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Influenza politica: de poca abuela

12/05/2009 11:20 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Alerta pueblo mexicano hemos detectado esta nueva enfermedad en nuestro pais, ojo si no eres politico estas a salvo. . .

Síntomas de la influenza: segregación nasal, altas fiebres, dolores musculares, tos imparable, severas jaquecas y graves dificultades para respirar por atrofia pulmonar. Mientras llega la vacuna -se requiere para ello extraer sangre a los enfermos-, nos recomiendan usar tapabocas, lavarse las manos, no saludar ni con la mano ni mucho menos mediando los cariñosos ósculos, evitar aglomeraciones y, si se puede, permanecer en casa. Así ha sido desde la emergencia decretada el jueves 23 de abril y hasta antes de festinarse, desde la Casa Blanca nada menos, los "buenos resultados" en el tratamiento de la epidemia que puso en jaque a México y convirtió a los mexicanos en símiles de infectados ante la comunidad universal.

La influenza política, un derivado de la porcina en cuanto al uso de las zahúrdas se refiere, se manifiesta con las siguientes condiciones:

1.- Olfato atrofiado que evita percibir los olores de la demagogia corruptora para exaltar los parabienes de la manipulación colectiva.

2.- Parálisis muscular que tiende a inmovilizar las contiendas electorales hasta contarse con suficiente handicap a favor de la clase gobernante mediando el uso de la rehabilitación mediática.

3.- Altísima temperatura corporal que obliga a las tardeadas en Los Pinos con jocosos acentos y renovados compadrazgos con los integrantes de la vieja clase política y los mandos castrenses.

4.- Tos imparable que se traduce en verborrea discursiva por la cual se insiste en que nunca hubo la intención de exagerar brotes y consecuencias epidémicas sino templanza para asegurar la salud del colectivo aunque la sociedad pasara a la calidad de rehén bajo los arrebatos incesantes del miedo.

5.- Campanadas en la cabeza que obligan a proceder por instinto sectario desprendiéndose de la visión amplia de la realidad, esto es sin considerar la salud general, la financiera también, en aras de divulgar una tardía preocupación por tres decenas de víctimas mortales que no fueron atendidas con oportunidad.

6.- Asma constante ante cualquier señalamiento crítico que tienda a desnudar las intenciones. El flagelo es el informador malvado, jamás el hecho incontrovertible mal sobrellavado. Por eso, claro, se corta el aire mientras el aparato respiratorio del sector oficial se consume con la erosión derivada de la incredulidad pública.

7.- Delirio de persecución que se evidencia cuando, en vez de responder a las preguntas directas, se opta por las explicaciones superficiales, esquemáticas, acerca de las medidas preventivas y nunca sobre orígenes y verdaderas consecuencias de cada mal a tratar.

Los infectados no tienen exclusividad partidista. Más bien el perfil de los mismos se extiende desde los cabildos hasta la Presidencia del país en donde se amarran navajas y se pretende conducir las crisis para nutrirse políticamente de ellas. Los precandidatos a la silla grande, por ejemplo, entraron, todos, en un frenesí por situarse a la vanguardia de las medidas emergentes con tal de ganar reflectores bajo los haces opacos del miedo general.

Y simultáneamente, el llamado "primer mandatario" clamó por respeto a los discriminados mexicanos -los que llegaron a China para ser tratados como leprosos de referentes bíblicos-, luego de haber propiciado y divulgado, prohijando temores y convirtiendo a un país en desierto de la improductividad, la imagen de una sociedad paralizada en estado de indefensión frente al agobio de los virus y sus nuevas cepas. Como tirar la piedra, esconder la mano y culpar al de a lado. Una fórmula muy eficiente, por supuesto, entre los demagogos consumados. Que los demás interpreten bajo el considerando de que cuantos no están de acuerdo son, sencillamente, deplorables, irresponsables, perversos y, claro, malos mexicanos. Palabra presidencial, como ayer.

Ya lo hemos dicho: el gobierno reaccionó bien cuando la Organización Mundial de la Salud, también con retraso, lo puso en predicamento siete días después del relampagueante periplo de Barack Obama por México y su contacto con el infectado director del Museo de Antropología, Felipe Solís Olguín, muerto el miércoles 22 -esto es veinticuatro horas antes de decretarse la emergencia epidemiológica sobre una comunidad de millones de seres humanos aterrados ante lo desconocido-, como antecedente.

Curioso: el mundo se preocupó bastante más por las consecuencias en México del mal que respecto a los primeros brotes, precisamente en California y Canadá, en las grandes potencias del norte con caudales enormes para amortizar los efectos mediáticos. Y nuestro gobierno cayó en el garlito.

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La tasa para medir las emergencias tiene, sin duda, derivados en cuanto a la influenza política. En Ciudad Juárez, por ejemplo, las estadísticas sobre asesinatos de género se incrementaron cuando se incorporaron a ellas hasta los casos de mujeres accidentadas con intervención masculina, por ejemplo atropelladas en las calles, sin que ello fuera óbice para reducir el horror de la violencia. Igual con el virus H1N1 al que se culpó, en principio, de los fallecimientos por neumonía atípica u otro tipo de influenza hasta que se hicieron los recortes, sembrado ya el miedo colectivo, aminorando los efectos de la epidemia incontrolable.

