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La bella durmiente

20/08/2013 06:17 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

imageDer Spiegel Por Jürgen Habermas

Con un título en forma de súplica, ‘No queremos una ‘Europa alemana’’, Wolfgang Schäuble desmentía recientemente en un artículo publicado al mismo tiempo en Gran Bretaña, Francia, Polonia y España, que Alemana aspirara a asumir el liderazgo en el ámbito político en Europa. Wolfgang Schäuble, que con la ministra de Trabajo [Ursula von der Leyen], es el último miembro del gabinete de Angela Merkel que se puede calificar de ‘europeo’ salido del molde de Alemania del Oeste, habla con convicción. Es todo lo contrario a un revisionista al que le gustaría desligar a Alemania de Europa, destruyendo con ello lo que constituye el fundamento de la estabilidad desde la guerra. Conoce el problema cuya resurgencia debemos temer todos nosotros, los alemanes.

Tras la fundación del Imperio en 1871, Alemania había asumido una posición funesta y casi hegemónica en Europa. Alemania era, según los términos tantas veces mencionados por [el historiador alemán] Ludwig Dehio, ‘demasiado débil para que su influencia se sintiera en el continente, pero demasiado fuerte para alinearse’. Una situación que también allanó el camino para los desastres del siglo XX. Gracias al éxito de la unidad europea, tanto la Alemania dividida como la reunificada ya no podían volver a caer en ese viejo dilema y está claro que a la República Federal le interesa que no cambie nada en este sentido. ¿Pero acaso no ha cambiado la situación?

Una hoja de ruta impuesta

Wolfgang Schäuble reacciona ante una amenaza actual. Es él quien impone el rumbo inflexible de Angela Merkel en Bruselas y quien intuye las fisuras susceptibles de desembocar en la dislocación del núcleo de Europa. Es él quien, dentro del círculo de los ministros de Finanzas de la eurozona, se enfrenta a la resistencia de los ‘países beneficiarios’ cuando bloquea los intentos de un cambio de estrategia. Su oposición a una unión bancaria con la que se podrían mutualizar los costes relacionados con la liquidación de las maltrechas entidades bancarias tan sólo es el último ejemplo hasta la fecha.

Wolfgang Schäuble no se desvía ni un ápice de las consignas de la canciller, que se niega a que el contribuyente alemán corra a cargo de una suma superior a la cantidad exacta de las líneas de crédito que los mercados financieros exigen sistemáticamente para el rescate del euro, y que siempre han obtenido con una ‘política de reflotamiento’ abiertamente favorable a los inversores.

Ese rumbo inflexible, está claro, no excluye un gesto de 100 millones en forma de créditos a favor de las pequeñas y medianas empresas, que el próspero tío de Berlín paga a los primos en aprietos de Atenas, echando mano de las cajas del país. Lo cierto es que el Gobierno de Angela Merkel impone su hoja de ruta anticrisis a Francia y a los ‘países de Europa del Sur’, mientras que la política de compra del Banco Central Europeo le aporta un sostén inconfesable. Ahora bien, al mismo tiempo, Alemania rechaza la responsabilidad de la UE en las repercusiones desastrosas de esta estrategia, mientras que lo asume tácitamente al desempeñar la función ‘perfectamente natural’ de líder. Basta con observar las cifras alarmantes de desempleo juvenil en el sur de Europa, resultado de la cura de austeridad que afecta sistemáticamente a los ciudadanos más vulnerables de la sociedad.

‘Modernizar’ la administración Si bien sólo representa a uno de los 28 Estados miembros, Angela Merkel puede hacer valer sin problemas los intereses de la nación, o al menos los que ella estima como tales

Analizado desde esta perspectiva, el mensaje de un Berlín que no quiere una ‘Europa alemana’ se puede interpretar de un modo menos positivo: la República Federal evade su responsabilidad. Desde el punto de vista formal, el Consejo Europeo toma sus decisiones por unanimidad. Si bien sólo representa a uno de los 28 Estados miembros, Angela Merkel puede hacer valer sin problemas los intereses de la nación, o al menos los que ella estima como tales. El Gobierno alemán saca provecho del dominio económico del país, e incluso un provecho desproporcionado, siempre que sus socios piensen que Alemania cultiva en la Unión una fidelidad desprovista de cualquier ambición política.

Pero ¿cómo conceder el más mínimo crédito a esos gestos de humildad ante una política que se beneficia sin tapujos del predomino económico y demográfico del país? Cuando, por ejemplo, el endurecimiento de las normas sobre emisiones afecta a los flamantes todoterrenos de los nuevos ricos (una medida totalmente en consonancia con la transición energética) y amenaza con perjudicar a la industria automovilística alemana, el voto [en Bruselas] se propone sine die, tras la intervención de la canciller, hasta que se satisfagan las exigencias del lobby o hasta que hayan pasado las elecciones legislativas. En mi opinión, el artículo de Wolfgang Schäuble es una reacción a la irritación que provoca el doble juego de Berlín entre los jefes de Gobierno de los demás países de la eurozona.

En nombre de imperativos de mercado ante los que supuestamente no existe otra opción, el Gobierno federal, cada vez más solo, impone una cura de austeridad severa a Francia y a los países en crisis. Al contrario de lo que sucede en realidad, considera que todos los Estados miembros de la eurozona son capaces de decidir por sí solos sus políticas presupuestarias y económicas. Dichos Estados, cuando es necesario con ayuda de los créditos del fondo de rescate pero sin el apoyo de nadie, deben ‘modernizar’ su administración y su economía y reactivar su competitividad.

