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El orgullo no juega

24/06/2012 23:12 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

imageMatías tiene apenas 19 meses de vida. Él no sabe lo que significa el orgullo todavía. Aún no sufre por ese tema. Otros, los más grandes, los que deberían estar más conscientes, no saben que por orgullo le hacen daño a Matías.

Dicen que el fútbol siempre da revanchas. Dentro del rectángulo verde, el delantero que erró el penal puede levantarse al siguiente partido para darle a su equipo el triunfo, para ver a su hinchada feliz.

Lamentablemente la vida no es el fútbol y no siempre da revanchas; aunque la oportunidad esté latente de resarcir lo hecho mal, el orgullo aparece como un demonio que no tiene sentimiento para evitar que la revancha llegue.

Armandito aún no nace, está en el vientre de su madre y tampoco conoce de orgullo. Aunque aún no ha visto la luz, es capaz de sentir cuando su mami está contenta, triste o enojada. Con Matías comparte la inocencia y también un vínculo sanguíneo, son primos, ya lo son desde que comenzó la gestación de Armandito y lo serán siempre, a pesar del orgullo de los más grandes.

Por las venas de los dos pequeños corre sangre futbolera. Aunque Matías no anda todo el día con un pequeño balón, ya grita gol cuando se da cuenta que su papá ve un partido en televisión y de vez en cuando, con su enorme cabeza, remata la pelota, previo aviso de cabecita nene, cabecita.

Armandito seguro será pambolero, su papá es amigo del buen fútbol. Hincha de Monterrey, de Barcelona y de la selección alemana, seguro dotará de genes futboleros a su vástago y quizá hasta esté pensando justo ahora en cuál será el primer uniforme que le pondrá cuando el bebe alcancé la talla suficiente para calzarse un shortcito, una playerita y unas calcetitas.

¿A quién no le ilusiona eso? ¿A cuál padre futbolero no le brillan los ojos cuando ve a su hijo enfundado en una pequeña casaquita?

Alguna vez hace unos años vi al hijo de Cristian Nasuti uniformado con un pequeño ajuar de River Plate y desde entonces supe que mi hijo tendría que llegar así al estadio alguna vez. Con su uniforme, repartiendo ternura en vez de pases de gol, esos ya llegarán después.

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Matías ya tiene dos pequeños uniformes. Uno de Monarcas que a la mamá no le gustó y otro de la selección mexicana que está por estrenar porque ya casi le queda.

Algo que me gusta del fútbol es que es un deporte colectivo, donde la envidia, el resentimiento o el orgullo no le sirven a ningún equipo para salir campeón. Es de las cosas que aprendí desde pequeño, para ganar en la vida, hay que ser compartido, como en este deporte. Eso tienen que aprender los niños también.

Matías no podrá jugar solo al fútbol, ningún niño podrá. Algunos lo intentarán, pero se darán cuenta que sin un compañero a quien tocarle la pelota, la pared termina aburriendo.

Un equipo es de once jugadores, pero se empieza a formar con dos, luego con tres, después vendrán más que se integren. Yo imagino a Armandito como el primer compañero de Matías en una cancha, como su primer amigo también.

Desafortunadamente hay quienes no piensan así. Influidos por el orgullo, los más grandes no saben que con sus acciones pueden evitar que estos dos nenes se conviertan en una dupla inolvidable, que quizá deje huella en la historia del fútbol mundial.

El orgullo, la ira y el egoísmo se mezclan cuando se trata de ganar una guerra absurda entre adultos, un conflicto que puede hacer el mismo daño que las armas y que no lleva a ninguna parte, donde no habrá ganadores, como en un partido de fútbol, pero sí muchos perdedores.

Lo que más duele es que entre esos perdedores estén Matías y Armandito, quienes sólo quieren jugar, reír, divertirse, aventarse la pelota, meter un gol y, por qué no, quizá algún día compartir una cancha juntos como profesionales.

Los adultos no se fijan en eso, su egoísmo es absoluto, su orgullo es casi aniquilador y por culpa de él, quizá estos pequeños primos, lejos de compartir una cancha, ni siquiera se lleguen a conocer, a convivir como lo que son.

El orgullo no juega, no en este deporte. Los conflictos entre adultos existirán siempre, pero cuando hay un niño en medio, es mejor acudir al Fair Play. Porque no hay nada que duela más, que verlo a un inocente con sus ojitos desconcertados por los gritos de los adultos, los que en teoría ya piensan, los que ya son 'conscientes', los que se envuelven en la bandera del orgullo y no dejan a los niños jugar al fútbol.


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elbuenfutbol.com
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