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Ser mestizo frenó aspiraciones de “El Inca” Garcilaso de la Vega

11/04/2011 03:47 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Historiador y escritor que participó en la milicia, Garcilaso de la Vega, “El Inca”, quien nació el 12 de abril de 1539, no frenó su camino en la construcción de su porvenir, aunque siempre cargó con la loza de haber sido mestizo. Concebido durante la conquista de los pueblos sudamericanos, “El Inca” fue hijo del militar español Sebastián Garcilaso de la Vega Vargas, y de la princesa incaica Isabel Chimpu Ocllo, cuyo nombre real era Palla. Siendo el Cusco, Perú, su lugar de origen, la relación que sostuvieron sus progenitores no era digna de admirarse, por lo que Garcilaso de la Vega fue etiquetado por la sociedad andina como bastardo, ya que en esa época no regían los valores maritales. Ello propició una constante búsqueda de identidad en Gómez Suárez de Figueroa, nombre de pila del escritor peruano, quien ante la muerte de su padre, en 1560, viajó a España para reclamar la pensión de su mentor por los servicios prestados a la Corona. Fracasado en esa empresa, se instaló en Montillo a petición de su tío Alonso de Vargas, involucrado también en la milicia. Vivió por un tiempo en Madrid, allí conoció a Gonzalo Silvestre, personaje que le proporcionó datos para la realización de su obra “La Florida” 1605. Fue en 1563 cuando abortó su nombre de origen, adoptando el de su progenitor; en ese mismo año, intentó regresar a Perú, sin embargo, la península llenó sus expectativas al grado de adquirir esa nacionalidad. Con ello comenzó su carrera militar, combatió en la guerra de Las Alpujarras contra los moriscos en 1570. Sus virtudes estratégicas hicieron que obtuviera el grado de capitán, continuando con los pasos de su padre. El fallecimiento de su tío le permitió tener un sustento económico con cierta holgura, ya que resultó uno de los beneficiados en el testamento de Alonso Vargas. Las tragedias familiares, lejos de hacerlo decaer, sirvieron para impulsar su faceta profesional, al relacionarse indirectamente con Luis de Góngora, en el momento que murió su tía Luisa Ponce. Asimismo, coincidió con Miguel de Cervantes Saavedra, quien no parecía desconocer las obras de Garcilaso. En 1590, quizás dolido por la mínima consideración que se le tenía en el ejército a causa de su mestizaje, abandonó las armas e ingresó a la religión, al tiempo que pudo dedicarse por completo a la cultura. Su formación humanística fue la consecuencia de haber frecuentado las ciudades de Sevilla, Montilla y Córdoba, lugares en los que volcó su atención a la historia, y a la lectura de los poetas clásicos y renacentistas. Producto de ese esmero fue la traducción del italiano que hizo de los “Diálogos de amor” 1541, de León Hebreo, que publicó en Madrid. En Córdoba tuvo una vida activa como escritor. En 1591 se relacionó con el jesuita Juan de Pineda, quien lo exhortó a preparar un comentario sobre las “Lamentaciones de Job”. A partir de los testimonios de Alonso Carmona y de Juan Coles, retocó sus textos de lo que ya tenía de Hernando de Soto, lo cual publicó en 1605 bajo el título de “La Florida”. Sus obras abarcaron el desarrollo de diversos temas en los que destacaban los temas humanistas de la vieja Europa. Ello le dio la idea de iniciar un proyecto que se basó en el pasado americano, específicamente en el Virreinato de Perú. Su trabajo más celebre fue “Comentarios reales” escrito en dos partes. La primera apareció en 1609, en Lisboa, y fue publicada por Pedro Craasbeck; la segunda fue divulgada en Córdoba, en 1617 con el título “Historia general del Perú”. Este volumen comprende un relato rico de la civilización andina y es considerado uno de las más grandes obras de la literatura latinoamericana, pese a los errores cronológicos que en él se describen. Luego de haber tenido una vida activa, diversa y prolífica, Garcilaso de la Vega, “Primer mestizo biológico y espiritual de América”, como muchos le conocen, murió en España el 23 de abril de 1616. En un principio sus restos fueron enterrados en la Capilla de las Ánimas, en la Catedral de Córdoba, propiedad de él, sin embargo, sus cenizas fueron trasladadas a la Catedral del Cusco.


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