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Hannah es como Miley Cyrus

20/10/2014 21:48 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

image Por Luis David Niño Segura

To my students without whom

this short story would not have been written.

Conocí a Hannah en la universidad. El momento fue el menos indicado pero tenía que suceder. No sé si hice lo correcto o si solo me aventuré a realizar algo que sabía sería un grave error. Mis alumnos solo comentaban cosas sobre ella y yo la verdad no tenía la más mínima intención de buscarme problemas. Lo sabía y lo entendía. Caminaba rumbo a la cafetería cuando la vi. Tenía un par de libros con ella sobre Bourdieu y una libreta azul. Se le cayeron. Me acerqué a recogerlos. Era un gesto estúpido de mi parte, caballeroso pero estúpido. Así la conocí. En ese momento no sabía que tiempo más adelante terminaríamos en la cama. Yo en medio de un divorcio y ella con un herpes recuerdo de nuestros encuentros.

Intercambiamos las típicas palabras de siempre. Con su mal español y mi pésimo inglés alcanzamos a comprender nuestras malas manifestaciones de reglas de urbanidad. Pero nos sonreímos uno al otro. Algo me impulsó a invitarla a comer. Así empezó todo. Con mímica y risas de teenager nos fuimos conociendo. Supe que venía solo por el verano y que era de Escocia. La hija mayor de su casa y estudiaba sociología. Visitaba Querétaro como si se hubiera tomado un año sabático. De su perfecto acento escocés supe que estaba estudiando español y la intención primordial era practicarlo. No le gustaba España porque todos en las Europas dominaban el inglés. Eso era obvio, el inglés no es un idioma digno de tal categoría.

Yo no dije mucho de mi persona. Solo que estaba casado y me gustaba el rock. Cliché aventurero para una escocesa que usaba converse y traía una playera de los Arctic Monkeys. Esos comentarios nos llevaron a pláticas interminables sobre el indie british alternative rock hasta que llegamos a Julián Casablanca. Así pasé varios días en la universidad. Nuestros encuentros dejaron de ser casuales para convertirse en verdaderas citas. Empecé por llevarle una manzana y ella, a cambio, me regalaba un durazno. Nuestro postre. Mis alumnos comenzaron a notar el tiempo que pasábamos juntos y eso no era una buena señal. Terminarían por faltarme al respeto. Así que acordamos guardar la distancia en el "campus" como ella solía decirle. Las citas se hiceron fuera de la universidad. Como buena escocesa me pidió que la llevara a tomar güisqui a un típico bar queretano. Para esas cuestiones era pésimo, yo solo visitaba cantinas.

Mi esposa no sospechaba nada al respecto hasta que empezó anotar que salía cada vez más seguido y llegaba cada vez más tarde a la casa. Las escusas se me estaban terminando. Una noche mientras no podía dormir, me senté en la sala de la casa y me serví un Jack Daniel's. Me lo empecé a tomar mientras pensaba qué era lo que veía en Hannah. Era hermosa no se puede negar. Sus ojos azules, su cabello rubio cobrizo, su cintura resaltaba sus pechos... Jamás me habían interesado las mujeres rubias, definitivamente las morenas eran mi perdición, pero para toda regla hay una excepción. Pensaba en esa coincidencia de toparme con una británica que no era partidaria de los separatistas herederos de William Wallace. Más de una ocasión me dijo que ella se veía a sí misma como británica, no como escocesa. No quise entrar en polémica, para mí Hannah representaba una estudiante más en mis clases. La diferencia de edad entre nosotros se hacía más marcada cuando no estábamos entre las aulas del campus.

Mi esposa comenzó a ser más insistente con las preguntas. Yo trataba de evadirlas todas como podía, sin embargo, sabía que tarde que temprano se daría cuenta. Le propuse a Hannah dejarnos de ver por un tiempo mientras las cosas se calmaban, lo entendió y aceptó. Mis alumnos por su parte no sospechaban nada. Ellos se habían tragado toda la historia que les dije acerca de mi aberración hacia las mujeres rubias. Sabían que las morenas eran lo mío, no las blancas cuya piel les huele a leche podrida, a jocoque. Asco. Pero Hannah era diferente, su piel era blanca sí, pero rosada y si vieran el color rosado de sus pezones estoy seguro que los utilizarían como promocional para atraer más estudiantes a la universidad. Pero ese color y esos pezones solo yo, en todo Querétaro, los había visto. Ni los maestros ni sus 'roomies' sabían de nuestro affair.

Fue un lunes en la cafetería que se acercó a mí y me dijo que necesitaba verme. Ya no aguantaba. De alguna manera tenía que arreglármelas con mi esposa para podernos ver en la semana. Cuestión que me puso nervioso y ansiosos. Yo también la quería ver, la necesitaba. La única condición que le puse es que la llevaría a tomar a mi cantina preferida. Aceptó. Sabía que las cantinas son de las peores cosas que hay en México, pero había escuchado tanto de ellas de mi boca que se moría por conocer una. Por mi culpa se hizo adicta a la música norestense. Le encantaban los corridos, no dejaba de escuchar una y otra vez el disco de Corridos de Pegue de los Invasores. De ahí que yo le dijera de cariño 'bonita', así de la misma forma que Don Lalo Mora gritaba en sus conciertos.

