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Juan Alberto Schiaffino

16/08/2011 15:46 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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Eran los tiempos del balón de cuero con la costura por fuera y la novedad de que la válvula se podía inflar de manera externa sin tener que descoser nada. Y había un rey. A mitad del siglo XX no había quien se le acercara en la cúpula del buen fútbol. Aprendió a silenciar al mundo creando arte a la hora de pisar una cancha: era inteligente, certero, sencillo pero a la vez espectacular. Lo hacía todo tan fácil que rendía a sus pies a quien se le pusiera en frente. Tan pulcro que obviaba esos momentos de tensión hombre a hombre y se robaba la atención con pases milimétricos, gambetas imposibles y zancadas fantásticas. La mitología vuelve a ELBUENFÚTBOL* con uno de los más grandes de la historia, el Pepe Schiaffino… la dulzura en el terreno de juego.

La vuelta del fútbol significó el retorno del rey. Tras las guerras, Uruguay acaparó todo en el ambiente más hostil y menos pensado. Los re-fundadores del balón se encargaron de colocar y registrar sus colores en la eternidad y lo hicieron cargados por los hombros de un tipo espigado y flaco, quijada apretada, serenidad pura y dureza en la mirada.

El panadero que triunfó en la vida metiendo balones al horno, cocinando trofeos, comiéndose al mundo. Juan Alberto Schiaffino significó otra evolución del fútbol. A decir del excelente libro de Bernard Morlino, Retratos legendarios del fútbol, los registros de la época dejaron en claro que no había otro como él. Fino y atrevido. Imparable. Schiaffino, el uruguayo que nació entre los laureles que impuso el seleccionado charrúa en los 20′ s y 30′ s, se hizo profesional con el don de la rapidez mental. Un delantero que involucionó posiciones en la cancha conforme la edad lo fue absorbiendo -pasó del ataque a la media y de la media a la zaga como líbero-, pero que maduró siempre en función de la creación e ingenio del equipo.

A sus 25 años jugó el Mundial que le cambiaría la vida al fútbol. Aquella tarde del 16 de julio el estadio Maracaná quedó crucificado por la irrespetuosa afrenta y justa victoria charrúa. casi 200 mil voces se apagaron con el drible de Schiaffino, la pared con Ghiggia y la posterior definición de antología al ángulo. Brasil no pudo regresar del shock y Uruguay, con Juan Alberto Schiaffino de mariscal, completó la tragedia en botines del otro protagonista, Alcides Ghiggia.

Juan Alberto SchiaffinoTras la increíble gesta de 1950, el Pepe se consolidó en el Peñarol, dejó un promedio de .39 goles por partido y, tras la confirmación de su potencial en Suecia 1954 -actuando ya como mediocampista creativo-, fue fichado por el Milan en la que se volvió la transferencia más cara de la historia (103 mil euros de nuestra época). Para entonces sus 29 años ya no tan prometedores pero que sí aseguraban calidad todoterreno lo empujaron a imponerse en el fútbol italiano. Y lo logró: triunfó durante ocho años en el Calcio, fue tricampeón rossonero, adquirió la nacionalidad italiana en el 54 y por cuatro años fue el mariscal de la Azzurra; se convirtió en la referencia, el ídolo del momento. Al final, en 1960, tras 17 años de fútbol profesional, se resguardó en la defensa por dos temporadas más con la Roma y ahí decidió ponerle fin a su admirable y prestigiosa carrera.

Pese a su transición como referente en Italia, el estandarte de Juan Alberto Schiaffino presumió siempre su raíz charrúa, las barras celestes y blancas y el sol dorado en lo más alto. El triunfo de la sencillez frente a lo más complicado. La razón que se impuso a la lógica. El buen fútbol traducido en serenidad y compromiso. Así era Schiaffino. Así se construyó el héroe y la máxima gloria del fútbol uruguayo.


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elbuenfutbol.com
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