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La ocurrencia del buen fin

17/11/2011 19:46 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

A nivel individual es atractivo comprar una televisión o una computadora a precio reducido; a nivel colectivo, las bases teóricas de intentar reactivar la economía por la vía del consumo son discutibles

No estoy en desacuerdo, en principio, con la idea de que la iniciativa privada otorgue descuentos excepcionales en la adquisición de diversos productos. El buen fin ?inspirado en el black friday estadounidense? está diseñado, al menos hasta cierto punto, para favorecer a las clases medias, atrapadas normalmente entre el abuso fiscal y el abandono gubernamental. Una de las causas que explican el bajo crecimiento mexicano es el golpeo institucional que sufre la clase media, la más numerosa del país según estudios recientes, la clase dinámica y generadora de empleos. Las políticas asistencialistas sólo ofrecen paliativos a la pobreza; la única forma de que el pobre deje de serlo es con trabajo estable y razonablemente bien remunerado. Ese beneficio lo irrogan las clases medias emprendedoras. Aun cuando guardo la convicción de que un ingreso extraordinario como el del aguinaldo debería emplearse para cumplir objetivos financieramente más sanos, entiendo la importancia psicológica de que las personas trabajadoras puedan permitirse algún lujo de vez en cuando.

Sin embargo, como enseñaba Émile Durkheim, los hechos suelen tener una lectura muy diferente según su nivel de análisis: a nivel individual es atractivo comprar una televisión o una computadora a precio reducido; a nivel colectivo, las bases teóricas de intentar ‘reactivar’ la economía por la vía del consumo son, en el mejor de los casos, discutibles, en el peor, francamente perjudiciales. El buen fin, y propuestas similares, son irrelevantes para el efecto de impulsar la economía en virtud de que reposan sobre un creencia errónea. Para explicarlo con claridad es necesario, como paso previo, exponer las ideas de Jean-Baptiste Say, específicamente las relativas a su ley de los mercados, y, posteriormente, la crítica keynesiana, hipotético fundamento del consumo como motor del crecimiento económico.

En su Tratado de Economía Política, Jean-Baptiste Say formuló un principio económico de enorme profundidad y que se expresa con una frase corta: la oferta crea su propia demanda. ¿Qué quería decir con esto el economista francés? Que el hecho de producir propiciaba las condiciones para el intercambio de productos. A mayor producción, mayor riqueza, en consecuencia, por la abundancia de productos y servicios para intercambiar, mayor demanda. La ley de Say postula que el dinero es sólo un medio para facilitar los cambios, como demuestra la historia del derecho mercantil, una necesidad práctica para superar las limitaciones del trueque. Lo que las personas quieren a cambio de sus productos no es exactamente dinero, inútil en ausencia de mercados, sino otros productos que satisfagan sus necesidades. En suma, un país es tan rico como su producción; la abundancia de productos y servicios asegura su intercambio, con ello, el auge del mercado interno.

Frente a la ley de los mercados se erigió una corriente de pensamiento encabezada, entre otros, por Robert Malthus y que alcanzó, ya en el siglo XX, de la mano de John Maynard Keynes, su forma más elaborada. La idea de Keynes consiste grosso modo en la afirmación inversa de la loi des débouchés, es decir, que la demanda, la capacidad de compra, provoca la oferta. Según este influyente autor británico, la expansión monetaria, y la consecuente posibilidad de retirar del mercado productos y servicios, asegura el aumento de producción por efecto de las ventas previas. La propuesta de Keynes, sin embargo, adolece de un evidente error de argumentación. Si bien es cierto que la expansión del circulante habitualmente incrementa la demanda, la suposición de que dicho aumento se transformará en mayor producción y, por ende, en crecimiento económico carece de suficiente densidad lógica. La experiencia demuestra, en forma diferente, que los aumentos en la base monetaria en algún momento se convertirán en inflación. La consecuencia más simple ?y la más probable siguiendo la navaja de Ockham? es el incremento de los precios, pues el ensanchamiento de la producción resulta más complejo e improbable.

A pesar de todo, los políticos suelen preferir el camino keynesiano, que les permite gastar de más y, al mismo tiempo, consolidar el control sobre sus clientelas políticas, pues la esfera del poder se rige por el eje de su conservación, aun a costa de la viabilidad económica a largo plazo. La crisis mundial, salta a la vista, no es el punto de ruptura del capitalismo, como se empeñan en difundir ciertos sectores de izquierda; lo que verdaderamente está en crisis es la implementación política de las terceras vías que han contaminado las finanzas públicas con déficits presupuestales irresponsables y concepciones del Estado de bienestar que no soportan el menor análisis. El sueño europeo de Maastricht se ha estrellado con la propensión de los políticos a gastar más, mucho más, de lo que ingresan, carga fiscal ?pues tarde o temprano se convertirá en impuestos? que no coincide de ninguna manera con los lineamientos teóricos del auténtico capitalismo. En México, por poner otro ejemplo, es normal que los políticos presenten los aumentos en el gasto social como un triunfo administrativo, sin embargo, desde el punto de vista lógico, lo único que eso significa es que sus políticas sociales no funcionan: el paciente, en lugar de recuperarse, requiere cada vez de mayores dosis de medicamento.

La estimulación del consumo produce un cierto bienestar artificial a partir de la sensación del aumento de la capacidad de compra. A la larga, no obstante, todo esto se traducirá en inflación y, si persiste la irregularidad, en la temida estanflación, combinación de estancamiento de la economía y espirales inflacionarias. Por las razones expuestas, y otras más complejas, los ‘estímulos’ a la economía aplicados en los países en crisis casi nunca producen el resultado esperado. Japón ha desperdiciado muchos años inmerso en estas circunstancias sin encontrar, por supuesto, la grandeza perdida, y Estados Unidos lo único que consigue es postergar, al costo de comprometer un déficit presupuestal cada vez más difícil de subsanar, la solución definitiva a sus problemas.

El buen fin mexicano se coloca en el campo de las ocurrencias. Las políticas que incentivan el gasto constituyen una puerta falsa. La ley de Say recoge los principios de los economistas clásicos y ha demostrado, con la prueba del tiempo, su validez. El único camino a la prosperidad es el de los principios liberales, no otra cosa que las reglas básicas de la teoría económica: el respeto a la propiedad privada, el individualismo y la igualdad de oportunidades, en pocas palabras, el camino de la libertad.


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Autor:
Rafael Soler (2 noticias)
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