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El morrión* y los espejos.

15/08/2011 08:03 1 Comentarios Lectura: ( palabras)

CUENTO GANADOR DE LOS JUEGOS FLORALES DEL MAGISTERIO SINALOENSE 2011

Gilberto Valdez Valenzuela

Un muro muy alto precedía a la casa Ledinich. Se cuenta que una de las últimas noches de enero, era la ocasión para visitarla, penetrar la niebla que la cubría durante todo el año y abrir la puerta que tiende allí su trampa.

Cuéntese... sólo quien se adentrara en la casa antigua podría develar sus secretos. Sabíamos también que tras esos muros, la música de un extraño reloj provocaba una imantación tal, que quien lo escuchara seria arrastrado por todos los caminos, de oriente a occidente, de norte a sur, aunque no fuesen las originales. A Frumencio, mi hermano, lo mantenían atento esas historias. Se imaginaba, mientras veía dónde escalar, que al recoger el famoso reloj, descubriría los nuevos goces de vida. Yo escogí volver a casa.

-aquí me quedo, me dijo-, ya estoy a punto de convertirme en otro fantasma de la ex-hacienda alemana.

Anda y cuídate, le respondí. Se quedó allí toda la noche, aturdido con tanta oscuridad y entre tanta cháchara regada en el piso. Al día siguiente volvió a casa. Ya no era el mismo. Ahora se veía taciturno. Sus ojos, de mirada insondable, los cubría con unas gafitas oscuras y redondas. El, que siempre posaba de dandi, traía su vestimenta hecha jirones. Además, caminaba de prisa, sin saber a dónde dirigirse. Caminaba murmurando, primero en los labios para no andar a solas, enseguida, haciéndolo cada vez más fuerte hasta gritar a pecho abierto:

-¿Es qué están locos de remate para seguir viviendo aquí en Chuchumacarit?

¡Este pueblo tan rascuache!

Iba repitiendo. Todo el mundo le criticaba que hablara de esa manera. El comisario del pueblo le decía burlón que se calmara o le daba destierro.

-ah! Jodido Frumencio - le advertía para corregirlo- si no hay leyes que te castiguen ejemplarmente, yo te voy a castigar. Por unos instantes, mi hermano quedaba con la boca abierta y parpadeando. Luego nos distraía pronunciando una soñada grandeza "que conste que yo no soy quien inventa la envidia. Mi oficio es descubrir horizontes que mueren por recibir mis pisadas"

Una vez mencionó la posibilidad de retirarse a vivir a la ciudad. Cosa de negocios y para aprender a tratar a los linajudos-aclaraba.-

Desafortunadamente llegó a hacerlo y lo digo en este tono porque Frumencio insistía bastante para que nos deshiciéramos de algunos bártulos de la casa. De los muebles solo salvé nuestra cama, lo necesario para sentarse a comer y descansar y la ropa de mis hijos. Antes de irse frumencio seguía caminando con la vista en el piso, siempre rezongando.

Nadie supo cuando se retiró del pueblo. Fue un escape tan puro. Sin sonidos y sin envoltura física. Ni un rotar, ni una fricción. El sosiego duró poco. Creo que dos años.

Todos esos rumores... todos suyos, me acercaron de nuevo a su sombra. Esto fue los que los "carboneros" venidos de Choix, aventaron por aquí: que mi hermano vivía en El Fuerte De Montesclaros. Lo veían pasar por la calle de don Ponciano y calle del progreso al Mercado Municipal, con libros bajo el brazo, amable, sonriente, y distraído, o a veces leyendo en voz alta los supuestos asuntos concernientes a las familias adineradas y orgullosas que añoraban títulos nobiliarios.

Al principio, la ausencia de mi hermano no me preocupó. Frumencio acostumbraba anualmente retirarse a cualquiera de las rancherías de la sierra Sinaloíta para reflexionar y descansar a la vez de las fatigas consiguientes al trabajo pesado del campo.

Al paso del tiempo, otros rumores infamaban y difamaban, hasta la ignominia, la historia de mi hermano. Mis dudas iban creciendo. Trascurrieron horas. Muchos días después, muchos. Meses. Sentidos y prolongados. Entonces decidí ir a su encuentro.

Caminé una hora antes de conseguir un caballo. A la quinta hice alto en Ocoroni para abastecerme de agua y descansar. hice mi cama, justo donde inicia el lomerío del gatal. De cuando en cuando la lechuzas mandaban blancos mensajes con su batir de alas. En los últimos días de noviembre, los arbustos del monte asemejan naves de catedrales altísimas y oscuras, monstruos y dragones amarillos. Eso era Ocoroni de noche.

La mañana de claridosa albura me despertó. Silencioso, bajé al trote por las lomas.

