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Hay fotos que deben romperse

23/05/2011 12:58 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Casi nunca lo hace, ahora se obsequia un momento. Mi padre se acerca a platicar conmigo, más bien quiere que lo escuche. Me muestra un par de fotografías. En una de ellas aparece él de joven en compañía de otros dos hombres igual de jóvenes. Están abrazados y sonríen al lente de la cámara, presumen sus bigotes y cabello setentero. En la otra, lucen dos cuerpos descompuestos tirados sobre una superficie de tierra y piedras. Ambas en blanco y negro.

"Pasan los años y aún los recuerdo. En ese entonces jugábamos fútbol en La Romareda, cuando era llano, cuando no había ciudad. No dejo de culparme", dice mi padre. ¿Culparse de qué? Se sienta junto a mí y enfoca la mirada en un foco, se pierde. Comienza a contarme quiénes eran, qué hacían y por qué se culpa.

Eran amigos antes que cualquier cosa. Crecieron juntos en ese pueblo del norte y juntos fueron a la misma universidad. Los tres estudiaban Filosofía, carrera mal vista en esos ayeres. Era considerada un escape para los vagos y drogadictos; una alternativa para reclutar opositores al gobierno. Pero tenían otro punto en común, el fútbol. Antes que mítines, círculos de estudio o debates, así como juergas de charlas acompañadas de tragos, estaba el balón. Podían perderse una reunión más no un partido.

"Fue en 1972. Un 19 de mayo de 1971 para ser más exactos. Ese día leeríamos un discurso para pedir disminución de precios en cuotas escolares y exigiríamos que cesara la persecución de políticos y policías que nos creían militantes comunistas. Antes de ir al auditorio de la universidad fuimos a la cancha de La Romareda y...", pausa mi padre su pena: un nudo en la garganta le detiene.

No deja pasar tres segundos y continúa. "...varios camiones llegaron a recoger a todos, ¡a todos! Ellos dos se quedaron de pie y decían que no se moverían, pues no debían nada y nada tenían que temer. De mí se apoderó el miedo y corrí como loco perdiéndome en una cañada, nuestra ruta más corta y rápida para volver al pueblo. Vi cómo los trepaban, ahí escondido entre las rocas. Fue la última vez que los vi".

Después supo que helicópteros del gobierno estatal arrojaron los cuerpos envueltos en cobijas sobre un terreno baldío ubicado a 30 kilómetros de su pueblo. Fue en esa cañada, según él, donde dijo adiós a su juventud y de paso se despidió del fútbol.

Ahora entiendo el disgusto que le causa a mi padre que me guste tanto el fútbol. Creo que es momento de quemar esas fotografías.


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Fuente:
elbuenfutbol.com
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