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La materia de la que estamos hechos: energía

25/02/2014 13:30 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

El universo y todo lo que existe, incluido el hombre, no es más que una pequeña bune de energía que vibra y cambia de color. Así describiríamos todo lo que vemos y lo que somos, si tuviéramos una lupa gigantesca

El ser humano es el animal vivo más complejo que conocemos y, parece ser, lo más avanzado que existe en el universo. Una maquinaria asombrosa de precisión biológica e inteligencia. Un diseño perfecto.  Ahora bien, mira la palma de tu mano y presta atención a lo que ves. Lo que alcanzas a ver es la piel, el órgano más grande del hombre, como dos metros cuadrados de tejido perfecto.

Ahora, imagina que tomas una lupa y comienzas a ampliar lo que ves. A poco de andar ves unos rayones y caminos más oscuros que se llaman corneocitos y que forman estructuras raras, como un dibujo de mosaicos irregular. Entre estos, aparece la verdadera piel que está formada por miles de pequeños garbanzos pegados unos a otros y que llamamos células. Si continúas ampliando la imagen, podrás ver una de estas células, que son como pequeños animalitos que tienen vida propia. Tienen órganos internos, comen, generan residuos y los expulsan, y se procrean a sí mismas dividiéndose.

Pero tú quieres ver más, y te consigues una lupa más grande, y entras a ver las partes de esta célula. Ensimismado te concentras en el núcleo, que es la órgano más importante de la célula, porque entre otras cosas contiene el ADN, que es el código genético, o sea el software que le dirá cómo comportarse, y el ARN que es un líquido que le permite al ADN manifestarse y comunicarse con el exterior. Es su pequeño cerebrito.

Cuando quieres seguir avanzando y ver el núcleo, te encuentras con moléculas. Por ejemplo moléculas de carbono, de nitrógeno y de muchos otros materiales. Esas moléculas son como globitos de diferentes colores y que a su vez están formadas por varios átomos, todos iguales entre sí. La molécula de carbono está formada por átomos de carbono y un pegamento que los une para que no se suelten.

Resulta que estás tan intrigado que decides llegar al átomo y mirar dentro de él. Con la ayuda de una lupa mucho más potente esta vez, te enfocas en el átomo. ¿Y qué ves? Una nube. Sí, una nube. Una nube que, si la miras de lejos, tiene una forma bastante irregular en sus bordes, no se sabe bien donde termina, y dentro tiene nubes más densas y de diversos colores. En un principio la nube multicolor parece estar quieta, pero si prestas atención, verás que vibra con mucha rapidez. Probablemente te sorprenda, pero las partes más densas están muy lejos de las partes de la nube que están cerca del borde. Al mismo tiempo, las partes de la nube que están en los bordes vibran más lentamente que las que están en el centro, como si fuera algo similar a un latido. Por todas partes la nube tiene zonas que vibran más rápido y otras que vibran más lento. De vez en cuando, si tienes suerte, puedes ver que una parte bastante densa de la nube se aleja hacia las zonas que están más lejanas del centro, y algo como un pequeño rayo sale disparado hacia afuera. Ese pequeño rayo te enceguece. Se llama fotón, y es lo que los humanos llaman luz.

Descorazonado, piensas que has cambiado varias veces la lupa para llegar a ver simplemente una nube vibrando por partes, de distintos colores y más y menos densas. Puedes meter un dedo, que debe ser pequeño, y atravesarás la nube de lado a lado, porque no hay nada sólido dentro de ella. Probablemente sientas un cosquilleo en el dedo mientras lo metes ahí, una especie de pinchazo, porque  la nube intenta defenderse, pero nada más.

Eso es todo, no hay nada más.

Todo lo que vemos a nuestro alrededor, los ríos, las montañas, los automóviles, los árboles, los vecinos, la luna, el cartel de Coca Cola, todo, absolutamente todo, si lo miramos con una lupa bien potente, es una pequeña nube junto a otra y a otra, de diferentes colores y vibrando de diferente modo. No hay nada que puedas hacer para encontrar algo parecido a lo que nosotros llamamos “sólido”. Lo sólido no existe en la naturaleza. Ocurre que las pequeñas nubes se unen de forma tal, con tanta fuerza, que cuando las tocas parece que fueran “solidas”. Pero son nubes, que las puedes atravesar con un dedo, siempre que tu dedo sea suficientemente pequeño como decíamos.

