falso eje. Este supuesto narrador principal, es en realidad sólo un narrador; él sólo mira y escribe, pero son otros quienes le interesan, no él; nos cuenta de Valeriano, de Janeth, del forajido ficticio; se aparta a sí mismo; hace de sí, otro personaje secundario de su historia. Cierto que Janeth nos habla sobre él; mas su voz rompe con la jerarquía. El protagonismo narrativo de Andréi disminuye al aparecer Janeth. La novela, entonces, se dispersa en sus fragmentos. Acúsenla de desordenada; no importa: ése es su propósito. Nos enfrentamos a una historia sin protagonista: sucedes que los protagonistas no aparecen; sólo vemos a un puñado de seres marginales, que deambulan con incertidumbre. Así, el lector no encuentra asidero y se ve condenado a hundirse en todo.

Lo anterior no me sorprende; lo delirante es que funciona. Este logro se debe principalmente a la carencia de argumento. Nada nuevo, cierto. De hecho, utiliza el mismo método que Joyce: yuxtapone tantos conflictos cotidianos aparentemente banales, que al final se siente como si no hubiera pasado nada. La novela termina en calma, sí, pero una calma incómoda. He ahí otra semejanza con Ulises . Por supuesto, ambas novelas son, en general, incomparables: Ulises narra el centro, es un inmenso resumen del occidente, tiene un protagonista; Los días es breve, provincial, e insisto, narra la periferia sin colocarla en el centro.

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Esa centrifugación no se debe a otro síntoma que el hastío. Los personajes están asqueados hasta de sí mismos. El mundo se ha convertido en un día aburrido, en un polvo de putrefacción. Inevitablemente, en la representación de este hartazgo, Diego se nutre de la tradición; encontramos cuadros deliciosos de tedio, domingos nauseabundos, paseos flaneurescos por el supermercado... Pero además de tradición, hay reinterpretación. El flaneur clásico, rebelde y romántico, se refugia en el yo; el de Ordaz, nihilista y mediocre, se sumerge en el aburrimiento del nadie. Mas comparten un sentimiento: el desprecio a la realidad. Para Andréi ni la ficción ni la vida valen algo. Le niega a la primera cualquier ápice de realidad y se ha cansado de los conflictos de la segunda.

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Este hastío se extiende a todos los personajes, pero se manifiesta en Janeth con un interés particular. Ésta, un travesti que sobrevive en la espera, camina por las páginas de la novela con un asco moral. Ella es quien acusa, quien apunta sin piedad hacia los hipócritas: «es lo que rechazan, sus deseos de adentro, los de de veras, no se parecen a su decir entre amigos y familia». Janeth invierte la jerarquía: los de abajo ya no son los degradados moralmente, sino los reprimidos.

Tomemos lo anterior para hablar de compromisos literarios. La mayoría asegurará que la novela de Diego se desinteresa y desvincula de lo que los medios llaman la tragedia juarense. Tendrán razón, pero tampoco se evade. La frase: «No quiero ser yo quien arranque otro pedazo de muerto al muerto», sin duda tiene un efecto profundo e inmediato. Si Janeth desprecia a todos los que la odian deseándola para mantener su imagen social, Andréi renuncia a aprovecharse de los sufrimientos de la vida para hacer literatura. Paradójicamente, al prohibirse contar la desgracia ajena, se vuelve un narrador más humano. Liberado de pretensiones morales, puede odiar, amar, escupir y recordar sin preocupaciones. En cierta forma, también es un espaldarazo a quienes pretenden hacerse un lugar escribiendo sobre narcotráfico o violencia. Andréi apuesta por lo frío y trascendente. Otra forma de la marginación: descomprometerse. No se caiga en la cursilería de entenderlo como insensibilidad. Al contrario, Anréi prefiere silenciar esos temas porque siente.

Los personajes de Los días y el polvo se aburren, y al final quedan deambulando donde empezaron: en su perferia de hastío y degradación, donde el centro está tan lejos que ya no existe. Tal es la modernidad de la obra: al igual que la cultura actual, todo en ella está al margen.

Diego Ordaz, Los días y el polvo . Puente Libre, Colección Novela como nube , Ciudad Juárez, 76 pp.


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Autor:
Redliteraria (173 noticias)
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redliterariadelsureste.blogspot.com
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