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Peña Nieto: imágenes contrastadas

16/05/2012 08:09 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Por Gerardo Albarrán de Alba * Atrás quedó una primera mitad de campaña electoral en la que no corrió mayores riesgos, montada en la imagen y en el spot, en los mítines con simpatizantes cautivos. Salió casi indemne del escollo que significó el debate del 6 de mayo, primer reto de un escenario todo incertidumbre. Sorteó las preguntas incómodas de la primera entrevista incontrolable que concedió. Pero al final ha tenido que toparse con la terca realidad, esa que no se refleja en encuestas y termina votando como le viene en gana. Las campañas electorales visibilizan lo que de suyo se oculta, o al menos se ignora: el ciudadano al que ni se le ve ni se le oye, porque invisible es para el poder la cotidianidad, inaudible el rumor de los inconformes. Hasta que estalla en mantas y gritos en el rincón menos esperado. Esto, que es experiencia común en todos los partidos políticos, pareciera haberse cebado durante la última semana en Enrique Peña Nieto, el candidato del PRI a la Presidencia de la República, cuyo perfil como gobernante ha estado subsumido a la sonrisa perfeccionada, al gesto abarcador, al piropo como consigna. Los actos diseñados para hacer lucir al candidato del starsystem toparon con el escepticismo en la Ibero con una comunidad universitaria que primero lo cuestionó y después lo repudió abiertamente y expuso una campaña montada en un PRI sin autocrítica, sin culpas asumidas (ni por el pasado propio ni por el compartido en los últimos dos sexenios). Es un PRI que ha transitado el nacionalismo revolucionario a la privatización de la política, la esperanza dosificada por el marketing, la democracia subastada en el mercado del voto. Es un PRI que no aprendió a ser un partido político, pero que mantuvo viva su maquinaria electoral, refinada su capacidad de organización. Nadie como ellos para hacer grilla profesional. En la vorágine de spots y encuestas, cabe la pregunta: ¿Cuál es la ideología del PRI y de Enrique Peña Nieto? Ni derecha ni izquierda. El pragmatismo convertido en todo lo contrario. El candidato no parece querer ganar por sus virtudes, ni siquiera por sus apariencias, sino por el agotamiento del PAN en el ejercicio de un poder que a ratos le quedó demasiado grande. El voto duro asegurado, Peña Nieto asume el papel de rockstar para disputar un electorado individualizado que ha divinizado el éxito (rápido, urgente, inmediato si se puede), grey de la moda y de las corrientes atomizadas, devotos de la superficialidad. Un amplio espectro de las clases media y media alta, despolitizado e indiferente a los significados de la democracia. Paradójicamente, esa mentalidad consumista que desplaza toda posibilidad colectiva los reduce a otra suerte de masa unida en su desesperada necesidad de diferenciación. Del individualismo al narcisismo, Peña Nieto está más cerca, incluso generacionalmente. Para las masas siempre queda la escenificación. * * * * * Enrique Peña Nieto llega al auditorio Plutarco Elías Calles sobrado de sí mismo. La sonrisa en todo lo alto, junto con los gestos que abarcan todo y a todos. El arrebato enmarcado en una fecha que simboliza más de lo que algunos recuerdan. El 1 de mayo, Día del Trabajo, el candidato priista a la Presidencia de la República se reúne con la clase obrera, uno de los pilares del pacto social que fundó el régimen de la revolución institucionalizada. Son los trabajadores, el pueblo, la masa a la que sólo se le nombra desde el ridículo (la prole) o desde el desprecio (asalariado de mierda), hasta que se le concede la centralidad en el discurso electoral, cenicienta sexenal. Afuera, los sindicalizados reclutados para la magna concentración no se detienen en estas cosas. Marchan como siempre, con riguroso pase de lista, lonche asegurado. Algunos dobletean: están en la marcha tempranera hasta el Zócalo; luego aparecen en la valla faraónica preparada en el CEN del PRI, en las primeras horas de la tarde. Muchos ni siquiera conocen las siglas estampadas en sus uniformes de faena, aunque celebran los llamativos diseños, los colores alegres, la calidad de la terlenka. Están ahí, porque hay que estar. Los más aburridos y asoleados no fingen discreción. Botellas y latas de cerveza se abren y beben sin recato en las calles adyacentes. Los six pack se vacían sobre Héroes Ferrocarrileros y sobre Avenida Central. Algún pudor impone cierto respeto sobre Luis Donaldo Colosio. Insurgentes es demasiado expuesto para arriesgarse. En los accesos, la rebatinga