El montículo donde había pasado la noche se iba empequeñeciendo más y más. De día, el valle era eriazo, adornado de pitahayas, mezquites, árboles secos, otros verdes oscuros oliváceos.

En los potreros, en los ranchos y en los arroyos, grupos de gentes, al ritmo de la obstinación solidaria me ofrecían agua, café o alimentos. En "Los tablones" se levanta una línea de cerros imponentes, cortada al norte por las paredes lisas del Cerro del Gallo; allí se resguarda el viento más frio, pero de ahí esto es lo que se cuenta, que al amanecer o en pleno mediodía se escucha un cacareo fúnebre, infundiendo ánimo y miedo donde miedo y ánimo se confunden.

Más allá de este lomerío rocoso, con linde de álamos se extiende la villa de San Blas. Caminar a la orilla de lomas repechas, seguir la línea que se tuerce y retuerce hasta alcanzar Tehueco, es receta traída de lejos por los viajeros. En Tehueco, durante el invierno, el viento se rebalsa por las calles y levanta cuanto puede en remolino: polvo, bolsas de plástico y de celofán, basura.

Mi caballo oscuro, atento, con sus orejas en triángulo, con su regodeo de costado, advierte de los murmullos y las voces susurrantes.

Yo podía oír el ruido de los tambores con su batir solemne y asordinado. Es en Tehueco donde empiezo a acercarme a la gente que puede platicar conmigo, gente a la que conviene oír, pues son vecinos de la ex-Villa de San Juan Bautista de Carapoa, son mis hermanos, mayos, indios yolemnes o como les llamen.

El murmullo de los tambores, los jurúes y el colorido de sus máscaras siempre han llamado mi atención. Por todos lados señas y signos, arrestos y arrebatos de escaramuzas eróticas y pecados escondidos. Otro lenguaje. Otro nuevo sonido de mi nombre. Fui a la fiesta, volví atrás, repetí la pregunta a quien ya había preguntado: frumencio deambulaba en la ciudad. Los jurúes y pájcolas me dicen "buen viaje" y sigo mi peregrinar. Ahora buscare el fuerte, rio que da acceso sinaloense a los valles de sonora, rio rodado que arrastra el arroyo lejano y militante de los "tehuecos" resistiendo la embestída colonial. Rio que para quien lo atraviese, hace llegar del otro lado un grato y enervante aroma.

Que vamos por buen camino, es lo que se deduce del regocijo de mi fiel "oscuro". Cabalga fresco y ágil. Se detiene, bebe agua del arroyuelo, luego relincha.

El camino hacia Boca de arroyo es un arenal. A la izquierda, una pequeña alameda lleva al pueblo. Va el camino en su sosiego de curva, lomas altas y bajas, acompañado de una vegetación cicatera, barrancos, caseríos monte arriba. Muy cerca está el solar de flores llamado Barotén. De Barotén desciendo hacia la ciudad de casas de historia: historia intermitente de hoy y de ayer.

En torno a Frumencio nada salía bien. Cierto que podía preguntar pero eran pocos los que respondían con certeza... muchos, ahorrando palabras me decían que iba a encontrar solamente a dos personas que podían contarme del tal frumencio. Después de unas horas me fui a un pequeño restaurante. Por casualidad, ahí adentro estaba sentado un anciano ordenando un café con crema y azúcar. En una fonda, quieras o no, te torturan a todas horas con querellas de política local, escándalos de familia, y murmuraciones de vecindad. Y como no podía cantar con el molinero de Dee aquello de "no me ocupo de nadie y nadie pregunta por mí", pasé revista a toda la clientela y opté por llevar mi lamento ante tan respétale señor.

-siéntese usted, me dijo el señor Hans (este es su nombre) le garantizo que lo que voy a decirle, le dejará más tranquilo. Quizás porque desconfió de los comensales, me invito a salir. Su café con crema y azúcar quedo sobre la mesa.

-¿te llamas Arcadio verdad? –me preguntó, al tiempo que miraba hacia poniente.

-sí, señor- le contesté.

-tu hermano siempre estuvo hablando de ti y su parecido físico es enorme. Todas esas historias de sucesos condales, de norias con acústica melodiosa, cubrieron por años la memoria de este pueblo. Él tenía la costumbre de las largas sartas de apellidos. Sabíamos de la fuerza cómica que emanaba a veces de sus pláticas. Él siempre anduvo metido en sus ideas, en su idea personalísima, por eso creía que estaba obligado a tener en la punta de la lengua el nombre de todas la figuras de dicción y de pensamiento. La facilidad con que citaba citas o citas de citas de Cervantes y Mancisidor, de Freud y Lacan, para los "cuerdos" es una referencia culta e incomprensible.

