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Los caciques del pueblo

31/05/2009 18:07 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Las palabras de los mandones simplemente se obedecían..

En el pueblo había gentes pudientes, aunque fueran tan pobres como cualquier jornalero que se ganaba el pan trabajando de sol a sol. Sin embargo, tenían algo que los hacía diferentes. Eran las que mandaban y su palabra era una orden para todos. A ellas, también conocidas como caciques, simplemente se les obedecía o lo que ordenaban se consideraba como la última palabra. Así era la vida en esas tierras codiciadas por propios y extraños, donde simplemente unos alzaban la voz y otros, atentos y sumisos, interpretaban el tono y actuaban en consecuencia.

A Juán Nepomuceno, se le reconocía como el eterno delegado de polícia, siempre con su escuadra colgada al cinto, y cabalgando en su caballo blanco, un cuadrúpedo viejo y flaco, pero al fin y al cabo un envidiado medio de transporte en una comarca donde el tranvía pasaba una vez a la semana para recoger a los pasajeros interesados en visitar Cajeme; la menor de las veces, cuando caminaba por las calles polvorientas, era difícil no seguirle la huella, ya que dejaba pintados sus largos pies calzados por unos huaraches hechos y trabajados a mano, cortados de llantas Goodrich Euskadi ó de la General Popo. De barba tupida y cana, era raro ver su rostro sin su puro, lanzando humo y escupiendo a diestra y siniestra.

Él le tenía mucho respeto a mi padre, quizá porque era una de las pocas maneras que tenía de tomarse unos tragos de Yocogihua y de bacanora sin gastar ni un cinco. Don José Encarnación distribuía esas bebidas a botellas llenas. A Juán Nepomuceno le gustaba el mezcal y el buen vino. Sus llegadas a la casa, en ocasiones inoportunas, eran muy frecuentes. Las más de las veces empezando el día, otras a mediodía o ya entrada la tarde, y las menos a mitad de la noche. Uno estaba acostumbrado a esas visitas. No en vano mi padre era el vinatero del pueblo.

Varias veces le miré, sentado en una vieja silla construida rústicamente con palos de mezquite, meciendo su cuerpo alto, cuadrado y regordete, contar sus historias. Mi padre le miraba con atención. A lo mejor sin escucharlo. Pero lo toleraba. Algunos que le conocían bien, como la palma de su mano, le apodaban "don cheno", y afirmaban que para decir una verdad, primero contaba diez mentiras. Por eso cuando uno mentía, se decía que estaba diciendo "chenadas".

Y vaya que había muchas. A "don cheno" se le adjudicaban cuentos de los cuales era protagonista:

-En cierta ocasión -narraba- que orinando en un hormiguero, se descuidó un poco y cientos de hormigas se subieron por el chorro, picándole por todos lados y enviándolo con "doña tila", la curandera, quien le sanó milagrosamente dándole de tomar, como agua de uso, fuertes borbotones de canela con chichiquelite.

En otra de sus anécdotas, deleitaba a sus escuchantes, con sus aventuras:

-En cierta ocasión andando perdido por el monte se cruzó en su camino un coyote enojado y probablemente rabioso, dados los espumarajos que salían por su hocico, y que quería morderlo. Empero aquel animal conoció de él sus habilidades y destrezas, ya que en un agarrón peliculesco alcanzó a meterle la mano por la boca y llegarle hasta la cola, de tal suerte que lo jaló y lo volteó alrevez, para dejarlo muerto y con los ojos desorbitados.

Había gentes pudientes... que se ganaban el pan trabajando de sol a sol

Eso era lo que contaba.La última que se traía era cuando fue amarrado con cadenas por un grupo de forajidos que habían tomado por asalto la cantina del pueblo, y mientras bebían, se burlaban y contaban "charras", les dijo que tenía sed y pidió que le dieran un vaso de agua con alfalfa. Esto le generó una superfuerza que como un supermán logro romper las cadenas y atrapar a los delincuentes. Ese era Juán Nepomuceno, el policía del pueblo y el narrador de historias inolvidables entre los lugareños.

En esa ranchería había otros personakes. También se hablaba mucho de don Guadalupe Santiaguío, un ejidatario flaco, alto, de sombrero ancho y con barbiquejo, que acostumbraba andar en caballo y con una caguayana clavada a un lado de la silla, para amiedar a quien se le pusiera enfrente.

Decía, casi gritando, que le gustaban las "potrancas", refiriéndose, claro, a las muchachas del pueblo y de comunidades vecinas. Era muy enamorado: se robó en las fiestas de San Isisdro, el patrono, a una que le decían "la tola", también a la "chuyita" y a la "gina". Con todas ellas se divirtió un rato, Después las dejó.

Otro más era "chico" García. Un ejidatario "güero" que vestía a la uzansa de los campesinos pudientes: con botines de la "Canadá", camisas "Mariscal" y pantalones de mezclilla "Levis Strauss". Tenía un "yipito" tirando a verde y una hijas que para que les cuento: la Marisela, la Cecilia y la Mercedes. eran de las chiquillas más asediadas no solo porque eran físicamente muy bien dotadas, sino porque eran hijas de "don chico", un hombre que además de mandar era reconocido como un "gabino", en alusi{on al revolucionario que dejaba mujeres con hijos por dondequiera.

Pero era de los que tenían autoridad y se le guardaba tanto respeto, como a "don pepe", "el chapo Caravantes" y "los Gutiérrez", de quienes algún día les hablaré ampliamente, no solo de sus habilidades para manipular conciencias, sino también para despojar de sus bienes a los analfabetos que les firmaban documentos en blanco, a cambio de unas cervezas que degustaban bajo la sombra de alamón que, después de 50 años, continúa siendo el punto de reunión en el cenro del pueblo. Qué cosas tiene la vida. Y solo les cuento estos trozos minúsculos de esas historias.


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Cuauhtemoc Mavita E. (70 noticias)
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