por entrar, o al menos por atinarle a la buena, a la puerta por la que entrará el candidato. Los líderes de relleno son un desfile aparte de camionetas que preguntan puerta por puerta hasta que dan con el acceso para los invitados especiales, para ellos, para los peregrinos de la grilla que demuestran que aun en el proletariado hay clases. Los que se quedan en la calle y los que llenan la explanada suman cinco mil, pertenecientes a 35 organizaciones, según anuncian. Unos pocos hacen la valla principal, encabezados por Joaquín Gamboa Pascoe, dirigente de la CTM y líder del Congreso del Trabajo, a la espera del arribo de su candidato. Al auditorio sólo se entra con gafete de “invitado”, y los más son repartidos en gayola. Abajo, las estructuras operativas quedan de frente al presídium, donde están los líderes, disciplinados, esperando. Los reflectores caen sobre la candidata al gobierno capitalino, Beatriz Paredes Rangel; el presidente del CEN del PRI, Pedro Joaquín Coldwell; el secretario de organización, Miguel Ángel Osorio Chong (el único entre ellos que no tomará la palabra), y el propio Gamboa Pascoe, condescendiente ante el imberbe candidato, al que presume conocer desde que era un jovencito. Los demás son lo de menos, escenografía para que Peña Nieto sepa que cuenta con ellos para lo que se le ofrezca, así sea nada más que el voto duro. El movimiento obrero es misógino. Al auditorio casi no acceden mujeres, su lugar es afuera, en la explanada unas pocas, o de plano en la calle, todas las demás. Dentro, entre los 40 lugares para dirigentes sólo hay dos que ocupan mujeres, que no merecen mención del maestro de ceremonias, que los presenta a todos –menos a ellas– sin un orden particular, en una letanía catatónica. El arribo de Beatriz Paredes compensa al género, ella sí, animal político. La candidata al gobierno del Distrito Federal saluda a los líderes, uno por uno, cada abrazo, cada beso, cada voto. La CTM todavía abruma. Llena medio auditorio y sus porras y sus porros acallan a las demás organizaciones y sindicatos, que se desgañitan para compensar la desventaja. Las consignas ensayadas, elevadas a la categoría de mantra. El apoyo político, una alegoría a la bimbombá. Líderes obreros a los que ya nada justifica: las ideologías difuminadas, la lucha de clases desplazada por la economía informal, subvaluada la justicia social, y la estabilidad convertida en el verdadero mito genial. A qué asirse si no al discurso como un prontuario de lo que vendrá: tiempos felices, la jauja, casi el paraíso, eso que de tanto que han prometido ya casi nadie les cree que algún día les cumplan. Pero quién sabe, “qué tal que con éste sí se nos hace… (La verdad es que ya no hay Revolución que haga justicia.) Peña Nieto va del lugar común al llamado a la amplificación del discurso, como si la reiteración de vaguedades hiciera posible el milagro de la multiplicación de los votos. Terminado el acto, el candidato sale por la misma puerta por la que llegó, dispensando palmadas a los dirigentes menores que quieren saludarlo, abrazarlo, sacarle una palabra, hacerse ver por sus huestes junto al ungido. Conforme van quedando atrás, apelan al regodeo. Se convencen entre sí, autorreferenciales: Peña sí cumple, dicen, y enumeran logros escuchados en otros discursos. Afuera casi no quedan trabajadores que lo despidan. Las bases ya se montaron en los autobuses que los sacarán de ahí. Otros no esperan y trepan al metrobús. Unos pocos deciden seguirla, y destapan otros six. * * * * * Del cuarto piso del hotel Majestic, una manta de apoyo a Peña Nieto ondea por unos minutos desde un balcón. El griterío como respuesta: “¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!”, se escucha en medio de una rechifla que se expande sobre las cabezas como brisa entre los árboles. El Zócalo abarrotado, a punto de iniciar el concierto de Paul McCartney el 10 de mayo. Premonitorio duelo de porras que por momentos tornan en mitin el jubileo roquero. Pierde el priista; la plaza es ajena. * * * * * La pregunta es a bocajarro: –Carlos Salinas de Gortari, ¿está o no contigo? Carmen Aristegui mira a los ojos de Enrique Peña Nieto, a la espera de la respuesta. –No lo está –responde, lacónico, el candidato del PRI a la Presidencia de la República. –¿Nunca ha estado? –Nunca ha estado. –¿Ni lo estará? –Ni lo estará. –¿Lo juras? –Lo juro. Fuera de su zona de confort, ante la periodista más incómoda para el estatus quo, Peña Nieto responde sobre su reticencia al debate y a exponerse en ambientes no controlados; sobre sus nexos con el exgobernador mexiquense Arturo Montiel, a quien debe toda su