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Inicia la Gran Muestra de Altares Hanal Pixán en Mérida

31/10/2012 09:03 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Aromas a incienso y copal, sonidos secos que emite el tunkul (instrumento musical), luces que titilan e iluminan y formas policromas que seducen la vista se mezclan para dar vida a la edición 2012 de la Gran Muestra de Altares Hanal Pixán, que inició hoy. Como cada año, el centro histórico de esta ciudad se convierte en un amplio corredor de “municipios” en los que se celebra la llamada “Comida de muertos”, tradición ancestral a la que acuden miles de visitantes, propios y extraños. Huano y bajareque entrelazados con hilo de henequén simulan la casa tradicional del medio rural, donde los mayas levantan altares multicolores para honrar a sus muertos que regresan para estar con los suyos, que aún siguen penando en esta tierra. A lo largo del encuentro, el genio creativo de Antonio Mediz Bolio y de Guty Cárdenas irrumpe en el ruido urbano cuando se escuchan los acordes de “Caminante del Mayab” como un lamento y recordatorio a los vivos que toda persona que habita esta tierra habrá de caminar sobre ella aun después de la muerte. Desde sus retratos, músicos, poetas, deportistas, personas ilustres y desconocidas miran con recelo a los curiosos que se asoman a la intimidad de sus improvisados hogares para devorar con la mirada los manjares con lo que se busca honrar a los ausentes. Dulces de mazapán, camote, yuca y calabaza melada, pan dulce, chocolate y atole de maíz nuevo, pibes y relleno negro o blanco, tortillas recién hechas a mano y el “xec” –mezcla- de naranja, mandarina, toronja y jícama con polvo de chile emiten los aromas que permiten a las almas saciar el hambre. Las luces de las velas de color blanco o negro, lila, rojo o morada, según fue la conducta del difunto, iluminan por igual los jacales de huano, así como las cruces de cempasúchil naranja con bordes de blanca cal que marcan el camino de regreso de las almas para que no se pierdan en el trayecto. Los extraviados convierten la fiesta en una representación teatral, pero en su mayoría, tal vez por única ocasión en el año, asumen su condición de mestizos y portan gallardos el traje típico: de guayabera y pantalón blanco (ellos), de hipil de hilo contado y flores multicolores, con cintas en la cabeza (ellas). Los discursos oficiales se pierden en el eco de la nada, mientras el canto de una serafina se escucha en el barullo de una ciudad que se niega a acallar las voces y las risas de las almas que retornan a su verdadero hogar.

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