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El origen del hombre se originó en el Desierto de Altar

01/11/2011 13:30 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Este desierto es uno de los lugares más calientes del hemisferio norte con hasta 47 grados centígrados a la sombra

Cuauhtémoc Mávita E./Periodista

Hace tiempo crucé –podría decirlo así- el majestuoso desierto de Altar, una vastedad que se localiza en la región noroccidental de Sonora. Era agosto y la temperatura era por demás inclemente. No en vano este desierto es uno de los lugares más calientes del hemisferio norte con hasta 47 grados centígrados a la sombra.

La vegetación saturada de cactus, biznagas, mezquites y cientos de especies adheridas a las rocas, el suelo y las dunas, hablan de la multidiversidad de ese ecosistema. Y en ese lugar, mientras trataba de explicarme su origen, recordé, quizás sin proponérmelo, a un profesor normalista que tuve la oportunidad de conocer a fines de la década de los sesenta´s en la escuela normal rural “General Plutarco Elías Calles”, mejor conocida como El Quinto y la cual se ubica, con sus historias, muchas de ellas de derrota pero más de conquista, en el municipio de Etchojoa: era Manuel Carranza Salazar.

Lo recuerdo: era un hombre que levantaba un cuerpo hasta el 1.70 metros de estatura, obeso, de piel morena y curtida por los rayos del sol, de pelo entrecano y alborotado,

Pero ¿por qué su imagen invadió mi memoria?

Teórico de la evolución humana, una mañana friolenta de diciembre de 1970 entró apresurado al salón de clases y nos espetó sin mayores preámbulos:

- ¡Padres!, así solía llamarnos para no hacernos sentir su saludo tan impersonal. Dejó correr un interminable silencio, para después expresar:

- ¡El hombre, padres, se originó en el Desierto de Altar!

Luego vinieron sus explicaciones en tanto sus atónitos alumnos tratábamos de digerir tan inesperada noticia.

Observé el rostro desencajado, quizás por la impresión, de Alfredo López Reyna, de Ismaél Valdez López, de Lamberto López López, de Jorge Luis Bojórquez Zepeda, de Martín Domínguez Medina, de Alfredo Ayón Neris, de Ramón Abel Morales Buitimea, y otros más que atinaron a sacar la cabeza de las cobijas, que a falta de chamarra, les servían de abrigo ante la onda fría que ese día calaba hasta el tuétano.

Para él esa era una verdad. Y para convencernos metió la mano en una bolsa de plástico que llevaba consigo y sacó un hueso que –según sus apreciaciones- no era parte del esqueleto de algún homo sapiens, sino de algún espécimen anterior a los homínidos o procónsul con sus caracteres de mono y antropoide que habría vivido en el Desierto de Altar.

Carranza Salazar fue portador de una incomprendida inteligencia matizada con una alta calidad humana

- Todo es cuestión de someter este hueso a la prueba del Carbono 14 para precisar su antigüedad y con eso estaremos presenciando un nuevo descubrimiento que será crucial en el conocimiento de la evolución del hombre, nos dijo visiblemente emocionado el maestro.

No paraba de hablar. Para él estábamos ante lo inimaginable. Tenía en su haber una reliquia más distante del mioceno antiguo africano de hace más de 22 millones de años, la era de los primates gigantes vivos y del egiptopiteco, el micropithecus, el dendropithecus, el afropithecus, el turcanopithecus, el kenyapithecus y el australopithecus el primer homofaber o el ser que fabrica.

¿Tienen idea de lo que estamos hablando?

¿No les emociona?

¿No es esto un descubrimiento importante?

¿Creen que vamos a trascender todos con esto?

Nos preguntaba y nos hacía reflexionar al respecto. Luego nos retroalimentaba transmitiéndonos conocimientos sobre el homo hábilis, el homo erectus o el pitecántropus. El profesor Carranza Salazar revolucionaba así nuestro pensamiento.

No se, ya transcurridos los años y en plena madurez, si él hacía las cosas para motivarnos y atraer nuestra atención o si realmente estaba convencido que el hombre tuvo sus orígenes en las candentes dunas o en las salientes rocosas del Desierto de Altar en Sonora. Lo cierto es que sus respuestas lo dejaban a uno en posición de firmes y con el saludo del respeto a un hombre que sabía comunicar y estimular a sus alumnos.

Recuerdo que en aquella mañana gélida, uno de los tantos asistentes a su clase le increpó:

¿Maestro, y en esa teoría en dónde queda Dios?

Él le miró desde bajo de sus gafas y solo le respondió:

Padre. Esto es conocimiento. Esto es ciencia.


Sobre esta noticia

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Cuauhtemoc Mavita E. (70 noticias)
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