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El regalo del que regaló todo

16/06/2011 12:44 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Palermo se retiraA contramano de su destino repleto de momentos épicos, Palermo se despidió de la Bombonera sin hacer goles; paradoja, burla de Dios, estadío contranatura para el goleador histórico de Boca.

La cancha es un inferno que devoraba los minutos con la ansiedad propia del que quiere que ocurra lo obvio. La sensación es que hasta los rivales -los futbolistas de Banfield- quieren que Palermo haga gritar a todos. El nueve lo intenta de las maneras posibles, ya no está para las proezas más grandes. Pero va con el ímpetu de un chico que debuta a buscar un pase de Riquelme, su socio, asistidor, el que mejor lo entiende. Otra paradoja: el diez es su enemigo público más evidente y, a la vez, más silencioso. Román nunca dice lo que piensa sobre Palermo. O peor, oraliza lo contrario a sus creencias. Sin embargo Riquelme lo pone de cara al gol; Palermo falla. No es su noche. Los mil goles -en rigor, 227-, su magia, los momentos inolvidables se niegan a repetirse un poquito contra Banfield. Martín insiste con una chilena, un despropósito para alguien que ya tiene 37 años, que ya anunció su retiro. El goleador se debe a su público. Ya no es por él, se nota. Palermo quiere que todos tengan lo que quieren tener: su gol. Y patea, y busca, y cabecea, y arremete contra el rebote. No hay caso. ¿Será que no será hoy? Su noche, su despedida de la Bombonera, su casa, es con la boca cerrada. Palermo no grita. No puede, no pudo. Es la ley seca de un delantero que demolió récord con una fuerza descomunal. El optimismo del gol es él.

Al final, lo hacen hablar, porque tiene que decir. Es su fiesta, su despedida. Palermo llora como un chico, con la ingenuidad de un debutante. Sin embargo, se va. Deja la Bombonera, de eso se trata el partido; de su última función.

Lo invitan a que se acerque contra la tribuna donde manda La 12 y va. Le prometen un regalo, "el" regalo. Palermo no sabe. Está frente al arco y no sabe qué hacer. Una paradoja, otra. Y de pronto pasa que lo simbólico es material, y viceversa. Se arranca el arco, con máquinas, y se lo dan. Literal, a Palermo le dan el arco; su arco; el arco del triunfo. Ahí, con él, se lleva todos los goles. Los goles que siempre les regaló a los otros.


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elbuenfutbol.com
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