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Juicio y sentencia de Arnulfo García

07/02/2012 13:54 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

imageEl juicio de Arnulfo

El éxito es efímero, dura un instante. No para todos. Depende de cómo se labre y conciba la gloria. Esa reflexión no ha dejado conciliar el sueño a Arnulfo García, aquél mítico delantero que quebraba cinturas y hacía llorar redes enemigas con un cañón letal. Se recuerda como un futbolista idolatrado, repleto de títulos y honores, sin embargo también se repasa como un hombre fallido, un ser que le dio la espalda a lo que él piensa se llama "vida".

Hizo de la cancha su mundo. Fuera del rectángulo verde nada era tan importante. Perdió a su esposa y dos hijos en dos ocasiones. La primera porque fiestas, alcohol, prostitutas y una que otra droga daban más felicidad que una esposa abnegada y un par de escuincles chillones. La segunda porque la camioneta en que viajaban la mujer y los dos niños se patinó sobre la carretera y no dejó sobrevivientes. Arnulfo se salvó gracias a que los había abandonado un mes antes. No le dio tiempo al luto, pues la parranda fue la excusa para no sentir.

Confrontándose con la memoria se reprocha el haber negado o cobrado fotografías y autógrafos a los aficionados. También se juzga por haber pagado grandes cantidades de dinero a varios periodistas para que hablaran bien de él; hoy no existe para ningún medio. Ahora, en su vejez y soledad, procura asimilar el retiro del fútbol, mismo que tuvo lugar hace 25 años. Arnulfo se sabe sin nadie, sin nada. Además de someterse a un juicio propio, el hombre quisiera formar parte de algo, de alguien. No lo dice, pero en el fondo lo quiere. Antes de dictarse sentencia, García cree necesitar un perdón.

La deliberación

Hambriento, Arnulfo decidió ir al pequeño supermercado que está cerca de la casa. Le disgusta comer en puestos callejeros y guisar. Tampoco tiene dinero para pagar una comida digna en un restaurante. La mejor solución es comprar unos burritos que la cajera calienta en el microondas. Mientras se decidía entre unos de frijoles o mole, un hombre se acercó a García y con una pistola le apuntó por la espalda.

"Tranquilo. No es un asalto ni un secuestro. Sé quién es usted. ¡Vaya que lo sé! Estuve esperando a que saliera de su casa para toparlo. Si le apunto es porque le tengo mucho coraje. Pero vine a pedirle que me acompañe", dijo el hombre.

Sin burritos, Arnulfo salió del lugar en compañía del hombre. Subieron a un taxi y tomaron camino. "Creo que merezco preguntar a dónde vamos", dijo García. "Vamos a casa. Vamos con su esposa", le respondió el hombre. Desconcertado, Arnulfo creyó ser víctima de un loco, de un desquiciado que nada bueno tenía pensado. No gritó ni reclamó. El asombro fue tal que no encontró manera de expresar su incredulidad.

Llegaron a la casa del hombre. García entró por gusto propio, pues estaba intrigado. Una ligera adrenalina se apoderó de él y quería saber para qué fue llevado a ese sitio. "Mamá, ya llegué. ¡Mira quién vino! ¡Papá regresó!". Arnulfo miró al hombre y éste le devolvió la mirada con ojos sinceros. "Mire, si lo traje es porque necesito de usted. Aunque no lo crea me hará un gran favor y requiero de toda su ayuda. Se lo pide un viejo aficionado".

Una anciana de 75 años apareció frente a ellos. Encorvada, con andadera y una cabellera lacia, larga y bien cuidada, la mujer se acercó a García. Lo observó minuciosamente. Le acarició una mejilla y le tomó la mano. "Volviste Arnulfo, volviste". Sin pensarlo, por impulso, Arnulfo la abrazó. "Volví, volví". Con una sonrisa indescriptible, la anciana regresó a su recámara no sin antes decirle a su hijo "qué bueno que encontraste a tu papá".

Una vez que la anciana se durmió, el hombre le explicó a García lo que estaba pasando:

"Usted fue mi ídolo de niño. Alguna vez me cobró por un autógrafo. Mi mamá siempre decía que lamentaba mucho que usted no fuera mi padre porque era un hombre guapo y varonil. Decía que usted sería un gran ejemplo para mí.

Mamá comenzó a perder la razón hace algunos años. Hay cosas que no recuerda, inventa otras y algunas logra identificar. De entre sus alucinaciones ha creído que en verdad usted se casó con ella y que es mi padre. Durante los últimos meses ha insistido en que lo buscara, que tenía que encontrar al amor de su vida, a mi padre. Y ya ve, aquí nos tiene".

La sentencia

Y García se dictó sentencia. Mientras aquella mujer estuviera viva, él sería su esposo. A cambio, y en silencio, Arnulfo suplicaba a esa mujer, a sus creencias, que le heredara la locura para no tener que pasar el resto de sus días soportando la consciencia de la soledad; despreciándose.


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elbuenfutbol.com
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Reportaje
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