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El debate de la Abulia

06/05/2012 20:31 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Por Gerardo Albarrán de Alba * A veces, en un debate, el que no pierde gana. Gabriel Quadri lo consiguió anoche al recordarnos permanentemente la distancia que existe entre la política y la sociedad. Fue evidente que los tres candidatos que sí pueden ganar la Presidencia de la República se prepararon a conciencia… para enfrentarse entre ellos. Pese al desprecio de las televisoras, que relegaron el ejercicio a sus canales menos vistos, los candidatos se ciñeron a guiones cuidadosamente elaborados, preparados para la pantalla, Josefina Vázquez Mota y Andrés Manuel López Obrador casi ni se tocaron entre ellos; toda su estrategia estuvo dirigida contra Enrique Peña Nieto. El priista nunca ofreció la otra mejilla, pero tampoco desactivó ninguna de las andanadas. Eficaz en la retórica de la evasividad, sí que se sacudió los golpes y contraatacó selectivamente, sin despeinarse. El debate como experiencia cognoscitiva del poder. Dos horas para definir al rumbo de la nación, 27 minutos cronometrados en el que cada candidato se juega todo. (A fin de cuentas, la sociedad está hecha de tiempo y de lenguaje.) A media campaña, los candidatos nos deben a los ciudadanos demasiadas respuestas, y son tan pocas las preguntas que esta noche habrán de responder. Un Peña Nieto fluido, que desmintió su dependencia del teleprompter: es capaz de memorizar un discurso coherente, plagado de datos, de cifras, de porcentajes, y más importante aún, con el aplomo suficiente para eludir los golpes sin responder verdaderamente a ninguna de las acusaciones, más allá de apelar a las referencias que citó de memoria. La palabra propia como defensa, la fe en el dicho como sustituto de la rendición de cuentas. Ni Peña Nieto ni Josefina Vázquez Mota perdieron un momento. Desde la presentación de sus candidaturas cruzaron los primeros señalamientos, si bien implícitos en las críticas a los pasados que ambos representan: los 70 años del PRI que nunca murió contra los 12 años de administraciones panistas que desperdiciaron el bono democrático y comprometieron todo lo que falta de nuestra transición. Pintaba como una disputa entre aquellos dos, pero el candidato de la izquierda Andrés Manuel López Obrador habría de forzar a Peña Nieto a dedicarle tanto o más tiempo a las acusaciones mutuas, primero, y hacia el final a casi desvanecer la presencia de Vázquez Mota, relegada de la discusión entre los exgobernantes de las dos entidades más importantes del país. El tiempo que te quede libre... Los debates presidenciales no se ganan con propuestas, aunque sean buenas; se ganan con presencia, con agilidad mental, con capacidad de respuesta: el montaje de la representación, la televisión convertida en crucero desde donde se colectan votos a cambio de malabares retóricos. Nadie se fija tanto en qué se dice, sino en cómo se dice. Lo que importa no son las virtudes (honradez, capacidad, visión, entrega, dedicación, conocimientos, liderazgo), lo que cuenta es la imagen ante quienes los ven: no la masa electoral desdibujada y desideologizada que miraba Pequeños Gigantes o la goliza que Tigres le puso al Morelia, sino los factores reales de poder que deberán aprobar como administradores del poder político. Para el resto de nosotros queda el papel de “opinión pública”, una construcción de percepción social, el imaginario colectivo moldeado por la propaganda. Por eso el debate se torna rápidamente en un encuentro rijoso que desdibuja el perfil de nación que cada uno de los candidatos pretende posicionar y subordina las propuestas al ataque o la defensa. Peña Nieto lamenta varias veces que el tiempo no le da para responder de inmediato a los señalamientos que recibe de Vázquez Mota y de López Obrador. Y no es que agotara sus intervenciones en propuestas detalladas –ninguno lo hizo–, es que tampoco dejó de asestar algunos golpes efectistas, como las inasistencias de Vázquez Mota a los trabajos de la Cámara de Diputados, la acusación