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Enamoramientos fatales

12/01/2015 16:30 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

image Por Luis David Niño Segura

Para Saúl Martínez Villa

Conocí a Viridiana en el trabajo. Era una mujer en extremo curiosa. Le encantaba divagar en la vida de los demás y conocer cada detalle ajeno. Eso quizá fue lo que me acercó a ella. Era delgada, una de las mujeres más delgadas con las que he estado, y una de las mujeres más solitarias que me ha tocado soportar.

Lo que más me gustaba de ella es que tomaba cerveza en caguama. Ese gesto de mirarla tomar su botella de caguama entre sus dedos delgados me enamoró al grado de llegar a desaparecer casi todos los vasos de su casa.

Las relaciones sexuales eran normales, teníamos dos polvos diarios. Gemía como el mugir de una vaca y tenía unos gestos de puchero cada vez que la penetraba. He pensado que soy irrespetuoso, porque soy de los hombres que jamás cierra los ojos cuando besa. Se ha preguntado usted por qué la gente realiza ese gesto estúpido. Bueno el detalle es que a mí me gustaba mirar los gestos de Viridiana cuando teníamos tiempos compartidos en la cama. La relación duró casi tres años, pero el momento más odioso tenía que ocurrir. Empezó a enamorarse.

No entiendo por qué las mujeres, la mayoría de las veces, terminan por enamorarse. El primer síntoma de ese error con Viridiana fueron las llamadas constantes a mi celular, las llamadas a mi trabajo y las exigencias cada vez más para que fuéramos a lugares públicos. Todo lo fui aceptando con un poco más de calma. El punto de quiebre fue cuando me llamó una noche llorando porque su hija de dos años se había accidentado. El compartir intimidades familiares fue para mí el punto final. Jamás le había comentado de mi familia y jamás habíamos compartido algo más allá de las simples platicas del trabajo. Me fui, jamás la llamé de nuevo, jamás la volví a ver.

Después conocí a Salud. Ella era maestra rural con plaza de intendencia. La conocí en la cocina económica a la que solía ir a comer todos los días. No tardamos en platicar, pero quizá Salud era la mujer más necesitada del planeta. No le di importancia a sus 70 kilos de peso, mi vista solo se clavó en dos cosas: sus pechos y su boca. Besaba como destapacaños.

Debido a mi experiencia con Viridiana, esta vez no estaba dispuesto a correr con la misma suerte. Así que delimité ciertas reglas. La primera era que si no le llamaba es porque no quería verla; la segunda, no quería ningún sentimiento involucrado, solo quería coger. Fue como hacer un pacto. Lo entendió y aceptó. Los días fueron maravillosos, cada sábado en lugar de masturbarme viendo una película porno, tenía esta maravillosa opción de llamarle -a Salud- y desfogar la cantidad de esperma que acumulaba en la semana.

El primer aviso de su enamoramiento me llegó cuando quería que la abrazara después de tener relaciones sexuales y que la acariciara. No sé por qué demonios las mujeres no entendían que después de un buen polvo lo único que yo quería era dormir. Le molestaba en sobremanera, ver que después de eyacular, mi rutina era levantarme al baño, tomar un vaso de agua frío y llamar a un taxi para que pasara por ella y la regresara a su casa. La verdad es que yo quería a Salud, pero no la quería durmiendo en mi casa. Desaparecí poco a poco de su vida después de que insistiera todos los días que la llevara al cine, que la llevara a cenar, que ya mínimo la sacara a pasear. Cuando dijo eso me la imaginé caminando por un parque, correa al cuello y yo detrás recogiendo su asquerosa materia fecal en una bolsita.

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Un día me marcó por teléfono a mediodía. Me dijo que había tenido un accidente automovilístico. Se había volteado junto con su hermana en la carretera, estaba atorada en el asiento de su coche y su hermana, después de un ligero desmayo, no se acordaba de nada. Me pidió ayuda, que la fuera a apoyar, me pasó el número de su casa para que avisara a sus padres y el número de la aseguradora; por último, me dijo que necesitaba verme, necesitaba sentirme a su lado en un momento tan difícil. Colgamos, tal como me lo pidió, avisé a sus padres haciéndome pasar por un federal de caminos, llamé a la aseguradora y jamás la volvía a llamar de nuevo. Me fui.