Estamos formados de nada, de energía que se condensa en el aire y que es transparente, traspasable, que apenas tiñe el espacio y que vibra y cambia de color

Llegado a este punto, uno podría preguntarse de qué cosa están hechas estas pequeñas nubes. Y la respuesta es sencilla, de energía. Energía en estado puro coagulada o colapsada hasta aglutinarse en un pequeño espacio, formando una diminuta  nube que vibra. Esa energía vibra de acuerdo a su carga, gira según su origen alrededor de sí misma como su fuera una pelota, y se mueve como una auténtica nube. Los científicos no han podido aún llegar más lejos que eso, pero nos basta saber que esa pequeña nube no tiene materia, consiste de nada “duro” o “sólido” como estamos acostumbrados a decir. Simplemente nos hace creer eso, que no es verdad.

¿Por qué el universo se empeñaría en engañarnos de semejante forma? Y otra vez la respuesta es simple: la naturaleza, el universo, dios, llámalo como quieras, ha evolucionado de formas simples a formas complejas. Y las formas complejas dialogan entre sí, se tocan, utilizando relaciones complejas basadas en conceptos derivados, estilizados, obtenidos de forma que contienen cierta abstracción en sí mismos. El universo necesita que creamos en la complejidad. La complejidad es nuestra razón de ser, nuestro origen, y por tanto todo lo que existe debe necesariamente “mentirnos” a través de relaciones complejas que dejaron muy atrás las formas más simples, la energía en todas sus variantes.

En ese camino, el concepto de materia es un concepto abstracto derivado de la concentración más o menos “arbitraria” pero evolutiva de la energía. Necesitamos, y la naturaleza también lo necesita, el concepto de materia para poder establecer relaciones dentro del medio donde reina la complejidad, para poder pasar de un nivel de interacción simple a otro mucho más complejo y completo. Es parte de la evolución, no ya humana, sino de la evolución de la complejidad. No requiere de una mente divina empujando el proceso. No hace falta un sujeto inteligente llevando la delantera. Es la pura evolución de la complejidad, a la cual no le queda otro camino que evolucionar o desaparecer. Es probable que en el inicio de los tiempos las cosas hayan sido menos complejas, menos elaboradas y menos escondidas. Así, el universo no sería otra cosa que la evolución de la energía desde estados simples a estados cada vez más complejos.

Así como el ser humano es la derivación de un organismo unicelular formado a la ribera de un río, que evolucionó durante millones de años, pasando a organismos cada vez más completos, también la materia es la derivación de nubes de energía que fueron haciéndose cada vez más complejas. Y esa evolución debería continuar ocurriendo ahora, hacia formas de materia más y más elaboradas. Pero en la base de todo, sólo hay una nube. Por existir, se vistió con carga eléctrica, con magnetismo, se fue sometiendo a una fuerza que las colapsa contra otras y a la gravedad de los cuerpos más grandes que las atrae, producto de su misma existencia.

Pensar que el Universo es un escenario estático, siempre igual a sí mismo, sin nuevas formas de materia creándose aquí y allá, es pensar como pensaban nuestros ancestros, con la tierra en el centro del sistema. Seguramente hay en todas partes de este vasto continente (que nos contiene) nuevos ensayos de la energía para transformarse en diversas formas impensadas de materia. Dinámicamente se estarán creando experimentos, muchos quizás fracasados, que conduzcan a la evolución de la energía. No es posible pensar de otro modo, ya que si el decorado de esta gigantesca obra de teatro fuera siempre el mismo, hace rato que hubiera entrado en la disolución y la muerte.

Pensar, también, que tenemos algo parecido a la solidez, a la dureza, es otra ilusión. Estamos formados de nada, de energía que se condensa en el aire y que es transparente, traspasable, que apenas tiñe el espacio y que vibra y cambia de color. Somos una nada, una constelación de nubes diminutas que podrían asemejarse a nebulosas casi sin densidad. Esas pequeñas constelaciones que nos forman son en esencia las mismas que forman esa piedra, esta mesa, la flor que está en la ventana, el perro obediente que descansa a mis pies y el sol y las estrellas.

El fenómeno es extraño para nuestra escala y para nuestra sensibilidad. Pero está ahí. Sólo debemos intuirlo para conocerlo, porque forma parte de nosotros mismos, lo albergamos en cada célula, en cada neurona, en cada trozo de piel.

Resulta que estás tan intrigado que decides llegar al átomo y mirar dentro de él. Con la ayuda de una lupa mucho más potente esta vez, te enfocas en el átomo. ¿Y qué ves? Una nube

No hay nada más.


Sobre esta noticia

Autor:
Jl Gamband (6 noticias)
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Tipo:
Reportaje
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