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En el viejo roble

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28/07/2019 14:05 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La violencia doméstica constituye un importante problema de salud, con una alta prevalencia en los servicios de urgencias

El ramaje de aquel viejo roble centenario se expandía violento, parecía querer rasgar el firmamento con las yemas de su puntas más altas, a través de las hojas podía verse un trozo de cielo, no un cielo azul claro infinito de esos limpios y primaverales, no, en absoluto, hoy el día era gris, sucio, desapacible.

Donde el viejo roble se bifurca para abrir su copa, en esa horquilla perfecta que forma, Elisa descansa, está mirando con sus ojos de cristal verde a la nada, igual que siempre hace, con la misma mirada perdida que tiene desde que fuera creada. Sus labios rosados sonríen con una fijeza de fabrica, las manos levantadas saludan a algún ser quizás imaginado si pudiera imaginarlo. Una ráfaga de viento levanta dulcemente sin pudor su vestido de color rosa palo.

El roble cansado es su morada eterna, es viejo, pero se mantiene hermoso, sus hojas tienen un estallido verde de acuarela, una azucena blanca y pura ha cobrado vida a sus pies y una planta intrusa trepadora extiende sus zarcillos alrededor de los clavos que atraviesan y fijan los muslos de Elisa al nudoso tronco.

Tal vez no sea este el peor destino para una muñeca barata de serie, quizás podría haber sido mucho peor, podría haberle pasado lo mismo que a su dueña.

Durante muchos años, Elisa fue testigo muda de la vida de Beatriz. La acompañó en su tierna infancia, fueron compañeras y amigas de juegos, llegaron a estar tan unidas la una a la otra que no se separaban ni para dormir.

Pero un día llegó la adolescencia y todo cambió, Elisa fue relegada, olvidada, almacenada. Pasó a acumular polvo y recuerdos maravillosos en un estante de metal gris, junto a los muñecos de peluche cada vez más numerosos que Beatriz acumulaba, producto en su mayoría de los afanes de conquista de los chicos que la cortejaban.

Un día aciago, sucedió que los padres de Beatriz murieron en un trágico accidente de tráfico; esto significó la vuelta a la cama, por un tiempo, de Elisa. Fue refugio cargado de recuerdos de días felices, fue la frágil embarcación en la que un corazón dolorido se aferra ante la tormenta de emociones y sentimientos convulsos.

Él llegó como llegan las sombras de la noche, pacientes, inadvertidas hasta que lo han invadido todo con su negrura. Echó raíces profundas en el alma y el corazón de Beatriz. La sedujo contra todo pronóstico, pues parecía imposible que una muchacha hermosa como lo era ella, sensible, inteligente, dulce y tierna, uniera su vida a la de un patán de mala calaña como este taimado hombre. Y sin embargo sucedió.

Hace ya dos años que la casona de la familia se ha convertido en una cárcel infame, en una despiadada cámara de tortura. Cada antigua y alegre habitación ahora triste y desolada ha sido testigo del deterioro de Beatriz. Llantos han escuchado, lágrimas desconsoladas derramadas han caído a sus suelos; el silencio es ahora el compañero inseparable de sus paredes.

Esta ignominia insidiosa, repetitiva y prolongada va disminuyendo la autoestima de la mujer hasta hacerla desaparecer como persona

Asomada a la ventana de su dormitorio suspira Beatriz. Vive con un monstruo; es la nueva Bella, y tiene a la Bestia a su lado, pero en esta historia detrás no hay ningún príncipe encantado.

Al observar el hermoso mundo que se extiende fuera, y que no puede alcanzar por esa presencia oscura que tiene dentro; su dueño y señor, se encuentra a veces con los ojos tiernos de su muñeca. Hincha su pecho en esos instantes, se crispan sus manos y recuerda que no siempre ha sido este trapo ultrajado, vuelve a mirar las nubes, el cielo azul perfecto, el verde del bosque cercano y suspira de nuevo, siempre recordando.

En un arrebato de locura, quizás de cordura, arrastra la escalera del granero por el jardín, la apoya contra el grueso tronco del viejo roble centenario fuertemente anclada al suelo, dejando dos heridas abiertas en ese mar verde de hierba que es el orgullo del esposo.

Se apoya en el árbol y descansa, lo abraza, le susurra palabras de agradecimiento, sostiene con su mano izquierda la muñeca y quitándose delicadamente un mechón de cabello sudoroso de la frente, deja ese abrazo con cariño, y sube, sube hacia las ramas. Con su mano delicada alisa suavemente la rubia cabellera de la muñeca, le acomoda los pliegues del vestido, acaricia la cara de plástico y musita suavemente: “Estás más viva que yo.”

Con manos temblorosas, vacilantes al comenzar, hace un nudo con lazo corredizo. La aspereza de la cuerda se adhiere firmemente a una rama, el otro extremo se ciñe al cuello delicado y bello de Beatriz, en la torpeza que produce el temblor de sus manos ante el hecho se arranca un pendiente de oro de su oreja derecha con forma de herradura que cae; jamás le dio suerte.

Esa oreja de piel brillante y pliegues perfectos que ha sido mancillada con promesas falsas, con interminables palabras de arrepentimiento, con calumnias y con improperios, luce ahora desnuda. Un jilguero que se ha posado unas ramas más arriba observa atento las maniobras que realiza ese cuerpo maravilloso que quiere dejar de serlo. Desea no volver a ser nunca más sólo un cuerpo, un objeto, algo de usar y tirar.

Toma aire, mira el cielo por última vez, una mueca de miedo transforma sus rasgos en los de una niña. Clava su muñeca al tronco, la besa dejando caer dos lágrimas sobre sus ojos. Sonríe con el alivio que da saberse libre y golpea con sus pies la escalera que cae al suelo por un lateral. El jilguero sale de allí espantado. El sol se cuela entre las ramas y posa sus rayos sobre las dos amigas. Ahora dos muñecas que cuelgan, mientras son acariciadas por las suaves corrientes de un viento ensoñador. Arriba, en el cielo, siguen pasando indiferentes las nubes.


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Aicrag (232 noticias)
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