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El fin que se justifica en medio de la casa

13/02/2013 23:35 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Para Julio C.

Jazel y yo decidimos por fin llevar a cabo nuestro plan ideado tiempo atrás; habíamos ya perdido el miedo.

Aunque de manera subrepticia, sabíamos que realizarlo justificaría por entero la intención de tomar lo que era nuestro.

Nos sentíamos a veces como esos deudores que por debilidad y desorden son echados a la calle por la fuerza. Claro que no precisamente era ese nuestro caso, sólo que fuimos despojados de algo que por derecho nos pertenecía. O al menos parte de ello, porque nuestros padres, el de ella y el mío, que eran hermanos, sucumbieron ante la mezquindad del tío Ramiro, que habilidosamente se apropió de la herencia que dejaron nuestros abuelos; viviendas, lotes, y grandes extensiones de tierra fértil; fruto del esfuerzo de tres generaciones.

Nos pasábamos horas acechando a nuestros primos desde una banca en la plazuela, viéndolos entrar y salir por el portal. Él, siempre con una de sus manos repletas de literatura y en la otra una bolsa llena de supermercado. Ella, con sus manos ocupadas por hilazas de arcoíris.

Desde nuestra posición, veíamos el frente de la casa y el zaguán que la partía en dos dormitorios, y sabíamos que eran alcobas no porque precisamente las conociéramos por dentro, sino que en ocasiones, cuando nos quedábamos Jazel y yo al caer la tarde, veíamos las siluetas a trasluz en los ojos de aquel vetusto edificio de costrosas y marcadas arrugas, a cada uno inquieto en su cuarto, yendo y viniendo de un lado a otro como si algo les faltase para dormir tranquilos.

Largas horas de ideas habían echado raíces en nuestras cabezas durante el tiempo que dedicamos a plantear y replantear nuestro obsesivo deseo. Llegamos a esta conclusión: cuando uno tiene la certeza del derecho, cuando las razones son justas y precisas, y la fuerza de la verdad se diluye por la fuerza, no queda más remedio que apropiarse como sea de lo que uno sabe es suyo. O como comúnmente se dice: el fin justifica los medios, de eso estábamos convencidos.

Quizá ellos nos habrían visto y contemplado desde ese espacio que se tiene y no es el suyo, pero desde el que se intuye y se pretende para algo más que el simple placer, algo mayormente profundo que se nos revela con destellos de nostalgia de un paraíso perdido y evocado sin darnos la menor cuenta de que siempre ha estado ahí.

Son nuestras intenciones o las de los demás que están ocasionalmente en nosotros pero con vigor, latentes, tratando de socavar temores y angustias.

Ocasiones había en que nos miraban discretamente desde una ventana simulando observar el paso de la gente.

"Desde aquí podremos verlos sin ser notorios", le había dicho a Jazel, al escoger la banca junto a un arbusto. Pero pronto nos dimos cuenta de que nuestra presencia fue advertida al instante: el cancel, que permanecía los primeros días sólo con el pasador, se cerraba después con llave. Y es que al inicio de nuestra llegada entraban y salían confiados sin ningún remordimiento.

–Imposible entrar por el frente– le dije a mi prima, y después decidimos merodear la parte trasera y buscar alguna rendija por donde pudiésemos introducirnos.

Días después de nuestro arribo a la plaza, parecían estar a la expectativa, como midiendo nuestros pasos, mientras nosotros ideábamos la forma más sencilla y de menos riesgo que impidiera un grave incidente o altercado. Conocía a la perfección la sicología de la pasividad; mil razones le expuse a Jazel sobre el asunto.

Sabía que actuábamos con justicia al tratar de romper con el mayorazgo, con ese eslabón que perpetúa al poder de la primogenitura y que por tradición goza de la mejor parte de los bienes. Ahora reclamábamos nuestro derecho.

Al principio no teníamos idea alguna de cómo lo haríamos, sólo pensamientos desordenados por la inercia del apremio. Pero la seguridad de la razón se fue abriendo paso y llegó al fin la claridad. Gradualmente visiones cada vez más precisas y con la fortaleza del anhelo y una profunda necesidad, la decisión adecuada fue emergiendo paulatinamente a nuestra conciencia.

Finalmente escogido, replanteado y eliminando detalles que pudieran resultar fallidos, proyectamos muy confiados nuestro plan.

A veces pensábamos que hubiese sido más fácil por los medios legales, pero nos desanimaba la telaraña de oficios que hubiéramos tenido que tejer. Además, el encontrar donde dormir tranquilos nos apremiaba. No nos alcanzaba ya para la renta y el trabajo escaseaba cada vez más. Mi ocupación en la venta de libros se había encogido por la crisis y Jazel, como obrera textil, padecía también los estragos de la corrupción y de una economía mal planeada por tecnócratas vendepatrias.

La desesperación nos condujo a esta decisión; entrar furtivamente pero en orden, con sigilo. Esa fue para nosotros la mejor solución. La conducta esquiva y desinteresada de nuestros parientes ahí dentro nos animaba.

–Todo saldrá bien– le dije a Jazel, con el respaldo de un proyecto bien planeado.

Mi prima era de carácter alegre y vacilón. Le encantaba reflejar su figura en los espejos y jugar con gestos y voces que desahogaban un poco su frustrado anhelo de ser actriz. Por el contrario, yo me consideraba más calculador y reflexivo, y pensé que tal combinación de personalidades encajaba a la perfección en un proyecto de esta naturaleza.

