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La lucha de Calderón por “corregir” la percepción del ciudadano

17/04/2010 06:05 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Hablar mal de México no es un deporte ni una ociosidad mexicana, es apenas la mitad de lo que pensamos

Juan Norberto Lerma

Hablar mal de México no necesariamente es denigrar al país o a sí mismo de manera gratuita como nos ha querido hacer creer el presidente. Aunque dicha con otras palabras e intenciones, la crítica tiene un destinatario concreto: el gobierno en turno.

Señalar los padecimientos del país y magnificarlos, aparentemente es un poco hablar al aire, es describir nuestras dolencias particulares para convertirlas en abstractas y que se sufran menos; además, para que la responsabilidad del que emite los señalamientos se diluya. Criticamos arropados por la multitud con la confianza de que no seremos identificados; la masa nos protege, siempre y cuando no se vea comprometida. Basta que alguien señale un mal, con argumentos concretos o sin ellos, para que de inmediato surjan cientos o miles de voces que refuerzan al primero.

En México, critican “los medios”, “la sociedad”, los “organismos civiles”. ¿A quién critican?: “al gobierno”, al Congreso, a los “diputados”. Tanto el presidente como los ciudadanos, nos expresamos de forma genérica, sólo aludiendo, para que “al que le quede el saco que se lo ponga”. Se evitan los nombres propios, no vaya a ser que en una de esas le apliquen la ley al responsable de nuestros males.

Quizá esta forma de expresarnos tenga que ver con alguna parte esencial de nuestra manera de ser o suceda por el miedo racional que nos inculcaron estos y otros gobiernos. Casi ningún ciudadano confía en las instituciones y muchos menos en quienes ejercen el poder como para sostener ante las autoridades sus dichos.

Ejemplos de gente que la ha pasado mal por decir lo que piensa, con argumentos, sobran.

Lo cierto es que se critican de manera precisa y concreta nuestros padecimientos nacionales, pero sólo se alude vagamente a los culpables, nos limitamos “a darlo a entender”, nos andamos por las ramas. Supongo que para no llegar al enfrentamiento directo, ya sea por temor a represalias, o porque no se tengan de verdad argumentos concretos para fincar responsabilidades. Cuando denunciamos es porque el funcionario dejó de tener importancia dentro de las estructuras del gobierno y ya ni siquiera parece importante aplicarle la ley. Su castigo se lo dejamos al azar, al destino, y nos olvidamos rápidamente del él.

El presidente “sugiere” que no hablemos mal de México, pero en ese sentido debe estar tranquilo. No vamos a destruir la nación con nuestras frases. En realidad, en el fondo ni siquiera hablamos mal de nuestro país. Cuando decimos “México está jodido”, lo que quisiéramos decir es “Alguien jodió a México”, y lo expresamos con un tono de lástima, de incredulidad y casi siempre de enojo.

Hablar mal de México no es un deporte ni una ociosidad mexicana, es apenas la mitad de lo que pensamos. Para nuestra desgracia, los funcionarios han aprendido a sobrevivir a nuestras críticas. Los funcionarios no caen por culpa de las alusiones impersonales que dirigimos en su contra. Es más, ni siquiera se enteran de que hablamos de ellos.

A los ineptos o corruptos, en casi todos los demás países seguro los hubieran echado de sus puestos, sin embargo aquí, entre mayor es la crítica y la reprobación general de la población, las acusaciones se vuelven abstractas, se transforman en gajes del oficio que tienen que soportar “los sufridos funcionarios” y que a la postre terminan siendo culpas no de él, sino “del sistema”, “del Estado” que las tolera y las alienta.

"El que parece que ha comprendido el sentido verdadero de la crítica al país, es Calderón"

Es decir, las culpas se diluyen en la más completa abstracción hasta reducirse apenas a un rumor o una vaga noticia. Por esa razón es que ningún funcionario puede ser llevado a juicio. Todos están protegidos por algo más poderoso que el fuero político, todos están al cobijo de esa figura siniestra para el ciudadano: el sacrosanto Estado. Incluso es posible que debido a ese proceso mágico, que tan bien manejan los funcionarios de toda clase, perdamos la memoria y los veamos, sin apenas hacer un gesto, acomodarse en puestos de buen nivel sexenio tras sexenio.

Aunque son un camino indirecto, las críticas tienen su propia dinámica, que por supuesto no obedecen a lo políticamente correcto, tampoco a los altibajos de los mercados ni al gusto de los inversionistas y mucho menos al capricho del presidente en turno. Es cierto que en ocasiones obedecen más a la percepción que a los hechos, pero cuando los hechos se convierten en repetitivos, refuerzan la percepción. Además de un desahogo, las críticas son reprobaciones sociales, calificaciones de la población que de esa forma expresa lo acertado o no de las gestiones de quienes están al frente de las instituciones.

Cuando las cosas van mal, hasta los más favorecidos se atreven de cuando en cuando a realizar tímidamente críticas del país en su reducido círculo, casi siempre son declaraciones para consumo local. Si se llegan a salir de su reducido espacio ponen a desvariar a la clase política que se refugia en la abstracción de la institución, en el impersonal cuerpo del Estado.

El que parece que ha comprendido el sentido verdadero de la crítica al país, es Calderón. Hasta él percibe que algo no está saliendo tan bien como quería, intuye que las críticas en realidad no son contra el país, sino contra el gobierno que encabeza, porque su administración no está haciendo bien su trabajo y eso se nota. Si uno hace mal su labor y nadie se da cuenta, bueno, pero si lo hace mal y encima alguien lo critica es un escándalo. Desde luego si se es honesto consigo mismo se reconoce y se intenta poner remedio.

Sin embargo, Calderón tan perceptivo, equivoca la dirección de sus dardos. No es a la población a quien le debe “sugerir” que no hable mal de México o a los medios prohibirles que publiquen lo que sucede en el territorio nacional.

La inseguridad real, los hechos violentos reales, son en sí mismos una resultante de lo que hace o deja de hacer el gobierno y, en lugar de censurar a quienes ellos mismos pusieron o sostienen como autoridades y exigirles mejores resultados, Calderón emprendió una lucha contra “la percepción ciudadana” de que las cosas están mal y que este es un país jodido, con políticos jodidos, ciudadanos jodidos, medios jodidos, selección jodida, tv jodida…

Le hubiera resultado más rentable al gobierno pedirles a los narcos que por favor ya no asesinen, que ya no se maten porque alejan a los inversionistas y alteran los mercados; que ya no compren armas, porque por su culpa están diciendo en el extranjero que estamos jodidos y además dan muy mala imagen para el turismo. O rogarle a sus empleados que se profesionalicen y que hagan lo mejor posible su trabajo.

La lucha de Calderón contra la percepción del ciudadano, también está perdida.

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Lermanorberto (28 noticias)
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