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La historia sexual de un varon virgen

14/11/2009 05:26 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Este testimonio real, con nombres cambiados, que fue gentilmente cedido por un consultante de 32 años para ser publicado aquí, es un claro ejemplo de lo que he dado en llamar “los varones vírgenes”

En realidad, debe haber bien poco para contar de la vida sexual de un varón virgen, aun cuando éste tenga 32 años. Sin embargo, creo que puedo empezar a contarla desde el principio. Supongo (y digo supongo porque no estoy seguro de que lo que sigue tenga que ver con lo estrictamente sexual) que el primer suceso que puedo incluir es que, siendo un bebé, mi pediatra tuvo que despegarme el prepucio.

Algún tiempo más tarde, aunque no demasiado, pero sí lo suficiente como para que pueda tener un recuerdo muy vago, vi a mi padre desnudo. Puedo decir que me llamó la atención que su pene fuera más grande que el mío (como si pudiera ser acaso de otra manera).

Siguió pasando el tiempo, y recuerdo haber tenido una erección a los cinco años. Después vino un tiempo en que no sucedió nada, hasta que a los diez años mi padre me puso al tanto de qué cosas había que hacer para tener hijos y de los cambios que iba a experimentar mi cuerpo. No recuerdo haberme sorprendido demasiado, es probable que a esa altura ya me hubiera enterado de algo en la calle o en el colegio, aunque de esto no tengo memoria.

A los doce o trece años, supongo, comencé a tener erecciones nuevamente, hasta que en una de ellas tuve algo parecido a una eyaculación. Digo parecido, porque lo único que salió de mi pene fue un líquido transparente y viscoso que a duras penas podía ser llamado semen. Por ese entonces, mis compañeros de colegio comenzaron a hablar de masturbarse, yo sentía alguna curiosidad, pero solamente eso: curiosidad. En realidad, nunca hasta ese momento, ni en muchos de los años que vendrían posteriormente, tuve ese deseo que los llevaba a estimularse de esa manera. No obstante esto, me atraían las chicas, pero de una manera distinta, quizás de un modo más distante, elusivo e inasible.

A los dieciséis años recibí mi primer beso, que confieso que fue decepcionante, pero no por traumático. El hecho es que si bien la chica que me besó me gustaba mucho y yo estaba muy enamorado de ella (todavía hoy le dedico un pensamiento al menos una vez al día), esperaba que ese beso fuera otra cosa. Había esperado demasiado tiempo para recibirlo y mis expectativas eran que fuera algo que me hiciera desbordar el corazón de placer. En ese momento mis pensamientos fueron textualmente: ¿Y esto era un beso?

Desde ese momento y hasta los veintitrés años no tuve momentos más cercanos que ese con ninguna mujer. A partir de entonces mantuve una serie de relaciones, aunque no demasiadas, con algunas chicas, pero ninguna fue demasiado duradera. Puedo recordar a una de ellas, que se ponía a llorar y hacía pucheros cuando quería tocarle las tetas. En verdad, no sé si realmente me importaba tocarla, probablemente estuviera haciendo lo que se suponía que tenía que hacer un hombre cuando está a solas con una mujer, porque en todas las relaciones que tuve siempre se mantuvo una constante: jamás lograba excitarme sexualmente mientras besaba o acariciaba a alguna de ellas, y no porque fueran mujeres poco atractivas; puedo decir que nunca he salido con una mujer que fuera fea. Seguramente el problema es mío.

Finalmente, a principios de año llegó Gabriela. No sé como describirla, tendría que usar alguna de esas palabras importantes, grandiosas, que no me gusta emplear ni cuando escribo ni cuando hablo. Es más, me dobla en experiencia en muchas cosas, especialmente en la cama, pero no es algo que me haga sentir menos, ni nada por el estilo, al contrario, creo que es una buena oportunidad para recuperar el tiempo perdido. Voy a obviar detalles de cómo nos conocimos, que serían más adecuados para una historia amorosa que para una historia sexual, aunque puedo decir que fue ella la que me levantó. El hecho es que a los cinco minutos de que nos besamos por primera vez, ella ya estaba estirando su mano hacia donde se suponía que debía estar mi pene erecto, que, por supuesto, no estaba así. Traté de disimular, esquivándola con la cintura, mientras me decía para mi mismo: Pibe, estás listo, no sé cómo, pero a esta chica te la vas a tener que coger.

Siempre me he considerado un hombre de recursos, y como dicen por ahí “a falta de pan, buenas son las tortas”, de manera que conseguí provocarle un orgasmo con los dedos, aunque debo decir que soy muy ignorante en todos estos asuntos, supongo que tuve miedo de haberla lastimado cuando finalmente gritó.

Ella hizo todo lo que conocía, sin embargo no pude conseguir una erección. Yo no podía creerlo: estaba en un lugar que cualquier varón hubiera deseado, y no podía hacer nada. Mi caso podría expresarse de esta manera: no puedo estar besando y acariciando a una mujer en todo el cuerpo y al mismo tiempo concentrarme en tener una erección, simplemente es algo que sobrepasa mis fuerzas.

Pero todavía no termino. Suele suceder en la vida de un hombre que la masturbación sea algo que precede a la oportunidad de tener relaciones con una mujer, en mi caso fue al revés. Conocí lo que era masturbarse después de ello y cuando tenía treinta años. Lo hice tímidamente al principio, y ahora puedo hacerlo con más confianza, aunque puedo afirmar que me lleva un tiempo excesivamente largo lograr una eyaculación. ¡Es de no creer, pero estoy teniendo mi despertar sexual a los treinta y dos años!

Cerrando, me gustaría decir que pensaba que la manera en que podía vivir mi sexualidad me hacía algo distinto a los demás, conformaba algo que, si bien no me gustaba, me daba cierta singularidad, por lo cual fue una sorpresa un poco decepcionante el saber que lo que me pasaba ya se encontraba tipificado.

NOTA: "si no puedes ser fuerte, pero tampoco sabes ser debil, seras derrotado"


Sobre esta noticia

Autor:
Dr Jorge Lemus (148 noticias)
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828
Tipo:
Suceso
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