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El Islam político y Estados Unidos en 2015

10/01/2015 01:45 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

imagePor Emile Nakhleh* /IPS

Este año, la política regional de Estados Unidos influirá sobremanera en el Islam político árabe, como ha sucedido desde que Barack Obama asumió el gobierno en 2009.

Cuando la posición de Washington en la región se fortaleció al principio del gobierno de Obama, también mejoró la suerte del Islam político.

Consentir a los autócratas es una estrategia cortoplacista que no prosperará. Cuanto más dure esa situación, más musulmanes creerán que la guerra de Estados Unidos contra el terrorismo es una guerra contra el Islam.

Pero cuando los autócratas árabes percibieron el fracaso de la política regional estadounidense, procedieron a reprimir impunemente a los partidos políticos islámicos en sus países, a pesar de las protestas de Washington.

Este vínculo no augura nada bueno para el Islam político.

Igual que en 2014, en 2015 Estados Unidos le prestará más atención a asegurar el apoyo de los autócratas árabes a la lucha contra el grupo extremista Estado Islámico que al maltrato que sufren los partidos y movimientos políticos islámicos, lo que tendrá graves consecuencias a largo plazo.

A partir de 2013, la necesidad táctica que tiene Washington de captar a los dictadores para la lucha contra el terrorismo opacó su compromiso de entablar un relacionamiento sincero con el pueblo árabe. Su apoyo a los dictadores árabes implicó el sacrificio del Islam político árabe.

Un ejemplo es que Washington parece ajeno a la suerte de los miles de islamistas moderados y demás activistas de la oposición que languidecen en las cárceles egipcias.

¿Qué es el Islam político?

En primer lugar, el término "Islam político" se aplica a los partidos y movimientos políticos islámicos que rechazaron la violencia y optaron por un cambio estratégico hacia la política participativa y de coalición mediante elecciones libres.

En esta categoría entran la Hermandad Musulmana en Egipto y Jordania, Hamás en Palestina, Hezbolá en Líbano, Al Nahda en Túnez, y Al Wefaq en Bahrein.

El término no incluye a los grupos radicales y terroristas como el Estado Islámico, Al Qaeda o la oposición armada en Iraq, Siria, Yemen y Libia. Tampoco se aplica a los movimientos en África como Boko Haram y Al Shabab.

Lamentablemente, muchas autoridades políticas en Occidente, y curiosamente en varios países árabes, equipararon al Islam político con los grupos radicales. Esta vinculación errónea e interesada brindó a Washington el elemento necesario para justificar sus cómodas relaciones con los autócratas árabes y la tolerancia de la represión de sus ciudadanos.

La represión engendra radicalismo

También dio a los autócratas la excusa para reprimir y excluir a sus partidos islámicos del proceso político. En una entrevista realizada en diciembre, el presidente de Egipto, Abdel Fatah al Sisi, denunció a la Hermandad Musulmana y prometió que el movimiento no ingresaría al Parlamento.

Las recientes leyes antiterroristas de Egipto proporcionan a Sisi una cubierta cuasi legal para silenciar a la oposición, incluido el Islam político.

Cualquier crítica al régimen o al gobernante es vista como un acto "terrorista", punible con una larga condena de cárcel.

En segundo lugar, mientras que las organizaciones terroristas son una amenaza para la región y los países occidentales, la inclusión del Islam político en la gestión de gobierno de sus países a largo plazo es buena para la estabilidad interna y la seguridad regional y favorece los intereses de las potencias occidentales.

La historia reciente le dice a Estados Unidos que la exclusión y la represión suelen conducir a la radicalización. Algunos jóvenes renunciaron a la política partidaria y optaron por la confrontación y la violencia. Este fenómeno aumentará en 2015, a medida que la supresión del Islam político se generalice e institucionalice.

