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Muere Gabriel García Márquez, Sherezade / Luis Alemany

23/04/2014 13:31 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

imagePor Luis Alemany

El Mundo

Se termina Gabriel García Márquez (Aracataca, 1927-México DF) y todos somos un poco como sultanes en el día de la muerte de Sherezade. García Márquez, igual que la protagonista de 'Las mil y una noches', ha sido tan bueno contando historias que a veces daba un poco de rabia. Tan bueno que era capaz de llevarnos a los lectores hasta los últimos jardines: aventuras prostibularias, romances de folletín, páginas de periodismo saturadas de literatura, leyendas inconmensurables... Traguen, traguen. Tan bueno ha sido que logró que lo llamáramos Gabo como si fuera un amigo del colegio.

Todo ha sido tremendo alrededor de García Márquez pero, ahora, en su muerte, es casi imposible exagerar. Desde sus años de plenitud, los novelistas en lengua española no han dejado nunca de situarse en un mapa en el que Gabo era el gran río, para navegar en su estela o contra su estela. Nunca para ignorarla. Y uno de sus biógrafos, Gerald Martin, dice que no ha habido otro novelista como él (tan leído universalmente y, a la vez, tan rico intelectualmente), desde la época de los últimos gigantes: Joyce, Hemingway, Faulkner... Y no hay ningún motivo para quitarle la razón.

Un pedazo de tierra

Faulkner, por cierto, es el primer escritor que aparece citado en las memorias del novelista, 'Vivir para contarla'. Su nombre salta al comienzo del relato y el lector un poco atento piensa que claro, que la gran misión de García Márquez en su carrera ha sido construir un territorio, una Yoknapatawpha tropical. En la página siguiente, salen nombrados los poetas del Siglo de oro, y ahí se entiende de dónde viene ese nosequé risueño y desmadrado del colombiano. Entre esos dos nombres, queda todo el equipaje de historias que García Márquez escuchó en las casas de sus padres y que, al parecer, recuperó en un momento de epifanía, un 'magdalenazo' veinteañero en un viaje con su madre a Aracataca. Con esas tres ideas se podría intentar explicar a García Márquez.

Porque no es que los relatos de García Márquez sean una novela en clave de su vida. Es que es su vida, por lo menos, su infancia, la que parece un relato en clave de sus novelas.

Volvemos a las memorias de García Márquez: por allí aparece Margot, la hermana ensimismada que comía tierra y cal; por ahí sale Nicolás, el abuelo materno, coronel, obsesionado por alguna guerra civil hoy incomprensible y por una pensión que nunca llegó; a su lado está Medardo, el amigo del alma de ese abuelo que un día se convirtió en enemigo mortal; y el Belga, el suicida del pueblo cuyo entierro hubo que resolver de mala manera. Están Gabriel Eligio, el padre mujeriego (un pobre con maneras de señorito, médico frustrado, violinista y telegrafista) y Argemira, la abuela 'hombreriega'... Está el cortejo imposible de su padre a Luisa Santiaga, la madre (que era justo lo contrario que él, una señorita pobre). Está la United Fruit Company, fuente de riquezas, de pobrezas y de dramas. Están los burdeles, porque a algún sitio habría que ir los sábados. Y está aquella finca, a 10 minutos de Aracataca, que tenía un cartel en la entrada con la palabra Macondo. García Márquez aventura en 'Vivir para contarla' que eso de Macondo venía de una tribu de lo que entonces era Tanganica, hoy Tanzania, a la que pudieron pertenecer algunos esclavos llevados hasta esa provincia del Caribe.

La línea de puntos

Cualquiera puede unir la línea de puntos hasta las historias de García Márquez: 47 cuentos, 13 libros de crónicas, cinco tomos de obra periodística reunida, algún guión para el teatro y el cine, unas memorias sin terminar y 11 novelas. 'La hojarasca' (1955), que lleva dentro el núcleo del ADN de García Márquez en una hélice de 100 páginas, es la primera de las 11. 'Memoria de mis putas tristes' (2004), la última, la despedida más bien melancólica.

En medio, 'Cien años de soledad', que contiene todo. Todo García Márquez, todo el espíritu de su momento y del lugar, todo el buen oído, todos los trucos de narrador aprendidos haciendo periódicos, todo el realismo y toda la magia... Contiene el apego a la modernidad (representado por el Sabio Catalán) mezclado con el descubrimiento de lo misterioso (en la piel de Melquiades). O sea, la paradoja al fin resuelta del realismo mágico, y da igual que eso del realismo mágico estuviera inventado desde siempre o, si nos ponemos precisos, desde Alejo Carpentier.