Para ellos, todo ese rio patético que no pueden sortear, requiere de un puente, y claro, su ignorancia no se los puede ofrecer. ¡Por eso la insistencia de martillar en el mismo yunque! ¡Frumencio está loco! ¡Frumencio está loco!

-Vamos ahora saliendo de la ciudad. Trepamos una loma aquí y allá. Afortunadamente, el viejecillo aún gozaba de excelente condición física.

-tu hermano, sobre todo, era un tipo excepcional, sin ninguna condición – dijo el alemán-, pocas veces he visto una persona tan preocupada por ver reír a la gente. Pero no creas que todos le tenían respeto. Las muchachitas abanicábanse ruidosamente para llamar su atención... al verlas, frumencio declamaba cualquier forma o recurso poético que acudía a su memoria, acomodándolo claro, deformándolo, por cuestiones de género:

"si al imán de sus gracias, atractiva,

Sirve mi pecho de obediente acero

¡Para que me enamoran lisonjeras

Si han de burlarse luego fugitiva!

Él citaba a Sor Juana, ellas respondían socarronas ¡ea! Viejo prógnata y adefesio ¡mírate al espejo!

En cambio, los niños recién salían de la escuela iban a buscarlo, necesitaban de él la ocurrencia del dia. Lueguito lo encontraban. Caminando despacio, casi marcando el paso. Con el contoneo de quien anda en el pueblo en posesión de la verdad. ¡Ea buquís! Les saludaba. Oye Frumencio –la mayoría de los niños le preguntaban para hacerlo desatinar ¿sabes cómo puede curarse un amigo que ha sufrido un desgarro muscular? que sí, que lo sé yo muy bien, contestaba orgulloso. Tómese un poderoso analgésico porque contiene dimetil-cloropropano-oxiquinozoico, así como metileno-metilamino y sulfato de permanganato bórico. Altamente eficaz para las afecciones musculares, y di que te lo receto un loco. Les decía mientras se alejaba deprisa.

¿Y crees tú que se alivie?-le interrogaban con fingida preocupación -actúa positivamente contra las artritis agudas y degenerativas ¿seguro? Le insistían, apunto de la risa. ¡Les apuesto un gasnuchi en el meridiano de la oreja! Era su respuesta.

Hacía sólo veinte minutos que habíamos salido de la ciudad.

Ahora estábamos frente a una cabaña. Era una casa humilde. El único elemento discordante era su fachada: techo a dos aguas, un portón blanco que se levantaba como una pantalla defensiva, al centro tenía una cabeza de toro clásica, que servía de aldaba.

Girando con suavidad el astado de la escultura, nos dispusimos a entrar. El pasillo forma una suave pendiente, con bultos blancos a los lados. De pronto un amago de luz empezó a descubrir que la casa estaba entilichada.

Hans se anuncia. Apenas había mencionado el nombre, después de pasar el quicio de la puerta, cuando del centro del cuarto apareció una sombra nocheriega. Era un hombrecito. Su figura iluminada por la luz indecisa develaba a un hombre entrado en los cuarenta, de estatura mediana, de pelo entrecano y escaso bigote.

-entre, señor Hans; entre, y también su acompañante.

-Filomeno-dijo Hans -, él es Arcadio Celleli, hermano de Frumencio. Filomeno se ponía la mano en el ángulo izquierdo de su enflaquecido rostro, quizá intentaba esconder la falta del diente incisivo de su mandíbula superior.

-cómo ve usted – agregó en tono jovial-, tuve por necesidad, que recolectar y guardar las pertenencias de su hermano. Jamás había pensado qué era lo que mi hermano podía acumular. Él tenia muchas preocupaciones por aprender y aprehender los conocimientos, seguramente dejo a buen resguardo su biblioteca particular –pensé-.

No. Los hombres me comentaron que dos días antes que Frumencio desapareciera, le fue entregado un paquete misterioso. Los objetos domésticos eran los mismos, los que había tomado de la casa: la mesa, la recámara, el escritorio con sus cajones, la biblioteca y una pintura al óleo. Hans y Filomeno se despidieron. La oportunidad estaba ahí, múltiple, para examinar el contenido del extraño y vistoso cubo. Del fondo provenía un olor a herrumbre. Era un morrión español con belleza de recipiente y eco de conquista. Sólo era cuestión de trance. El morrión estaba lleno de diminutos espejos, del que bastaba uno solo para trasladarte a cientos de leguas a la redonda. En cuanto a los otros, es fama que Frumencio cubierto de miedo y locura, lo remitió a la vieja casona Ledinich, de la que nunca salió, allá en Chuchumicarit.

* Casco militar con bordes levantados


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Fuente:
amanecersinaloa.com
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aristoteles lopez (20/04/2016)

tengo la fortuna de conocer alprofesor que escrivio esta obra y se que sus ideales siguen a delante