Soberanía ficticia

Esa soberanía ficticia es muy cómoda para la República Federal, porque exime al socio más fuerte de tener en cuenta las repercusiones negativas que pueden tener sus políticas en los socios más débiles. Una situación de la que ya advirtió Mario Draghi [presidente del BCE] hace un año, cuando declaró: ‘No es legítimo, ni viable, que algunos países dirijan unas políticas económicas susceptibles de perjudicar la economía de los demás Estados miembros de la eurozona’.

No nos cansaremos de repetirlo: las condiciones poco favorables en las que opera la eurozona hoy se deben al fallo de diseño de una unión política inacabada. Por ello, la solución no estriba en cargar el problema a las espaldas de los países afectados por la crisis, concediéndoles créditos al mismo tiempo. La prescripción de curas de austeridad no bastará para corregir los desequilibrios económicos que imperan en la eurozona.

Sólo con una política presupuestaria, económica y social común, o al menos concertada, se podrían nivelar esas disparidades a medio plazo. Y si no queremos hundirnos totalmente en la tecnocracia, conviene preguntar a los ciudadanos qué opinan sobre una Kerneuropa[núcleo europeo] democrática. Wolfgang Schäuble es consciente de ello y no dice otra cosa en las entrevistas que ha concedido [al semanario alemán] Spiegel, aunque no se traduzcan en su acción política.

La política europea se encuentra en un callejón sin salida, algo que [el sociólogo alemán] Claus Offe demostró claramente: si no queremos abandonar la eurozona, se impone una reforma institucional, que llevará mucho tiempo, por impopular que sea. Por ello, los responsables políticos que sueñan con la reelección aplazan sin cesar la resolución del problema. El Gobierno alemán se encuentra en una posición molesta: hace tiempo que con su acción asume la responsabilidad de toda la Unión.

También es el único Gobierno capaz de lanzar una iniciativa importante para avanzar y para ello debe conseguir que Francia se sume a su visión. No estamos hablando de cualquier cosa, sino de un proyecto en el que los hombres de Estado más eminentes de Europa realizaron unos esfuerzos considerables hace más de medio siglo. Por otro lado, hay que determinar qué entendemos por ‘impopular’.

Cortinas de humo y paternalismos Subestimar a los electores o exigirles demasiado poco siempre es un error

Cualquier solución política sensata debería contar con el aval de los electores. ¿Y cuándo si no antes de las elecciones legislativas? Lo demás son tan sólo cortinas de humo y paternalismos. Subestimar a los electores o exigirles demasiado poco siempre es un error. En mi opinión, es un fracaso histórico que las élites políticas alemanas sigan cerrando los ojos, como si no sucediera nada, y si insisten en las visiones a corto plazo y las vacilaciones a puerta cerrada sobre los detalles, que es su manera de proceder actualmente.

En lugar de ello, deberían dirigirse directamente a los electores, cada vez más inquietos, y a los que jamás se les han planteado cuestiones europeas de fondo. Después, deberían iniciar un debate inevitablemente sobre las opciones factibles, aunque todas tengan un precio. También deberían acabar con el silencio impuesto que impera sobre las consecuencias nefastas de la redistribución, algo que los ‘países donantes’, por su interés a largo plazo, deben aceptar a corto y medio plazo, ya que se trata de la única respuesta constructiva a la crisis. Conocemos la respuesta de Angela Merkel: balbuceos soporíferos. Su personaje público parece carecer de un núcleo normativo.

Desde el surgimiento de la crisis griega en mayo de 2010 y laderrota[de los cristiano-demócratas] en las elecciones regionales de Renania del Norte-Westfalia, avanza con pasos meditados y cada uno de sus gestos está dictado por el oportunismo del dirigente que quiere mantenerse en el poder. Desde el inicio de la crisis, la hábil canciller se anda con rodeos con sagacidad, pero sin mostrar unos principios reconocibles, y por segunda vez priva a las elecciones al Bundestag de cualquier asunto polémico, sin hablar de la política europea, un asunto cuidadosamente bloqueado. Puede dar forma a la hoja de ruta a su antojo, ya que la oposición, si se atreviera a presionar sobre la espinosa cuestión de Europa, correría el riesgo de enfrentarse al contundente argumento de la ‘unión de la deuda’.

Europa se encuentra en un estado de emergencia y el poder político recae en los que deciden qué asuntos puede tratar la opinión pública. Alemania no se está divirtiendo, sino que está pensando en las musarañas. ¿Las élites están fracasando? Todo país democrático tiene los dirigentes políticos que se merece. Y hay algo peculiar en el hecho de esperar que los políticos electos se comporten de un modo distinto al habitual. Me alegro de vivir en un país que desde 1945 puede vivir sin héroes. Tampoco soy de la creencia de que las personas son las que hacen historia, al menos en general. Simplemente señalo que existen situaciones excepcionales en las que la perspicacia y la imaginación, el valor y el sentido de la responsabilidad de los depositarios del poder influyen en el curso de las cosas.


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Fuente:
grupocronicasrevista.org
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Reportaje
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