En tercer lugar, los graves errores que la Hermandad Musulmana y Al Nahda cometieron en su primera incursión en el gobierno no deben sorprender, ya que carecían de experiencia. Pero ese mal desempeño no es exclusivo de ellos. Tampoco debe utilizarse como excusa para deponerlos ilegalmente y anular el proceso democrático, como hizo el golpe militar dirigido por Sisi en Egipto en 2013.

Aunque los partidos políticos islámicos tienden a ganar los primeros comicios tras el derrocamiento de los dictadores, la prueba de fuego de su apoyo popular radica en las elecciones posteriores. Un ejemplo es la reciente elección posterior a la Primavera Árabe en Túnez.

Cuando la ciudadanía árabe tiene la oportunidad de participar en elecciones justas y libres es capaz de elegir al partido que mejor le convenga, independientemente de que sea islámico o laico.

Si el mariscal de campo Sisi hubiera permitido en 2013 que la Hermandad Musulmana y el presidente Mohammed Morsi siguieran en el poder hasta la siguiente elección, estos habrían sido derrotados electoralmente, según las encuestas de opinión pública de la época.

Pero Sisi no estaba comprometido con la transición democrática. Ahora la situación de los derechos humanos en Egipto es mucho peor de lo que era durante el gobierno de Hosni Mubarak, según la organización Human Rights Watch.

Estados Unidos y el Islam político

Un factor clave que explica las desavenencias entre Estados Unidos y el mundo islámico es la generalizada percepción musulmana de que la guerra de Washington contra el terrorismo es una guerra contra el Islam.

Obama sabe que, aunque un porcentaje muy pequeño de musulmanes optó por la violencia y el terrorismo, Estados Unidos debe encontrar la manera de relacionarse con los restantes 1.600 millones de musulmanes en el mundo. Eso llevó al presidente, al principio de su administración, a conceder entrevistas a los medios árabes y a dar su histórico discurso en El Cairo en junio de 2009.

Pero las guerras en Iraq y Afganistán y los ataques aéreos que causaron víctimas civiles en Afganistán, Yemen y otros lugares hicieron que muchos musulmanes no creyeran en que Washington buscara un relacionamiento sincero con el Islam.

La Primavera Árabe y el derrocamiento de los dictadores a partir de 2011 llevaron a Estados Unidos a apoyar los reclamos de libertad, reforma política y democracia.

Washington anunció que trabajaría con los partidos políticos islámicos, en particular con la Hermandad Musulmana y Al Nahda, siempre y cuando defendieran el cambio pacífico y los principios de pluralismo, elecciones y democracia.

Pero el acercamiento estadounidense al Islam político no duró más de dos años.

El camino a seguir

Por más discrepancias que se tengan con la ideología política islámica, es el colmo de la locura pensar que la estabilidad y la seguridad económica en Egipto, Bahrein, Palestina o Líbano puedan lograrse sin la inclusión en el gobierno de la Hermandad Musulmana, Al Wefaq, Hamás y Hezbolá.

Consentir a los autócratas es una estrategia cortoplacista que no prosperará. Cuanto más dure esa situación, más musulmanes creerán que la guerra de Estados Unidos contra el terrorismo es una guerra contra el Islam.

Los países árabes que presenciaron la caída de los dictadores, especialmente Egipto, retrocederán, con el consentimiento de Washington, a la represión y la autocracia, como si la Primavera Árabe nunca hubiera sucedido.

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente las de IPS, ni pueden atribuírsele.

*Este es un artículo de opinión de Emile Nakhleh, profesor investigador de la Universidad de Nuevo México, miembro del Consejo de Relaciones Exteriores y autor de "A Necessary Engagement: Reinventing America's Relations with the Muslim World" (Un compromiso necesario: la reinvención de las relaciones de Estados Unidos con el mundo musulmán).

Editado por Kitty Stapp / Traducido por Álvaro Queiruga


Sobre esta noticia

Autor:
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Fuente:
grupocronicasrevista.org
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Tipo:
Reportaje
Licencia:
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