'Cien años de soledad' es también la bisagra en la vida de García Márquez. "Hasta que tuve más de 40 años, no pude vivir de la literatura", contó el escritor en sus memorias. Su vida adulta, hasta ese momento, había consistido en pendejear. Pendejear en Barranquilla, primero, y en Bogotá y el DF después. Vestir como un hippie antes de que hubiera hippies (ya en 1950 se retrata así, bigotudo, con camisa de flores y sandalias), dejar Derecho a medias, hacerse comunista y meterse en problemas con la autoridad por ello, malvivir de lo que pagaban los periódicos a la pieza, dar sablazos, beber y fumar hasta las mil, leer y escribir hasta romperse la vista... Alargar la edad de la amistad hasta que no quedaran ni amigos con los que pendejear, fracasar en el intento de sentar la cabeza.

Hasta que pudo terminar 'Cien años de soledad', compuesta en condiciones dramáticas mil veces contadas. Un año y medio duró el trabajo, entre 1965 y 1966, en México DF. Carlos Barral desdeñó el manuscrito (hay versiones equívocas sobre ese rechazo), pero, milagrosamente, cambió el clima, entre otras cosas, gracias al éxito de 'La ciudad y los perros' de Vargas Llosa, y la editorial Sudamericana de Buenos Aires se quedó con el tesoro.

Y, a partir de ahí, el 'Boom'. El éxito, el viaje a Barcelona, los años en los que García Márquez, Vargas Llosa, José Donoso y el resto de la pandilla de Carmen Balcells vivían como una especie de Beatles de la literatura, en plenitud de inspiración. García Márquez dio con la tecla y no la soltó, al menos, hasta 'El amor en los tiempos del cólera' (1985), cuando ya había vuelto a América Latina y tenía un premio Nobel en el currículo.

Estaría bien dedicar algunas líneas a 'El amor en los tiempos del cólera', el libro que contiene todo lo bueno y todo lo caricaturizable de García Márquez llevado hasta el límite: el paisaje caribeño dibujado y redibujado hasta el virtuosismo, la alegría de vivir un poco teatrera, el romanticismo de adolescentes eternos, las mujeres guapísimas, los hombres apuestos, los trenzados entre relatos, tiempos y planos... La verdad: tan bueno ha sido García Márquez que daba la sensación de que se complacía en pasear por la línea entre lo genial y lo ridículo, para terminar cayendo siempre del lado bueno.

Para entonces, García Marquez ya había tocado el cielo, cuando el Nobel de 1982, y había perdido unos cuantos amigos. Los años de Barcelona habían acabado mal, igual que acabaron mal los Beatles, con un chascarrillo, el de su pelea a trompazos con Vargas Llosa, que también ha sido contado hasta la náusea.

Más interesante es la quiebra política que estaba en el aire de ese momento.

Ocurrió cuando la Cuba castrista se descubrió cruel, cuando maltrató a sus primeros críticos. Llegaron noticias del encarcelamiento del poeta Heberto Padilla, en 1971, y hubo un manifiesto de denuncia. Mario Vargas Llosa (también Julio Cortázar) lo firmó e inició su viaje hacia el liberalismo; Gabriel García Márquez rehusó apoyar a su colega y se quedó en el castrismo para siempre. ¿Con qué papel? Durante muchos años, el colombiano ha sido la voz que susurraba a Castro al oído, muchas veces para ablandarlo, para convencerle de que fuera benévolo con algún intelectual disidente. No es tan difícil encontrar a antiguos presos políticos cubanos que conservan cierta gratitud por el escritor colombiano.

Que cada uno juzgue como crea, que cada uno elija quién fue su Lennon y quién su McCartney: Mario o Gabo.

O que no juzgue, si lo prefiere. Todos los que han conocido a García Márquez con un poco de profundidad lo recuerdan encantador, chistoso, cantarín, juerguista, cariñoso, soñador... Nadie ignora que tenía lados oscuros, como todo el mundo. Sus decisiones políticas no son el último reproche de la lista.

Pero sabía reírse de sí mismo. Siempre que se le preguntaba si había sido pobre de niño, contestaba "más que pobres, fuimos muchos". El escritor fue el mayor de 11 hermanos y en realidad, sí que supo de la pobreza. Pobreza hidalga, pero pobreza de verdad, de no desayunar, que es lo que le ocurrió a la familia durante unos meses, cuando se estableció en Barranquilla, según cuenta en sus memorias. Muchos años después, cuando García Márquez tenía setenta y tantos y su madre aún vivía y mandaba en la familia (básicamente, mandaba para ordenar al hermano rico que enviara dinero al resto de la tribu), Gabo acuñó una broma: "Lo menos que se merece uno cuando tiene esta edad es una madre muerta".

Luis Santiaga murió en 2002, con 97 años. Por entonces, su hijo Gabriel tenía 75 años y estaba en la pelea con un primer cáncer. Cinco años después, cuando cumplió 80 (y 'Cien años de soledad' cumplió 40), recibió un gran homenaje en Cartagena de Indias que fue, más o menos, su despedida de la vida pública. Todo el mundo se quería abrazar con aquel caballero de traje blanco y él parecía encantado de abrazar a todo el mundo. Sherezade había vencido a su destino. Y ahora se nos ha muerto de vieja.


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Autor:
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Fuente:
grupocronicasrevista.org
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Tipo:
Reportaje
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