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Invertir en personas, invertir en infraestructuras

07/05/2012 00:28
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imageAmalio nos ha escrito un par de estupendos artículos describiendo lo que ha observado en su visita al Centre for Social Innovation (CSI) en Toronto. Es una reflexión sobre las condiciones para los espacios tengan ‘alma’ y sean capaces de catalizar la energía de las personas que allí trabajan. Espacios que favorecen un denso clima de comunicación y que, por supuesto, tienen mucho que ver con que emerjan ideas y se lleven a la práctica.

Sin embargo, desde mi punto de vista, hay un lado oscuro en todas estas propuestas arquitectónicas que tanto deslumbran hoy en día. Muy oscuro. La inversión en ladrillo va, me temo, muy pegada a la actual idiosincrasia de venta política del emprendizaje. Ande o no ande, caballo grande. O, traducido al lenguaje del moderno emprendizaje: ande o no ande, inversión en infraestructura para deslumbrar a las visitas. El envoltorio recibe tanta o más atención mediática que el fondo de la cuestión.

Es este un tema recurrente en este blog, ya lo sé. Más de una vez he mostrado mis miedos con estas ambiciosas obras faraónicas de provincias… o de la capital. Lo he hablado con Ramón a cuenta, por ejemplo, del Citilab de Cornella y con mi querida fontanera digital allá en Valdelarco, Pau Domínguez Ara. Pero es que aquí en esta parte del sur de Islandia creo que también estamos afectados del mal del edificio loco.

El asunto funcionaría si a una inversión -la que sea- en infraestructura le corresponde un mismo nivel de apuesta por las personas que lo van a ocupar: salarios, condiciones de trabajo, reconocimientos… Pero es que en la mayor parte de las ocasiones el tiro sale por la culata: ¿qué voy a pensar del lugar donde trabajo si observo que hay dinero para ladrillo y para un diseño de vanguardia y luego me escatiman medios y recursos para lo que tenemos realmente que hacer? La tentación de disponer de un lugar emblemático es muy grande para las administraciones públicas, empresas o instituciones que anden detrás. Las medallas quedan mejor cuando la fachada vende.

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Creo que el origen de este concepto tiene que ver con el museo Guggenheim. El envoltorio atrae tanto como su contenido. Pero estos casos por fuerza tienen que ser contados con los dedos de una mano. Lo lógico es que la potencia surja de dentro y no de la cosmética que lo rodea.

Así que le decía a Amalio que reivindico lo cutre, lo austero, lo cercano, lo sencillo. Por supuesto, no tiene que estar reñido con el buen gusto ni con un lugar ‘con alma’, amable y que favorezca las conexiones. Pero cuanto más grande y espectacular la propuesta de ladrillo, más daño provoca en sus habitantes que no se les ofrezcan las condiciones dignas que se proporcionaron a la arquitectura.

Sí, hablamos primero de invertir en personas. Después pensamos en la infraestructura, pero no nos dejemos deslumbrar por el efecto Guggenheim, que ha provocado muchas víctimas. Demos a la arquitectura su justo valor, sin excedernos. Que luego pasa lo que pasa: se disparan las obras esperpénticas a mayor gloria de políticos y supuesta ciudadanía distinguida.

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