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¿Es que hay dos Méxicos en México?

05/11/2011 04:34 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

"Tardecita de sábado en la capital mexicana"

Antonio Hermosa Andújar

El 29de octubre pasado habría sido un sábado más de no ser por su vecindad con eldía de los muertos, una de las fiestas más vivas y vitales del país. Pero aesta circunstancia se debía la presencia en las calles de más puestosambulantes y la presencia en los puestos, así como en las calles, de más útiles de los habituales. Dulces demuertos, ropa de muertos, pinturas de muertos, máscaras de muertos, rituales demuertos -junto a las variopintas artesanías tradicionales de muertos-, más elinmoderado gozo que todas esas cosas producían en cada miembro de la festivacofradía de la muerte .

image Habríasido, digo, un sábado más, pero en ningún caso un sábado cualquiera . Porque en los tres y kilómetros y medio que, a ojos debuen cubero, componen la línea recta que lleva desde la Plaza con el Monumentoa la Revolución –recientemente remodelada: más circular y como más acuática en su estructura, en la que elcélebre, imponente y contradictorio monumento, sin embargo, más parece haberechado el ancla que flotar- hasta el corazón del corazón mexicano, el Zócalocapitalino, y que el caminante recorre a paso medio en algo menos de una hora, la comedia de la vida se enriquecía con nuevos personajes, menos pintorescosque la muerte, quizá, pero mucho más tangibles: los ciudadanos de la capital, que en oleadas recorrían partes del trayecto, siempre en compañía de turistasarrancados de un sinfín de geografías.

HastaReforma, en realidad, sí era un sábado cualquiera, pues sólo el domingo el granPaseo abierto por el emperador Maximiliano para trasladarse desde su residenciaen Chapultepec hasta el Palacio Presidencial, en el Zócalo -con el que, enburla del destino, obtuvo gracias al urbanismo la gloria que la política lenegó-, es arrebatado por la bicicleta al infernal tráfico que el resto de lasemana lo asola, tanto como los oídos y el derecho a la salud de los supervivientes . Pero ahí, insisto, lavenganza sólo se cumple en domingo, por lo que el sábado tan sólo permitedegustar anticipadamente su sabor. Pero una vez vencido con éxito el riesgo quesupone cruzarlo, momento en los que uno piensa si no hubiera sido mejor tenerel testamento hecho, el tráfico de vehículos era sustituido por el de personas, que se adensaba más y más cuanto más cerca quedaba el parque de la Alameda, eselugar que durante el Porfiriato estaba vedado a quienes caminaran sin zapatos, razón por la cual una gran parte de la población se veía obligada a contentarsecon mirarlo de lejos, como si fuera el jardín de los deseos que nunca sehubieran de cumplir. Hoytodo ha cambiado, y el parque es un espacio público más conquistado por unaanimada ciudadanía, del que toma posesión a diario, pero que en sábado secongrega allí, puntual pero sin cita, para auto-festejarse.

Y en sábado, decenas de buhoneros llegados de las entrañas de la tierra brotan como floresbarrocas en el espacio aún no ocupado, y a su paso la imaginación hechaartesanía se despliega en abalorios de todo tipo, juguetes, adornos, colgantes, etc., que rivalizan con libros viejos, espectáculos más o menos improvisados ymás o menos vistosos, comida y más comida, porque siempre, a todas horas, semire adonde se mire se verán mexicanos comiendo en la calle. Hoy, además, eltiempo acompañaba; había sol sin hacer demasiado calor y, por si acaso, unabrisa fresca recorría el espacio en sombra cobijando a los acalorados. El sol, además, se había detenido sobre la fachada del Palacio de Bellas Artes, como siquisiera sacarla de su contexto e inmortalizarla, mientras, en la propiaAlameda, chisporroteaba con la inmensa marea de colores que desde todos losobjetos la inundan.

