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El juego de las ilusiones

23/01/2012 14:30 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

imageEl operativo se efectuó en la noche. Policías adscritos a la Secretaría de Seguridad Pública capitalina ingresaron al lugar y rescataron a 30 personas, 28 de ellas con marcas de tortura y en estado de desnutrición. Otras dos personas presentaban neumonía y fueron trasladadas de inmediato al hospital de Xoco, donde todavía permanecen internadas. Lo que en apariencia era un anexo de Alcohólicos Anónimos en realidad era una pequeña fábrica empaquetadora de productos "pirata" donde se obligaba a los "recluidos" a trabajar durante 16 horas en condiciones insalubres, sin paga y pésima alimentación (una taza de café, un pan y sopa de verduras por día). Se detuvo a cinco personas.

Han pasado tres días del operativo. Previamente, dos noches antes, cinco internos lograron escapar del anexo para refugiarse con el padre Juan, párroco de Santa María de los Apóstoles, parroquia ubicada al sur de la ciudad. Uno de los que huyó fue Miguel. Guatemalteco y con 20 años, el chico llegó a nuestro país hace un año con la ilusión de ser futbolista, pero fue víctima del engaño por parte de falsos cazadores de talentos.

"¿Recuerdas a Miguel, el chavo que se escapó de la parroquia porque estaba cansado de que lo pusiera a limpiar la sacristía? Pues regresó y tiene una historia que contar, una ligada al fútbol. Si te interesa, ya sabes que puedes darte una vuelta", me dijo el padre Juan por teléfono. No soy creyente ni mucho menos, pero guardo una sana relación con el cura que ha casado a todas mis tías.

Fui a la parroquia y el padre Juan de inmediato me presentó con Miguel. El chico lucía asustado, nervioso. Su desconfianza era entendible, pues desde que arribó a México todo fue pesadilla para él. Sin embargo, y al confiar únicamente en el cura, al saberme conocido del padre aligeró el temor. "Es ateo y hereje, pero buena persona. Los dejo. Pueden platicar en la sala", le dijo el padre al chico. Ya en la sala, un pequeño espacio conjunto a la oficina parroquial, comenzamos a platicar. O mejor dicho, Miguel contó su historia.

"Extraño a mis papás. Ellos no saben y no quisiera que se enteren sobre lo que he tenido que vivir aquí. Cuando me despedí de ellos estaban muy contentos, me desearon toda la suerte para ser el mejor futbolista. Creyeron en la palabra de esos hombres, yo también. Seguro pensarán que me olvidé de ellos porque no les he hablado ni escrito una carta. ¿Y qué les digo? No es justo que sepan que me va muy mal", comentó con una voz dura, seca.

Originario de la ciudad de Guatemala, Miguel es alto, moreno y de una estructura física fuerte. Luce delgado porque se ha alimentado mal en el último año. Su mirada luce cansada, desgastada; muerta. "Ya no quiero ser futbolista ni nada de eso. Lo único que quiero es trabajar y ahorrar para regresar a Guatemala. No te ofendas, pero detesto México".

"Esos hombres llegaron a la ciudad y de inmediato llamaron la atención. Vestían de traje y presumían ser enviados de un equipo mexicano para descubrir talentos. Allá somos muy pobres y ver hombres así, impacta. Presentaron credenciales y documentos falsos, pero los veíamos tan originales que creímos. Me preguntaron si me gustaría ingresar a las juveniles del equipo y pues dije que sí. Fueron a hablar con mis papás y les dijeron que todo sería por mi bien, que no se preocuparan de la cuestión migratoria, gastos y hospedaje, pues todo lo pagarían ellos.

Les dijeron que estaría a prueba seis meses y que en caso de no dar el ancho, como dicen acá, me regresaría a Guatemala sin problema alguno. Hasta hicieron firmar a mis papás un papel de responsabilidad, falso también", precisó Miguel.

Junto a otros cuatro jóvenes, Miguel cruzó la frontera con Chiapas. Ilusionado y motivado por jugar fútbol, prestó poca atención a la manera de cruzar, pues lo hicieron escondidos en una camioneta. "En esos momentos están tan entusiasmado que te olvidas de todo. Pero sí recuerdo que al de la aduana le dieron un paquete y le dijeron 'nada nuevo, oficial. Sólo un presente para usted'. Y cruzamos".

Una vez en territorio mexicano, Miguel y sus compañeros de infortunio fueron "arrojados" en una ladrillera de Guerrero. Los hombres les explicaron que esa ladrillera formaba parte del club y que debían integrarse a ella para ganar méritos. Los muchachos se la creyeron por un instante, pues cuando los pusieron a trabajar sufrieron el duro golpe de la realidad. Los hombres se fueron y ellos quedaron subordinados a un capataz. "Aquí se viene a trabajar. Déjense de tonterías y muévanse. Así nos gritó la primera vez, así durante cuatro meses", explicó Miguel.