Arreglé todo con mi esposa. Le dije que saldría a tomar con el Chutas y el Fer. Algo tranquilo solo para relajar los músculos. Era domingo. Nos quedamos de ver en el jardín Zenea afuera de un café a las ocho en punto. Cuando llegó traía puesto un pantalón de mezclilla negro pegadito y una blusa blanca. Sus Ray-Band negros y el pelo suelto. Todo listo. Caminamos por Zaragoza hasta llegar a la cantina El Ruedo. Ahí trabajaba el Dobby. Un cantinero oriundo de Torreón que siempre me tenía mi botella de Sotol de la Hacienda Canutillo. Entramos y nos sentamos en la barra. El Dobby me saludó. Yo ya le había contado a Hannah que el cantinero era la viva imagen del elfo de Harry Potter, de ahí su apodo. Me trajo la botella de sotol con un vaso y un jarrito de barro. El Dobby me conocía a la perfección. Esa vez no tenía música, tenía prendida la televisión y estaba escuchando en las noticias la desaparición de 43 normalistas en Guerrero.

Hannah sacó un churro de yesca. Puso cara de Miley Cyrus en wrecking ball y me miró fijamente. No supe desde cuándo le quemaba las patitas a San Juditas y mucho menos de dónde había sacado el cigarro. Lo prendió y me ofreció un toque. No lo acepté. Si iba a pasar la noche con ella sería mejor mantenerme al cien. En cambio me serví sotol en mi jarrito y le serví un trago a ella. Sabía que por mucho scotch with gúater que se tomara, su garganta no estaba preparada para el sotol de Canutillo. Así pasó. Prácticamente lo escupió en mi cara.

Dobby subió el volumen del televisor. La noticia de los estudiantes desaparecidos en Guerrero era nota a nivel mundial cosa que me disgustaba sobremanera. Nadie hizo tanto escándalo en la masacre de Villas de Salvárcar en Juárez a los estudiantes de preparatoria, ni mucho menos hubo notas de las 300 familias desaparecidos en Coahuila o de la terrible matanza de San Fernando, Tamaulipas. Ahora parecía que el madrazo era cerca del defectuoso y las cosas se caldeaban. Hannah me preguntó a qué se debía tanto alboroto (incluso ello lo notaba). Era largo de explicar pero comencé a decirle que el problema en Guerrero era largo. Desde la década de los sesenta cuando Lucio Cabañas decidió levantarse en armas. Tuve que explicarle quien fue Lucio Cabañas. Para hacerle el cuento más sencillo le dije que se acordara del corrido de Chito Cano que tanto le gustaba. Asintió con la cabeza. Bueno, le dije, Chito Cano traficaba armas en aquellos tiempos Hannah y fue detenido cuando le iba a llevar un cargamento a Lucio. Lo detuvieron en Eagle Pass y cinco años se la pasó encerrado. Mientras yo le contaba los antecedentes de los normalistas guerrerenses se acercó a mí y me besó.

El Dobby apagó la televisión. Un silencio cubrió la cantina. Cuando me separé de la boca de Hannah, de reojo pude ver la silueta de una mujer a mis espaldas. Era Verónica, la fichera que siempre me acompañaba. No dije nada. La seguí y salimos. Ya estando afuera de la cantina me pidió que no volviera a traer a la "gringuita" pelos de elote. No le reproché nada. Hannah no era gringa. Verónica prendió un cigarro y se fue a talonearle. Me dolía que me dejara, era la mejor fichera en todo Querétaro, de eso estaba seguro. Cuando regresé a la cantina me tomé otro jarrito de sotol. Hannah prendió la rockola y empezó a buscar música norestense. No sé cómo el gusto por el acordeón y el tololoche la habían agarrado. Pasé la noche junto a ella, no sabía que esa sería la última.

Al día siguiente en la universidad Hannah me notificaba su herpes simple ulceroso extendiéndome la receta médica. Aciclovir era el medicamento. No dije nada, terminamos. Mis alumnos nunca supieron de eso y yo los engañaba diciéndoles que las güeras no me gustaban. Se lo creyeron, a la fecha siguen pensando que esto solo es un cuento, la realidad solo yo la sé y esa realidad se resume en que tengo que tomarme mis pastillas de Aciclovir durante diez días y de por vida comprar vitamina E.

Ahora simplemente me limito a decirle los buenos días o las buenas tardes cuando la veo. A Verónica la sigo visitando. Mi esposa se enteró de todo y me pidió el divorcio. También toma Aciclovir. Sigo yendo a la cantina El Ruedo a tomarme mi sotol de Hacienda Canutillo, mientras el Dobby se preocupa por los 43 normalistas desaparecidos. Lo último que me contó, es que el padre Solalinde declaró que fueron quemados vivos. Yo no le doy importancia. Siempre he creído que la mayoría de la gente debe morir. Yo mismo me mataría si tuviera el valor. Pero bueno, supongo que cada quien tiene la muerte que se merece. Yo, por ejemplo, sé que terminaré como Louis Kahn, tal vez no en el baño de Penn Station, pero sí en el baño del Ruedo con mi botellita de vitamina E y una supresión etílica o una intoxicación alcohólica.

Luis Niño

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Autor:
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Fuente:
grupocronicasrevista.org
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Tipo:
Reportaje
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