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Manual Para Canallas

09/07/2010 03:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

“El cinismo de tu sonrisa es encantador”, me dijo aquella chava de caderas anchas y mirada alucinante. “Y eso que no es mi mayor virtud”, respondí halagado. “No me digas. Seguro dirás que eres un gran amante”, ella quiso ser sarcástica, lo cual me encantó

MANUAL PARA CANALLAS

ROBERTO G. CASTAÑEDA

EL ANTIFAZ ADECUADO

“El cinismo de tu sonrisa es encantador”, me dijo aquella chava de caderas anchas y mirada alucinante. “Y eso que no es mi mayor virtud”, respondí halagado. “No me digas. Seguro dirás que eres un gran amante”, ella quiso ser sarcástica, lo cual me encantó. “Sería preferible que lo averiguaras tu misma”, aclaré, “yo me refería a que puedo ser un caballero o un barbaján dispuesto a faltarte al respeto”. La bella soltó una carcajada que dejó al descubierto una dentadura perfecta. “Eres muy divertido para parecer tan aburrido”, eso me picó el orgullo. “El mejor truco de un mago consiste en convertirte en creyente de algo que no existe”, o algo así fue lo que dije. “Me llamo Natalia”, soltó mientras me daba su copa vacía. “Soy Roberto y me gustaría saber qué tomas”, mi lado galante salió a flote. “Vodka tonic, con una rodaja de limón”, pareció ordenar. Fui hasta la cocina, me crucé en el camino con mi amigo Andrés y le cuestioné quién era esa mujer. “No lo sé, creo que es una amiga de Gustavo. ¿A poco no está muy buena?”, me miró con complicidad. “Rock and roll”, asentí. Regresé con el trago de Natalia, quien seguía el ritmo de una rola de Kinky, una de mis favoritas. “Me gustan las fiestas en las que hay más mujeres que hombres”, murmuró. “A mí mucho más”, le guiñé un ojo. “Pero tú ya estás apartado”, su mano tocó mi brazo y juro que sentí una descarga eléctrica. “Ah, sí, y quién tiene derecho de apartado”, pregunté aunque era obvio. “Esta noche seré el insomnio que arderá entre tus sábanas”, sonó como una orden. Qué “peros” le puedes poner a la más guapa de la fiesta. Sólo un imbécil se negaría.

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Andrés no suele hacer fiestas para sí mismo, así que lo animé para que armáramos un reven en su departamento. Lo convencí con el argumento de que sería una fiesta temática: “el requisito será que vengan disfrazados de algún personaje de cine”. Al final aceptó, aunque él prefería celebrar en algún antro. Pero allí estábamos, los suficientes para pasarla bien hasta que amaneciera. Estábamos rodeados de un Hannibal Lecter, el Zorro o La Novia Cadáver. Desde luego, no faltó el clásico Neo de Matrix ni la princesa Arwen. El colmo fue el típico inmaduro que recurrió al gastado Harry Potter. Yo hice honor a mi único disfraz: un Blue Demon elegante, aunque sin músculos. Después de un par de horas todo mundo se cansó de las caretas y sólo unos pocos se quedaron caracterizados, como Natalia, que traía un antifaz que no ocultaba su belleza. Cuando le pregunté a qué se debía su atuendo, me respondió que era una mujer vampiro, “y venía buscando a El Santo, pero en cuanto te vi reconfirmé mi debilidad por los demonios”. Algunos bailaban Cuts you up de Peter Murphy. “Está buena la fiesta, pero creo que tu y yo deberíamos organizar un carnaval en privado”, propuso. Con discreción, le dije a mi amigo Andrés que me iba. “Pinche Roberto, eres un cabrón”, sabía que me marchaba con la espectacular morena. “Rock and roll”, confirmé.

“Esta noche seré el insomnio que arderá entre tus sábanas”, sonó como una orden. Qué “peros” le puedes poner a la más guapa de la fiesta. Sólo un imbécil se negaría

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El departamento de Natalia era algo frío y con pesadas cortinas que no dejaban entrar la luz. Pocos muebles, demasiado minimalista. La recámara era el sitio más cálido. Evitamos los rodeos. Desnuda era espectacular, sin un gramo de grasa. Nunca quiso quitarse el antifaz. Ella sabía enloquecer a un hombre, vaya que sí. Su lengua húmeda hurgó en mi oído, luego bajó por mi cuello, siguió por el tórax, se entretuvo en mi ombligo y cuando se regocijó en mi entrepierna supe que había incendios que en definitiva frecuentaría sin pretextos. Yo estaba que ardía. Justo cuando alcanzaba el mejor orgasmo de mi vida, ella se fue directo a mi cuello. Sentí un pinchazo y el dolor se confundió con el placer. “Tu sangre es deliciosa”, musitó en mi oído. Intenté comprender, traté de oponer resistencia mientras ella succionaba, pero estaba a su merced. Miré sus ojos y aquel destello ya no me gustó. No sentí miedo, sólo algo parecido a la angustia. “Podrías ser uno de los nuestros, pero eres demasiado sentimental”, siguió succionando de mi cuello. “Lástima, eres un encanto, pero te falta maldad”, fue lo último que escuché. Según yo, grité pero de mi garganta no salió ningún sonido.

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Fue entonces que algo me sacudió y abrí los ojos. “No manches, tuviste una pesadilla y estás ardiendo en fiebre”. Era mi hermano Claudio, que me miraba alarmado. Me sentía aturdido. Tanto pinche antibiótico y esta jodida enfermedad se han confabulado en mi contra. Recuperé la respiración. Fui al baño, vomité un poco, me apoyé en el lavabo. El espejo me devolvió una caricatura de mí mismo. Ah chingá, ¿y eso? Me revisé el cuello: dos extrañas marcas empezaban a cicatrizar. Creo que no he despertado, quise justificar. Natalia no dejaba de danzar en mi cabeza. Demasiado bella para ser realidad. Me sentía muy débil para pensar. Regresé a mi cama. El cuello me dolía horrible. En cuanto dormí, volví a soñar con aquel antifaz.

La bella soltó una carcajada que dejó al descubierto una dentadura perfecta. “Eres muy divertido para parecer tan aburrido”, eso me picó el orgullo


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Autor:
Decroux Nosferatu (3 noticias)
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