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El mito de Moises

30/08/2018 07:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

...aquí me dispongo a oír el reproche de haber levantado con excesiva o injustificada certidumbre toda esta construcción hipotética que sitúa a Moisés el egipcio, en la época de Ikhnaton

Deriva de las condiciones políticas de esa época su decisión de

conducir al pueblo judío; que identifica la religión cedida o impuesta a sus protegidos con

la de Aton, recién abandonada en el propio Egipto. Creo que esa objeción es injustificada.

Ya he destacado el elemento dubitativo en mis palabras iniciales, estableciéndolo como un

denominador común que no es preciso repetir en cada cuociente.

Algunas de mis propias observaciones críticas permiten proseguir la consideración

del problema. El elemento nuclear de nuestro planteamiento, es decir, la conclusión de que

el monoteísmo judío depende del episodio monoteísta en la historia de Egipto, ha sido

presumido y señalado vagamente por distintos autores. Evitaré repetir aquí estas opiniones,

pues ninguna de ellas nos muestra el camino por el cual puede haberse ejercido tal

influencia. Aunque nosotros la consideramos ligada indisolublemente a la persona de

Moisés, también cabe considerar sobre esta base posibilidades distintas de la que

preferimos. No es de creer que el derrumbamiento de la religión oficial de Aton hubiese

puesto definitivo punto final a la corriente monoteísta en Egipto. La escala sacerdotal de

On, de la que había surgido, sobrevivió a la catástrofe y su ideología seguramente siguió

influyendo sobre generaciones enteras posteriores a Ikhnaton. Con ello, la empresa de

Moisés también sería concebible, aunque éste no hubiese vivido en la época de Ikhnaton y

aunque no hubiese experimentado su influencia personal; sólo es necesario que fuera un

prosélito o tan sólo un miembro de la escuela de On. Esta posibilidad desplazaría la fecha

del Éxodo, aproximándola a la que se suele aceptar (siglo XIII); por lo demás, ningún otro

dato aboga en su favor. Aceptando esta eventualidad, tendríamos que abandonar todos los

motivos que animaron a Moisés y faltaría la facilitación del Éxodo por la anarquía reinante

en el país. Los reyes siguientes de la dinastía XIX implantaron un régimen fuerte. Todas las

circunstancias externas e internas favorables al Éxodo sólo coinciden en la época que sigue

inmediatamente a la muerte del rey hereje.

Fuera de la Biblia, los judíos poseen una rica literatura, en la cual se encuentran las

leyendas y los mitos que en el curso de los siglos se formaron alrededor de la grandiosa

figura de su primer conductor e institutor de la religión, transfigurándolo y oscureciéndolo a

la vez. En este material pueden encontrarse diseminados algunos fragmentos de tradiciones

fidedignas que no hallaron cabida en los cinco libros bíblicos. Una de dichas leyendas

describe cautivantemente cómo la ambición del hombre Moisés se expresó ya en su

infancia. Cierta vez que el faraón lo tomó en brazos y lo levantó jugando, el rapaz de tres

años le arrancó la corona de la cabeza y se la caló a su vez. El faraón se asustó ante este

presagio, apresurándose a interrogar sobre ellos a sus sabios agoreros. En otra ocasión se

cuentan victoriosas acciones militares que habría cumplido en Etiopía como general

egipcio, agregándose que huyó de Egipto por amenazarlo la envidia de un partido cortesano

o del propio faraón. El mismo texto bíblico atribuye a Moisés algunos rasgos que cabe

considerar auténticos. Lo describe como un hombre iracundo y colérico, cuando en su furia

mata al brutal egipcio que maltrataba a un trabajador judío; cuando, encolerizado por la

apostasía del pueblo, hace añicos las Tablas de la Ley que descendiera de la divina

montaña; por fin, Dios lo castiga al término de su vida por un acto de impaciencia, sin

consignarse la naturaleza de éste. Dado que semejantes cualidades no tienen finalidad

laudatoria, bien podrían corresponder a la verdad histórica. Además, cabe aceptar la

posibilidad de que muchos rasgos del carácter atribuidos por los judíos a la representación

primitiva de su dios, calificándolo de celoso, severo e implacable, procedan en el fondo del

recuerdo de Moisés, pues en realidad no había sido un dios invisible quien los sacó de

Egipto, sino el hombre Moisés.

Otro rasgo que se le atribuye merece nuestro particular interés. Moisés habría sido

«torpe de lengua», es decir, habría padecido una inhibición o un defecto del lenguaje, de

modo que en las pretendidas discusiones con el rey necesitó la ayuda de Aarón, al cual se

considera hermano suyo. También esto puede ser verdad histórica y contribuiría a dar

mayor vida al retrato del gran hombre. Pero es posible asimismo que tenga una

significación distinta y más importante. Podría ser que el texto bíblico aludiera, en ligera

perífrasis, al hecho de que Moisés era de lengua extranjera, que no podía comunicarse sin

intérprete con sus neoegipcios semitas, por lo menos al comienzo de sus relaciones. Es

decir, una nueva confirmación de la tesis de que Moisés era egipcio.

Mas nuestra labor parece haber tocado aquí a un término prematuro, pues,

demostrada o no, por ahora nada podemos seguir deduciendo de nuestra hipótesis de que

Moisés era egipcio. Ningún historiador podrá ver en el relato bíblico sobre Moisés y el

Éxodo algo más que un mito piadoso, el cual transformó una antigua tradición al servicio

de sus propias tendencias. Ignoramos qué decía originalmente la tradición; mucho nos

agradaría averiguar cuáles fueron las tendencias deformadoras, pero éstas se ocultan tras

nuestra ignorancia de los hechos históricos. No nos dejaremos confundir por el hecho de

que nuestra reconstrucción no incluya tantas otras piezas brillantes del relato bíblico, como

las diez plagas, el pasaje del mar Rojo y la solemne entrega de la Ley en el monte Sinaí. En

cambio, no quedaremos impasibles al comprobar que nos hemos colocado en antagonismo

con la más sobria investigación histórica de nuestros días.