Igual fue el proceder de la anterior administración federal, la del cogobierno bajo el supuesto de la paridad en pareja, cuando delimitó la miseria considerando que bastaban ingresos de dos dólares al día para sobrellevar la carga cotidiana y situarse por encima de las lacerantes mediciones de la pobreza. No es que hubiese recuperación alguna sino, más bien, los registros variaron de acuerdo a las tendencias y criterios de los integrantes de la insondable cúpula del poder. Y a esto, claro, los justificantes de oficio le llaman hacer política... bajo los efectos del virus de la influenza partidista, también porcina. ¿Vamos entendiéndonos?

Desde luego, no creo, como sugieren algunos lectores y se denuncia a través de mensajes cibernéticos con sabor radical -otra de las epidemias ancladas en la crispación social-, que el virus maldito responda, más bien, a un proyecto perverso contra los mexicanos, para debilitarlos se entiende, en aras de las apuestas de los corporativos multinacionales. No pueden hacerse tales lecturas a la ligera cuando, desde luego, la emergencia sanitaria no fue invento aun cuando, de acuerdo al juicio de no pocos, se exageraran las reacciones... tardíamente. Mas bien, esto sí, al calor de los brotes se aprovecharon éstos políticamente encendiéndose las candilejas para captar la atención ciudadana en vísperas de una campaña electoral.

Y tan es así que el dirigente nacional del PAN, Germán Martínez, señalado por la mano presidencial a la vieja usanza, no se detuvo al considerar como suyas, y de su partido, las medidas tomadas para enfrentar la epidemia como si se tratara sólo de una extensión del gobierno federal. Por ello, naturalmente, justificaron todas y cada una de las acciones oficiales -separándose de otras cernidas al criterio de otras fuentes de poder, por ejemplo en el maltratado Distrito Federal-, sin más miramientos que las consideraciones "políticamente correctas", esto es de acuerdo a las consignas y lineamientos emanadas de Los Pinos y sus operadores. De allí, por supuesto, devino la desconfianza de cuantos no son incondicionales del panismo en el gobierno.

No hay duda: si hubo discriminación contra los mexicanos ésta fue efecto, indiscutible, de la psicosis general creada por los operadores al servicio de la Presidencia. Y en eso sí que fue eficaz la administración federal, mucho más que en cuanto a la prevención de la epidemia y el tratamiento posterior en busca de un control que dista mucho de estar en manos de las autoridades sanitarias.

El Reto

La cuestión ahora es como podrá sacarse ventaja de la experiencia para no caer en una nueva espiral crítica. ¿Es éste un buen pretexto para ampliar las líneas crediticias al gobierno mexicano hasta rebasar los niveles que, no hace mucho, nos pusieron en manos de los acreedores internacionales? En este punto, sin duda, la emergencia mayor es la que resulta de la influenza política y no de la otra. Acaso porque hay bastantes más contaminados a los que se descubre al primer estornudo demagógico o francamente tendencioso. Como los de Germán, por ejemplo, o los de cada postulante que asuma el tratamiento a la emergencia como espejo para asegurar que ahora "se gobierna mejor". De hecho, los mensajes en este sentido se han disparado de nueva cuenta.

Lo sospechoso es, sin duda, que la pretendida vuelta a la normalidad se dio cuando las estadísticas fueron concentradas sobre quienes se inocularon de la nueva, dañina cepa que no es mortal de necesidad como se presumió en principio. Como todos los males, si no son tratados a tiempo y correctamente, pueden llegar a una fase terminal pero son curables cuando los diagnósticos son certeros y oportunos.

Mientras el gobierno colecta los réditos de la psicosis, o lo pretende, los mexicanos ya saben que deben enfrentarse, acaso de por vida, a las nuevas cepas epidemiológicas que alteran la vida institucional.

La Anécdota

"Se llama Manuel -rezaba la publicidad en la década de los setenta-, y es mexicano". Así lo proclamaban los carteles taurinos que reflejaban el impacto de quien fue llamado "el mejor muletero del mundo" por su sedeña, adormilada interpretación del toreo. Se fue Manuel Capetillo, cimiente de una estirpe, sin que se cortaran los vasos comunicantes de la escuela nuestra como contraste a las interpretaciones, sevillana y rondeña, de allende el océano. Le recordaré siempre.

Alguna vez, frente a las cámaras de televisión, el bravo tapatío exhibió algunas de sus cicatrices, sobre todo una, la que le atravesaba el pecho. "Camisero", de La Laguna, casi le arranca el corazón obligándole a someterse a una decena de cirugías. Jamás se arredró:

-En esto -me dijo-, lo importante es no dar nunca un paso hacia atrás hasta dominar el miedo.

Sea este recuerdo, siempre oportuno, el mejor legado del gran torero. ¡Ay, cuándo México entero hablaba de toros no caíamos tan fácilmente en las redes del injerentismo anglosajón!


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