La vida no ha sido perfecta. Las mujeres que he conocido no han sido de lo mejor. Siempre terminan enamorándose. Se equivocan siempre cuando abren las piernas y piensan que estaré con ellas toda la vida. Me gusta la soledad, me gusta estar tomándome una cerveza en mi casa frente a mi ordenador, tecleando mis ideas y acostumbrarme a la mierda que rodea el mundo, pero ellas no; ellas siempre quieren cosas lindas que soy incapaz de proveer. Cenas, regalos, cine y la típica plática de saber qué diablos hicieron en su día. Lo único que yo quiero es un buen polvo, una buena noche entre las piernas de alguien donde pueda practicar un perfecto cunnilingus sin ser molestado por nadie.

Eso me pasó con Mónica, la mujer más hermosa que yo haya tenido. Me volvían loco sus piernas largas y morenas, sus pechos firmes justo del tamaño de mi mano y sus estrías alrededor de la cintura y las caderas. Huella innegable de alguna obesidad otrora que desapareció en el transcurso de idas al gimnasio y una buena dieta. Mónica tenía todo lo que podía pedir. No me molestaba, llegaba a mi casa veinte minutos después de llamarla y por lo regular llegaba con una buena botella de Jack Daniel's o un six de tecate.

Adoraba a esa mujer, cogíamos tres veces diarias, era una maldita ninfómana que me pidió dejar el trabajo y mantenerme de por vida. Pensaba que mi talento como escritor no podía echarse a perder entre informes de diligenciarían y actas de notificación. No señores, Mónica entendía perfectamente que lo que yo necesitaba era el día libre para escribir. Jamás se molestó por verme llamándole a un taxi a las tres de la mañana para que ella se largara de mi casa. Le gustaba pasearse desnuda en mi casa, y le encantaba untarme güisqui en el pecho y lamerlo como una gata. Ella, Mónica, tenía un instinto animal depravado.

Lo único que no me gustaba de Mónica era que se rasuraba el monte de Venus. Las mujeres están empeñadas en destruirse a sí mismas. Yo compartía la idea de Hank Moody, cuando estoy con una mujer me gustaría ver algo de vello púbico en el área vaginal, saber que me estoy follando a una mujer adulta y no a una niña de 10 años. Pero ese odio lo compensaba con las grietas de sus estrías, con las cicatrices de sus piernas, con las pequeñas longas que se le formaban alrededor de sus caderas, con los besos interminables a su celulitis... si las mujeres supieran que lo que más amo de ellas son todas esas pequeñas imperfecciones que me excitan demasiado.

Pero Mónica se desvaneció también. Una noche me vio sentado en un café con Karen, una compañera del trabajo. Para Mónica Karen era la representación del diablo. Al llegar a la casa lo primero que recibí fueron gritos, golpes en el pecho y lloriqueos. No entendí bien la razón. Entre sus gritos alcancé a distinguir sus reclamos donde aseguraba me había metido con la puta de Karen. Esa noche fue interminable. Reclamos, celos, odio y rencor, yo no dije nada, solo trataba de abrazarla, pero ella me quitaba de encima a golpes. Me levanté y encendí un cigarro. La miré y caí de nuevo en la cuenta. Mónica también se había enamorado. Otra vez las mujeres, con su estúpida aberración a querer casarse o vivir con alguien, habían echado a perder una buena forma de fornicar.

Tomé una mochila y empaqué algo de ropa. Me besó y me pidió que no me fuera pero ya estaba harto de esas escenas. Mi relación con Mónica duró dos años. Cuando salí cerré la puerta y caminé al primer bar que encontré. En la barra estaba sentada Marijó. En ese momento nunca imaginé que tiempo después me pediría que escribiera esta historia mientras le estoy acariciando su sexo con la mano izquierda. Me besa y pregunta por qué ya no hacen a los hombres como antes, muchos salen medio maricas y ni manual traen, termina diciendo. Yo solo pienso que es un logro más de la lucha feminista.

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grupocronicasrevista.org
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Tipo:
Reportaje
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