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La herencia de una camiseta

10/09/2012 01:49 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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Hay camisetas que no se tiran, se heredan

Sin planearlo se hizo aficionada del equipo. Jamás le gustó el fútbol, lo consideraba un deporte para idiotas. Hace un año cambió de parecer, hace un año perdió a Roberto. El cáncer le arrebató a su tesoro más preciado cuando apenas había cumplido 20 años de edad. Antes de que el debilitado cuerpo de su hijo se convirtiera en cenizas, ella le prometió que la playera no dejaría de hacerse presente en el estadio.

Desde que tenía 13 años, Roberto apoyó cada 15 días al club de sus amores. Fuera solo o en compañía de los amigos cada dos semanas se instalaba en las tribunas para sufrir y gozar los partidos, para festejar las alegrías y llorar las derrotas. Si había victoria de por medio era el chico más feliz del mundo, pero si había caídas se convertía en la depresión misma.

Su madre no entendía semejante afición. Así viera envuelto a su hijo en sonrisas o lágrimas, ella lo regañaba. ‘Hay cosas más importantes para estar triste o contento, cosas que sí valen la pena. Comprende, la vida no se nos puede ir en tonterías’, le decía. ‘Mamá, no te azotes. Tú te vuelves loca con las telenovelas, yo con el fútbol. Piensa que es lo mismo’, respondía Roberto.

El dolor por atestiguar la agonía de su hijo, que le explicaba preferir soportar las quimioterapias en lugar de faltar al estadio, la aniquilaba. Hasta que no lo vio al borde de la muerte supo que él encontraba en el balón, en sus ídolos, una cura para alimentar el espíritu que todo futbolero posee, la pasión.

Tan joven y corto de edad, Roberto aceptó su realidad y reafirmó un gusto que va más allá de lo comprensible. ‘Mamá, sé que voy a morir. Es el destino de todos, la diferencia es que me llegó antes que a otro. Lo único que lamento es no tener un hijo. ¿Sabes por qué? Porque así como heredamos genes y enfermedades creo que también se heredan pasiones. ¿Te imaginas que será de la soledad de mi camiseta?’.

Al escucharlo, su mamá le prometió que no arrumbaría la camiseta, que no la guardaría como un bonito recuerdo: ‘No digas eso Roberto. Te juro que yo usaré tu playera’. El chico le tomó la mano, le acarició la mejilla: ‘No se trata de eso, mamá. A ti no te gusta el fútbol, pero la playera bien podría usarla alguien más. ¿Me explico? Alguien que sepa lo que implica portarla’.

Desde hace un año, ella acude cada 15 días al estadio. Cada partido, sentada junto a la prenda, se imagina cómo Roberto vivía el fútbol. No se ha dado cuenta, pero cuando hay un gol del equipo lo grita. Tampoco se percibe en el éxtasis del triunfo y en la tristeza de la derrota. Aficionada fiel y sensible al balón, lejana de dimensionar que es su nueva faceta, ella suele interrumpir su desconocida pasión para buscar en las tribunas al que pueda ser digno portador de la playera de Roberto.

Todavía no lo encuentra. Es probable que en un futuro quiera no hallarlo, pues puede comprobar que cada 15 días el equipo y ella se necesitan mutuamente para mantenerse con vida, para preservar el latido de una prenda que alberga muchísimo más que una aparente tela sin dueño.


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Autor:
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Fuente:
elbuenfutbol.com
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Tipo:
Reportaje
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