La casa por fuera nos parecía marchita; inerte, carente del entusiasmo que pudiesen darle por ejemplo...el correr y el gritar de los pequeños, o la vivacidad de algún otro miembro que le diera vida a la tediosa rutina de leer o tejer con frutos que no trascienden más allá de la puerta. El marchitarse a instantes prolongados de tiempo, que van desgastando lentamente sin lograr espacios de goce o de júbilo. No, por el contrario, nos parecía que la casa se compadecía de algo que con certeza no entendíamos. Pero la mirábamos ahí frente a nosotros, grande e imponente con sus brazos cerrados como si esperase a alguien impaciente Sabíamos que nos miraba, que nos esperaba y compartía nuestro secreto. Eso acrecentaba nuestra decisión.

Después de unos días por el lugar, consideramos que la hora había llegado: el momento de la posesión. Aunque para ello necesidad era el entrar a hurtadillas, aprovechando la oscuridad por la parte trasera.

Llegamos ahí. Un hueco limpio de polvo del ventanal nos había enseñado la tarde anterior un dormitorio claramente en desuso. Husmeando hacia el interior, logramos ver una cama vacía, y un viejo guardarropa compartía su soledad.

Curioso es que a pesar de nuestra seguridad en esta nueva experiencia, ignoramos cada uno en sus adentros el cuestionarnos qué habría más allá, o acudir acaso al refugio del olvido y empezar sin demora otra vida pero el primer paso, estaba ya en su punto de concresión: debíamos aprovechar la frialdad del lugar y apoderarnos de esta parte de la casa. Lo demás dependería del éxito que obtuviésemos en eso. Después podríamos avanzar de lograr la entrada al primer cuarto, y estábamos seguros de hacerlo.

Aprovechamos la oscuridad de la noche. La suciedad y el polvo de la calle opacaba la visibilidad de las lámparas. Con un poco de esfuerzo horadamos la mosquitera del ventanal. Saltamos al interior.

El olfato nos confirma que esta sección verdaderamente no se utiliza. La humedad inunda todo el espacio. Todo parece muerto aquí. Se refleja un sinsentido en todo esto.

A oscuras le señalo a Jazel un puerta que apenas alcanzamos a vislumbrar. A tientas doy vuelta a la perilla. En ese instante se escucha un "click" de seguro al otro lado de la puerta. Nos quedamos unos segundos en suspenso, esperando escuchar algo más...nada pasa. Seguimos adelante.

La puerta del dormitorio es también el acceso a una sala. Caminamos de frente y llegamos a lo que parece un comedor.

En efecto; Jazel tropieza con un silla y ésta cae al piso. "Afortunadamente está alfombrado" –pienso–. Sin embargo le digo a mi prima en un susurro:

–Ten cuidado.

–No veo nada– me contesta con sonidos de aire.

Continuamos caminando.

Una tenue luz se deja escapar por debajo de otra puerta, lo que nos permitió ubicarnos mejor.

Nos dirigimos a esa otra entrada, o salida según los pasos.

Entramos.

De pronto se escucha el girar de una llave al otro lado.

–Se dieron cuenta–, digo a Jazel, y se escucha al instante el deslizar de un cerrojo. Busco dónde sentarme. Ella hace lo mismo.

Minutos después caminábamos ya con libertad y sin temores por las demás habitaciones. Descubrimos tres dormitorios, igualmente llenos de polvo, y una extensa biblioteca como de varias generaciones.

La primera noche dormimos con las luces apagadas.

Por la mañana echamos suertes para decidir quien salía a comprar algo de alimento, mientras el perdedor se quedaría a asear esta parte de la casa. El azar decidió que ella fuera por la comida con mi recomendación de que regresara por la noche, después de su jornada de trabajo. Yo además planearía el siguiente paso.

La biblioteca, al lado del comedor, se comunica a su vez con la cocina al lado opuesto. Una ventanilla ahí es un buen acceso para avanzar.

Pasamos varios días viviendo en esta parte. Notamos que el nivel de las voces de nuestros primos subió de tono, como si no supiéramos que estaban ahí, o tal vez suponían pasivamente que con ello saliésemos huyendo.

 –Esta noche saltaremos por la ventanilla, –le dije a Jazel– quien socarronamente esbozó una sonrisa de asentimiento.

Al día siguiente entramos a la cocina. Mi cómplice hizo ruido con algunos utensilios al parecer queriendo asustarlos. Voltee a verla y me di cuenta que sonreía de nuevo, pero ahora maliciosamente, lo que confirmó mi sospecha.

Caminamos por un angosto pasillo que doblaba hacia otro más grande. Antes de llegar a esa parte de la casa, escuchamos ruido al fondo, como un rechinido de metales. Doblamos apresurados, y a unos pasos nos dimos cuenta que por fin habíamos llegado al frente de la casa, con la ventaja de encontrarnos ahora en el interior.

Alcanzamos ver a través de los barrotes del cancel que nuestros primos decidieron marcharse. Una madeja de hilo atrapada de este lado del cancel giraba y giraba en su mismo sitio, como negándose a seguirlos. Después él tomó a la mujer de la cintura, y los vimos caminar despreocupados rumbo al parque. Pegamos nuestros rostros en el portón y mirándolos alejarse, supimos que ellos nunca volverían. Cruzamos miradas Jazel y yo, y tomándonos las manos regresamos al interior.

Encontramos de nuevo los objetos; libros, canastillas con hilos y prendas tejidas parecían hablarnos. Antes de ceder, optamos por arrojar a la basura todo lo que pudiera evocar el pasado. Después de tirar la última prenda, volvimos a cruzar miradas Jazel y yo, y con nuestras plantas tallándose en el piso nos dirigimos a dormir, dispuestos a empezar una nueva vida para ambos.

Gilberto Vega Zayas

De su libro Para encontrar la salida


Sobre esta noticia

Autor:
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Fuente:
amanecersinaloa.com
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Tipo:
Reportaje
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