Estos nuevos historiadores, como cuyo representante quisiéramos considerar a

Eduard Meyer, se ajustan al relato bíblico en un punto decisivo. También ellos opinan que

las tribus judías, de las cuales surgiría más tarde el pueblo de Israel, adoptaron en

determinado momento una nueva religión. Pero este acontecimiento no se habría producido

en Egipto, ni tampoco al pie de una montaña en la península de Sinaí, sino en una localidad

que se designa Meribat-Qadesh, un oasis notable por su riqueza en fuentes y manantiales,

situado al sur de Palestina, entre las estribaciones orientales de la península de Sinaí y el

límite occidental de Arabia. Allí los judíos adoptaron la veneración de un dios llamado

Jahve, probablemente de la tribu árabe de los madianitas, que habitaba comarcas vecinas.

Es muy posible que también otras tribus cercanas adorasen a este dios.

Jahve era, con seguridad, un dios volcánico. Pero, como sabemos, en Egipto no

existen volcanes, y tampoco las montañas de la península de Sinaí han tenido jamás tal

carácter; en cambio, junto al límite occidental de Arabia existen volcanes que quizá aún se

encontraran en actividad en épocas relativamente recientes. De modo que una de esas

montañas debe haber sido el Sinaí-Horeb, donde se suponía que moraba Jahve. Pese a todas

las modificaciones que sufrió el relato bíblico, según E. Meyer podría reconstruirse el

carácter original del dios: es un demonio siniestro y sangriento que ronda por la noche y

teme la luz del día, El mediador entre el dios y el pueblo, el que instituyó la nueva religión,

es identificado con Moisés. Era el yerno del sacerdote madianita Jethro y pacía sus rebaños

cuando tuvo la revelación divina. También recibió en Qadesh la visita de Jethro, quien le

impartió instrucciones. E. Meyer afirma no haber dudado jamás que la narración de la

estancia en Egipto y de la catástrofe que afectó a los egipcios contuviera algún núcleo

histórico, pero evidentemente no acierta a situar y a utilizar este hecho, cuya legitimidad

acepta. Sólo está dispuesto a derivar de Egipto la costumbre de la circuncisión. Este

historiador aporta dos importantes indicios a nuestra precedente argumentación: primero, el

de que Josué conmina al pueblo a circuncidarse «para quitar de vosotros el oprobio de

Egipto»; luego, la cita de Heródoto, según la cual los fenicios (seguramente se refiere a los

judíos) y los asirios de Palestina confiesan haber aprendido de los egipcios la práctica de la

circuncisión. No obstante, concede escaso valor a la notación de un Moisés egipcio. «El

Moisés que conocemos es el antecesor de los sacerdotes de Qadesh, es decir, un personaje

de la leyenda genealógica relacionada con el culto, pero en modo alguno una personalidad

histórica. Por eso, excluyendo a quienes aceptan ingenuamente la tradición como verdad

histórica, ninguno de los que lo trataron como un personaje histórico logró atribuirle algún

contenido determinado, no pudo representarlo como una individualidad concreta ni señalar

algo que hubiese creado y que correspondiera a su obra histórica».

En cambio, Meyer no deja de acentuar las relaciones entre Moisés, por un lado, y

Qadesh y Madián, por otro. «La figura de Moisés, tan íntimamente vinculada a Madián y a

los lugares del culto en el desierto». «Esta figura de Moisés está, pues, indisolublemente

ligada con Qadesh (Massah y Maribah), vinculación que es completada por el parentesco

con el sacerdote madianita. En cambio, su relación con el Éxodo y toda la historia de su

juventud son completamente secundarias y meras consecuencias de haber querido adaptar a

Moisés una historia legendaria de texto cerrado en sí mismo». Meyer también indica que

todas las características contenidas en la historia juvenil de Moisés son abandonadas más

tarde. «Moisés, en Madián, ya no es un egipcio y nieto del faraón, sino un pastor a quien se

le ha revelado Jahve. En la narración de las plagas ya no se mencionan sus antiguos

parentescos, aunque bien podían haberse prestado para producir un efecto dramático;

además, la orden de matar a los niños israelitas queda relegada al olvido. En la partida y en

la aniquilación de los egipcios, Moisés no desempeña papel alguno y ni siquiera se le

menciona. El carácter heroico que presupone la leyenda de su niñez falta completamente en

el Moisés ulterior; ya no es más que el taumaturgo, un milagrero a quien Jahve ha dotado

de poderes sobrenaturales...»

No podemos eludir la impresión de que este Moisés de Qadesh y Madián, al que la

propia tradición pudo atribuir la erección de una serpiente de bronce que oficiara como

divinidad curativa, es un personaje muy distinto del magnífico egipcio inferido por

nosotros, que dio al pueblo una religión en la cual condenaba con la mayor severidad toda

magia y hechicería. Nuestro Moisés egipcio quizá no discrepara del Moisés madianita en

menor medida que el dios universal Aton del demonio Jahve, habitante del monte sagrado.

Y si hemos de conceder la más mínima fe a las revelaciones de los historiadores

contemporáneos, no podemos sino confesarnos que la hebra que pretendíamos hilar

partiendo de la hipótesis de que Moisés era egipcio ha vuelto a romperse por segunda vez, y

al parecer sin dejar ahora esperanzas de poder reanudarla.


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