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Obediencia Perfecta

02/05/2014 23:24 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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En la no tan extensa pero sí muy rica tradición anticlerical del cine mexicano, han existido los aviesos curas zorrunos (el Julio Villarreal de Doña Perfecta/Galindo/1950, la obra maestra antimochería del cine nacional), los curas gritones y gesticuladores hasta la caricatura (el Antonio Bravo de El Esqueleto de la Señora Morales/González/1959), los nefastos curas manipuladores de los más jodidos (el diazordacesco Enrique Lucero de Canoa/Cazals/1975; el imponente Víctor Junco de La Guerra Santa/Taboada/1977) y los cerdezcos curas cinicazos que se venden al mejor postor por un Cadillac del año (el Guillermo Gil de La Ley de Herodes/Estrada/1999), solo por dar unos cuantos ejemplos de nuestra monstruoteca nacional ensotanada.A esta galería podría sumarse, con todo el honor/horror que se merece, el sacerdote de finas maneras Ángel de la Cruz -Marcial Maciel (1920-2008), pues-, amo y señor, fundador y regenteador, dueño absoluto y "amado padre" de la Congregación de los Cruzados de Cristo -Los Legionarios de Cristo, pues-, interpretado de una forma perfectamente desagradable por Juan Manuel Bernal quien, en los últimos años, se ha especializado en encarnar a personajes autoritarios, perversos o traicioneros. Su Ángel de la Cruz es, hasta el momento, el mejor de sus monstruos: camina silenciosamente para ver bañarse a los jóvenes seminaristas, traga saliva imperceptiblemente cuando siente el deseo por su próximo elegido, está a punto de quebrarse cuando tiene que decirle adiós a su víctima de la temporada, se deja llevar por la música y el alcohol a ritmo lo mismo de Sympathy for the Devil que de Popotitos y, eso sí, nunca se le borra la sonrisa de suprema satisfacción del rostro, como si se supiera -porque así fue- inmune e impune, per secula seculorum . Tiempo presente. El anciano Padre de la Cruz (Juan Carlos Colombo) recibe de manos de un superior (Dagoberto Gama cual gemelo del Cavernal Norberto Rivera) un mensaje por escrito del Papa Benedicto XVI quien, además de reiterarle que lo tiene en su más alta estima, le ordena retirarse del sacerdocio como forma inapelable de penitencia por los pecados de la carne y el espíritu que, en un extenso flashback sin cierre alguno, veremos a continuación. En ese largo episodio retrospectivo -que es prácticamente toda la película- seremos testigos de la impecable/implacable estrategia psicológica que el Padre de la Cruz (Bernal) aplicó para conquistar en cuerpo, alma y espíritu a un joven seminarista de 14 años, Julián (Sebastián Aguirre), a quien en un año entero lleva de la mano para que cumpla gustoso con los tres grados de la "obediencia perfecta" (Uno: Haces las cosas por amor a quien te lo pida, Dos: Amas hacer lo que se te pide, Tres: Actúas y piensas como el que más amas; no tienes voluntad propia) hasta convertirlo en ese lloroso jovencito que se siente traicionado cuando descubre que su "amado padre" no solo fornica con alguna mujer sino que, además, ha tenido otros favoritos antes que él y tendrá otros más después de él, pues nuevamente, en el rito clave del lavatorio de pies de la Semana Santa -ese gesto cristiano de amor, servicio y humildad pervertido por el deseo sexual-, el "amado padre" le ha echado el ojo a otro niñito que, seguramente, estará encantado que de la Cruz se haya fijado en él.La puesta en imágenes del productor convertido en cineasta debutante Luis Urquiza, a través de la cámara de Serguei Saldívar Tanaka, es discreta pero efectiva -un movimiento de grúa nos muestra la vasta propiedad en la que vive el anciano de la Cruz, los encuadres en interiores nunca dejan de ser funcionales, la cámara en mano es usada solo cuando es necesaria-, porque la fuerza indudable de Obediencia Perfecta (México, 2014) radica, más que nada, en esa soterrada, apagada y oscura descripción de los abusos cometidos por de la Cruz, con la complicidad tácita y/o activa de la Curia romana -y de empresarios y de políticos y hasta de los propios familiares de las víctimas.El tema de la pederastia eclesiástica en nuestro país ha tenido por lo menos dos antecedentes cinematográficos recientes, los dos en el terreno del documental: la durísima cinta mexicana Agnus Dei: Cordero de Dios (Sánchez, 2011) -sobre un muchacho que busca al sacerdote que abusó de él- y la bien informada cinta estadounidense Mea Maxima Culpa: Silencio en la Casa de Dios (Gibney, 2012), centrada en varios casos de pederastia dentro de la iglesia católica mundial y en el que Marcial Maciel, por supuesto, ocupa un lugar protagónico. En estos dos filmes hay escándalo, enojo, indignación: la herida está abierta y los cineastas hurgan en ella para mostrar la podredumbre de todos los involucrados, desde un modesto párroco de alguna iglesia de barrio, hasta el recién canonizado Juan Pablo II. Por lo mismo, si hay un reproche que se le puede hacer a Obediencia Perfecta -más allá de algunas imágenes muy obvias como el lobo de la Cruz rodeado de ovejas o el uso innecesario y redundante de la voz en off- es que pareciera que desea provocar más inquietud que indignación. Es decir, estamos ante una cinta a la que, acaso, le hizo estar más enojada. ¿O será que el enojo debemos llevarlo nosotros?

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Autor:
Cinevertigo (1085 noticias)
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cinevertigo.blogspot.com
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