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Olores, colores, sabores. Los sentidos proseguían su cabalgata hasta la Avenida deMadero, un héroe más de la Revolución que, como tantos otros, murió asesinado, enterrando en su sepultura buena partede los ideales liberales que por un tiempo la acompañaron. Allí, literalmente, un río de personas paseaba arriba y abajo, hasta las dos plazas- mares de Bellas Artes, en un extremo, ydel Zócalo en el otro. A la procesión se sumaban organilleros que ponían lostímpanos de punta con las estridencias del instrumento que ha perdido todoparentesco con la música (más bien, se diría, que están ahí anunciando algúntipo de apocalipsis); personas-estatua, demostrando una vez más que sólo elinfinito limita con la imaginación, como también lo demostraba de manerapalpitante la exposición de alebrijes queocupaba medio Zócalo, el simbólico lugar donde la cosmovisión barroca sehiciera un día carne; bandadas de negocios, que aspiran a abrirse paso entre lacompetencia y hacerse un hueco al sol de la atención del potencial cliente, tentándolo hasta convertirlo en consumidor. Hasta las iglesias coloniales y lospalacios presentes en dicha avenida, como aquél en el que Iturbide se soñóinmortal al coronarse emperador, hasta que sopló el primer viento llevándosecorona y coronado cual hojas de otoño, se debaten por ser más que merosconvidados de piedra y apelan alpoder de la sensibilidad en su reclamo de la atención de la gente. image

Familias, grupos de amigos, parejas (e incluso individuos solos, los menos, lo que aúnvuelve llamativo que Octavio Paz, desde su célebre Laberinto , adivinara la soledad como una parte inmarcesible de lo mexicano) entremezclaban susanonimatos respectivos en medio del río, quizá incluso sintiéndose ese sueño - nación de contorno indefinible que desde el siglo XIX campea en elimaginario mexicano como sujeto del poder, y que cual voluntad generalroussoniana no sólo no coincide con la ciudadanía mexicana, sino que incluso cree saberse su dueña. Palabras, miradas, caricias, gestos, gritos, cantos, besos, risas -el vocabulario de la alegría y latranquilidad-, les seguían el paso; y en los fragmentos de conversaciones quellegaban, en las miradas amables o apresuradas, lejanas, distraídas o pícaras, etc., lo que no se adivinaba era rastro alguno de inquietud, temor u odio.

¿Esque hay dos Méxicos en México? ¿Esque ninguno de los viandantes había contado los 50.000 muertos, cifra espeluznante incluso para la propia Muerte , que descomponen y deslegitimanla presidencia del actual mandatario mexicano? ¿Dónde localizar ahí su olor, susabor, su color? ¿Cómo es que el país que mantiene un idilio en sus genes conla violencia más criminal y un romance constante con la impunidad que laestimula, puede ser insensible a los muertos y brindar, hasta con la Muerte misma cuando llega la hora, porla vida? Porqueel río mexicano que paseaba el pasado sábado no era el de la célebre estrofamanriqueña, sino el río efervescente de la vida. Quizá vivir sea sobrevivir congarbo al dolor y, por ello, comporte olvidar, y quizá el hecho de ser un instinto en todo ser vivo significa quesomos capaces, personal y colectivamente, de arrancar de raíz el sufrimientodel corazón y, trasladándolo a la cabeza, convertirlo meramente en problema . Y quizá sea esa amargaconvivencia de la razón con la vida sea la que nos haga rehuir de la convicciónde la nada, de amamantarnos en el nihilismo, y transforme nuestro deber de serfelices en quizá nuestro más sacrosanto derecho.

Oquizá todo eso sea falso. Pero lo cierto es que ni siquiera cuando el dolor nossume en la desesperación acaba con la vida, ni el odio nos arrebata de nuestracordura el deseo de felicidad. Lo cierto, digo, es que ese vulgar acto de pasear, ese despliegue de inicua normalidad, con su retahíla de indiferencia y de inercias, me hizo sentir el regocijo de que, a pesar del imperio de la violencia ymuerte, la vida en México es una promesa llena de futuro.


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Autor:
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Fuente:
guadalupelizarraga.blogspot.com
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