más reiterada contra la candidata del partido en el gobierno. A nadie sorprende que Peña Nieto sea el blanco de todos. Sí que López Obrador consiguiera desplazar a Vázquez Mota de la atención del priista para responder los golpes que el exjefe de gobierno del Distrito Federal le asesta en casi cada intervención. En un momento dado, el pleito de dos ya no es entre priista y panista, sino entre Peña Nieto y López Obrador, que exhiben los retratos de la corrupción que los circunda: René Bejarano y Gustavo Ponce (el señor de las ligas y el ludómano), con éste; Arturo Montiel y Carlos Salinas de Gortari (la obsesión convertida en bandera), con aquél. Josefina Vazquez Mota trató de resaltar sus fortalezas a partir de la diferenciación con Peña Nieto, pero sólo consiguió parecer menos peor. A lo largo de la noche, perdió la oporunidad de cerrar la contienda a sólo dos candidatos, ella y Peña Nieto. “Lo dejó ir vivo”, comentaron algunos panistas que se alejaban del Pepsi Center WTC, sede del encuentro. Ni el caso Paulette logró sacar al priista de su esquema, pese a la contundencia del golpe: “En materia de justicia lo más importante es no ser parte del crimen organizado, condición indispensable”, asestó la panista. El revire preparado fue inmediato: “Josefina, qué lamentable que quiera usted revivir su campaña en la muerte de una niña”. Entre ataques y revires, alguna que otra propuesta más o menos articulada, pero al final nada que no hayan dicho ya hasta la saciedad en sus actos de campaña. Nadie necesita convencer a los ya convencidos; si acaso, se cuidan de no decepcionarlos mucho. Están ahí para no resbalar, en el caso del priista Peña Nieto; para subir a costa del otro, en el caso de la panista Vázquez Mota y el izquierdista López Obrador; para pescar a río revuelto, en el caso de Quadri, ignorado por los otros tres (cada inervención suya es tan intrascendente como un corte comercial, patrocinado por el SNTE). La oferta política no se distingue entre ninguno de ellos. Manosean los qué sin revelar jamás los cómo. Todos ofrecen el cambio a partir de lo mismo: reformas por aquí, acentos por allá. Pero ninguno es capaz de romper con su pasado como para diferenciarse siquiera de sí mismos. Peña Nieto no reniega de un sistema que se descompuso hasta que ya no pudo sostenerse en el poder, al cual pretende regresar. Vázquez Mota no pone distancia con la administración a la que pretende suceder como condición para dotar de sentido a los nuevos rumbos que dibuja en el aire. López Obrador matiza con frases amorosas el mismo discurso que primero lo encumbró en 2006 y luego le valió el rechazo de tantos, ya fueran propios o extraños. Y Quadri… pues eso. Todos se instalan en el ensordecedor silencio de una retórica que no arriesga, que no compromete, que no se expone. Ninguno asume responsabilidades, mucho menos culpas. Por eso, al final, el debate no es sino la espectacularización dosificada, dramaturgia política y reality del poder. Monólogos que sólo se interpelan para parecer el más listo, o el más terco, o el más serio, o el más único. El ciudadano comparte con ellos la duda sobre su verdadera identidad, porque ninguno se esfuerza en parecerse a sí mismo. Y eso preocupa, no sólo porque cancela futuro, sino porque condena al pasado. A final de cuentas, el subdesarrollo es no poder mirarse al espejo por miedo a no reflejar (Monsiváis dixit). * El autor es miembro del Consejo Directivo de la Organización of News Ombudsmen, y ha sido miembro del Consejo Editorial de la edición mexicana de Le Monde Diplomatique y de Consejos Directivos o asesores del Centro de Periodismo y Ética Pública de la Fundación Información y Democracia A. C, de la Fundación Libertad de Información - México, A. C. Ha publicado capítulos en los libros: Croniques de la Gouvernance. 2007; Explorando el ciberperiodismo iberoamericano, 2002; Internet, el medio inteligente, 2002. Los Presidentes en su Tinta, 1998; Crónica de una campaña, 1997; Hasta siempre, Heberto, 1997; y La Muerte del Cardenal, 1994.


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