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Los otros festejos

14/08/2012 13:02 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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‘Para un pueblo necesitado de alegrías’

Es una medalla para un pueblo tan necesitado de alegrías, Luis Fernando Tena.

Zona de guerra

Ha terminado el partido. Juan no cabe de contento por el triunfo de la selección en Londres. ‘El oro, mamá. ¡El oro! ¡Ganamos el oro!’, grita como loco sintiéndose parte del equipo vencedor. Tiene todo el derecho a sentirse uno de ellos. A sus ocho años de edad ha encontrado un vínculo de alegría con alguien más. Desde hace tres años no sonreía en comunión con otros. De hecho, ya no sonreía. Selló los labios en línea recta después de que el plomo llegara a engendrar miedo y desolación en la ciudad. Sus padres quisieran que saliera a la calle para ondear su bandera de México con todas sus fuerzas, pero saben que no se puede. Sin que nadie les haya obligado a hacerlo, la comunidad decidió imponerse toque de queda; las balaceras están a la orden del día y a la salida del hogar. Únicamente se le concede a Juan el permiso de asomarse a la ventana para que grite ‘¡Viva México!’.

El sueño americano

Aprovechan que se ha ido el patrón para encender el televisor. Ya no vieron los goles, pero presencian la ceremonia de premiación. Al ver izada la bandera, lloran. Al escuchar el himno nacional todos se abrazan y lo entonan con la garganta desgarrada. El único ausente es Pedro. Recién llegó al gabacho y su espalda todavía está un poco mojada. A diferencia de sus paisanos, él carece del kilometraje de nostalgia que poseen sus ahora compañeros de trabajo. Pedro corrió hacia el teléfono para hablar con su hijo: ‘Nomás junto unos dolaritos y te compro tu playera de México. Hoy no esté triste, mijo. Yo tampoco lo estaré’.

Un día de suerte

Todas las noches borda y teje sus productos. Monederos, muñecas, pulseras y mantelitos le cuestan horas de trabajo, un costo que se lo regatean en pocas monedas. Ofelia no sabe que México ha ganado la medalla de oro; la indígena apenas tiene para comer. Piensa que los turistas están eufóricos por causa de una borrachera. Una pareja se acerca a ella y le compra varias cositas sin regatearle. ‘Somos campeones, señora’, le dice la chica. Ofelia sigue sin comprender. La chica le obsequia una pequeña bandera tricolor: ‘para que la ponga en su puesto’. Por un día, Ofelia vendió sus productos al precio justo.

Tras las rejas

Desde hace cuatro años está preso. Le echaron ocho años sin deberla ni temerla. No reniega de ser moreno y de baja estatura, sino de haber pasado por el lugar de los hechos para tomar un taxi. En su día de visita recibe a su madre. Ella quiere saber cómo va todo allá adentro. ‘No, jefa. Hoy no. Mejor cuénteme cómo estuvo el partido. A su manera descríbame cómo pasó’. El reo sigue deleitándose imaginando los goles de Oribe Peralta.

La voz de una ausente

Nadie le devolverá a su hija. Primero se la ocultaron y después se la entregaron muerta. A Arturo le vale una pura y dos con sal la proeza de Wembley. Sin embargo hace un esfuerzo enorme por alegrarse. No por él, sino por su niña que ya no está. La recuerda jovial y festiva, sobre todo futbolera. A la mente le vienen las rodillas raspadas de su guerrera o la ira hecha mujer porque había perdido un partido. Se dirige a la recámara de su gran dolor. Del ropero saca una playera de la selección nacional. La acaricia, la coloca sobre su pecho y mirando a la foto de su hija le exclama: ‘Tenías razón, nena. Algún día seríamos campeones. Donde quiera que estés seguramente estarás contenta’.

Las palabras de Galeano

Con su artritis, Don Sebas se fue a celebrar al Ángel. Era un chavo más entre los tantos jóvenes que hicieron del asfalto de Reforma una pista de carnaval. Considerándolo un ‘ruco poca madre’, chavos le tomaron fotografías. Un chico se aventuró a preguntarle qué sentía y cómo pensaba recordar el momento. ‘Obviamente estoy feliz. Y quiero recordarlo como recuerdo todo lo que hemos vivido como nación, absolutamente todo’. El chico le pidió que no hablara de política, a lo que el anciano reviró: ‘Nadie habló de política. Es mas, y como dijo Galeano, el fútbol no tiene la culpa que la gente no piense’. Don Sebas siguió festejando; el chico se quedó pensando.

Tan lejos y tan cerca

Lejos de la patria, en tierras extrañas, trata de cumplir con su propósito de obtener la maestría en Ingeniería Geofísica. La moneda local se disparó por la crisis económica que atraviesa el continente. Comienza a sufrir los estragos y la beca tendrá que sujetarla en penurias. El fútbol es su gran fuga ante los problemas y para colmo no tiene con quien festejar la presea dorada conseguida por México en los Juegos Olímpicos. Siente deseos hasta de abrazar a un poste de luz. Entra a una cafetería para intentar no sentirse tan solo. De repente escucha que un mesero habla español. El mundo es muy pequeño: dos mexicanos se encuentran, se abrazan, lloran. Surgió una amistad y al estudiante ya no le faltará comida.


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elbuenfutbol.com
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Reportaje
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