Una mañana, Miguel y otro compañero lograron huir de la ladrillera, donde dormían entre los montes de arcilla. Sus compañeros restantes no corrieron con la misma suerte; los asesinaron a balazos por la espalda durante la fuga. Gracias a la "caridad" de un trailero, que transportaba aparatos electrónicos, llegaron a la ciudad de México. Perdidos, sin rumbo, sin dinero, Miguel y su compañero encontraron en la calle (puentes, parques y coladeras) un abrigo.

"Comenzamos a trabajar en los cruceros de tragafuegos. Una banda nos dio chance, pero teníamos que darles una cooperación. Fue horrible. Yo no aguanté. Mi compañero quiso quedarse, pero yo me fui. De repente empecé a robar en pequeñas tiendas; era lo único que podía hacer. Robaba comida y botellas de tequila, me volví alcohólico en tres meses", detalla Miguel.

Por azares de la vida se topa con el padre Juan, quien lo acogió y a cambio de que fungiera como su monaguillo y limpiara la sacristía, él le brindaría techo y comida. "Al principio me rehusé, pensé que era un cura mañoso. Pero no. Es buena gente el padre Juan". Al mes se cansó de la rutina en la parroquia y vio que había una casa donde hospedaban a alcohólicos. Con la idea de ya no beber y tener comida y techo seguro, Miguel pidió ayuda y se la dieron. Desafortunadamente no era como esperaba.

Durante cuatro meses fue sometido a todo tipo de trato inhumano. Los primeros dos meses de estancia fueron para "desintoxicarlo" con el fin de hacerlo una persona "íntegra". Dicha desintoxicación tuvo como método la tortura. "Me amarraron a una cama y me daban cinturonazos o me aventaban cubetas con agua fría o desperdicios. Me gritaban que era para que se me quitara lo vicioso. Hubo golpes, muchos golpes. También me metieron a un tambo lleno de agua y me dieron toques", narra con frialdad. La quijada se le pone tiesa, aprieta un puño. "Dice el padre Juan que los perdone, pero no puedo".

Después de esos dos meses de desintoxicación, vino la otra tortura, la laboral. "Nos traían paquetes repletos de discos. Teníamos que envolverlos, poner etiquetas y colocarlos en cajas. Nos despertaban a las cuatro de la mañana para iniciar y terminábamos hasta las ocho o incluso hasta las 11 de la noche. Ya que acababas tenías derecho a comer. Si descansabas un momento o querías tomar aire te pegaban o quemaban". Puse cara de incredulidad. "Sí, te quemaban. Había dos formas: o te echaban agua caliente en las manos o te apuntaban con un soplete".

Aunque no lo vea, Miguel aprendió algo, o se descubrió bueno para una cosa en México: las fugas. Un nuevo escape vivió al huir del anexo. A diferencia de ocasiones anteriores, no lo hizo solo. "Me quedé con la imagen de mis compañeros asesinados y me prometí ayudar a alguien más para salir. Nos pelamos cinco".

Terminada la charla le pregunté si todavía había algún resquicio para el fútbol en su vida. Me miró con cara de "no me jodas", pero a la vez esbozó una sonrisa. "Pues lo que sí me gustaría es pisar el Azteca antes de volver a Guatemala", confesó. Nos despedimos. Me fui no sin antes pasar a ver al padre Juan.

"¿Qué piensa hacer, padre?" | "Tengo dos ideas. Para una de ellas me vas a ayudar" | "Dígame" | "Sé que dinero no te sobra, pero playeras sí. Regálame las que ya no te queden para dárselas a estos chavos y jueguen en el equipo del Seminario" | "Ta' bien. Cuente con ellas. ¿Y la otra idea?" | Una feligrés tiene una cafetería y le dará trabajo a Miguel. Con lo que ahorre, y alguna que otra ayuda divina, se regresará a Guatemala. Pero como no quiere contarle a sus papás, pensé en algo".

El padre Juan moverá sus "influencias celestiales" para que Miguel vaya a las instalaciones del equipo que supuestamente lo trajo a México. Con el trinquete de "una buena causa" habrá partidos y compañeros falsos para tomar fotografías. "Ya sé que no está del todo bien. Pero imagina. Cuando sus padres vean ese álbum lleno de fotos con su hijo futbolista todo tendrá sentido", dice el cura con una sonrisa "perversa que el señor perdona". Finalmente, el padre Juan reveló quién denunció al supuesto anexo: ‘Órdenes místicas, órdenes místicas’.

*Este texto es ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.


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elbuenfutbol.com
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