carrera; sobre Humberto Moreira, el exgobernador de Coahuila y la falsificación de documentos de deuda pública que le valieron su abrupta separación del equipo de campaña presidencial; sobre el flujo de recursos de procedencia ilícita para financiar su campaña. A todo responde con relativa eficacia, sin enredarse demasiado, pero donde no deja duda de los límites es cuando se le cuestiona sobre su supuesta irresponsabilidad paterna, a partir de la ofensiva que hace en redes sociales Maritza Díaz. Peña Nieto califica la campaña como “acoso”, y ofrece un rasgo de carácter que no se le había visto en público. Ataja en seco: –Lo que sí recrimino es que se quiera, y sobre todo de mis adversarios, que se quiera valer de mi hijo para hacer política, es un niño de siete años que no puede ser tema político. * * * * * Un zapato vuela por todo lo alto, con tan mala puntería que ni siquiera pasa lo suficientemente cerca como para que el candidato se entere de la expresión de repudio. Pocos lo registran. Es la culminación de la jornada más difícil que Enrique Peña Nieto haya tenido como candidato del PRI a la Presidencia de la República, una campaña que ha sido cuidada hasta ese momento con un celo profesional que deja poco margen al error. Fue un viernes negro. Se lo habían advertido minutos antes: las máscaras de Salinas lo esperaban en la Universidad Iberoamericana. El candidato se curó en salud: “No me parece que sea algo ni genuino ni natural”, dijo, y él mismo anticipó que sus adversarios van a “montar show”, la descalificación como argumento. Es la primera vez que Peña Nieto se sale de su burbuja mediática y del cobijo organizativo del PRI, luego de aquella exhibición en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Por eso, desde las 8 de la mañana los grupos @ectivistas y eje (enlace de jóvenes con Enrique) copan buena parte del auditorio José Sánchez Villaseñor, y desplazan a la protesta organizada por un nutrido grupo de jóvenes que buscan identidad en la politización, tránsfugas de la individualización. La manifestación contra todo lo que representa Peña Nieto, a los ojos del estudiantado rebelde, crispa la logística, jaquea a la seguridad, desborda las previsiones. Por momentos, el candidato parece vagar sin rumbo en el campus universitario, agraviado por el aparato priista. Al fin encuentran salida, por la puerta de atrás. Emilio Gamboa inicia el control de daños y eleva a Peña Nieto más allá de la categoría de prócer: “Esta agresión es una agresión a México, no es a un candidato”, clama. Peña Nieto ya puede pregonar: Yo soy la patria. O instalarse en el candor político: “Nosotros fuimos de muy buena fe, como es el candidato”. La disputa siguió por Twitter, otro territorio ajeno: Peña Nieto dijo respetar todas las manifestaciones, mientras que la cuenta institucional de la Ibero calificó a su comunidad universitaria como “informada, crítica y que no es ajena a la realidad del país”. La universidad sale en defensa de la integridad de su comunidad estudiantil: ofende a la inteligencia que se le acuse de dejarse manipular por las huestes de Andrés Manuel López Obrador, a quien se acusa de ser el autor intelectual de “la celada”. Mientras, la dignidad de cientos de estudiantes es mensaje viral en las redes sociales: “Somos estudiantes de la Ibero, no acarreados, no porros, y nadie nos entrenó para nada”. La bronca no es con Peña Nieto, o al menos no sólo contra él, a quien le cargan la responsabilidad por la represión en San Mateo Atenco (que habrá de asumir antes de dar por terminado el acto en la Ibero) y por los feminicidios en el Estado de México durante su gestión como gobernador. “Es contra toda la clase política que nos ha dado la espalda; ahora nosotros le damos la espalda a ellos”, dice Mariana, las manos pintadas de rojo, sangre escenificada en manos y rostro. Todavía retumban los “¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!”, consigna que se cumple por la puerta trasera, la comitiva en fuga. * * * * * No hay campaña electoral que pueda controlarlo todo, menos la muerte. Carlos Fuentes se fue el martes, y su fallecimiento mina al optimismo de quienes citan encuestas para conjurar reveses, la intención del voto sin mella pese a todo: Mientras todo mundo, incluido el PRI, “lamenta el fallecimiento del gran escritor”, las redes sociales multiplican el juicio del novelista sobre Peña Nieto, un personaje “muy pequeño” en comparación con los “enormes” problemas del país, que “no está preparado para ser presidente”. Más aún, la severa descalificación general de Fuentes a los tres aspirantes presidenciales ("mediocres" y "poco interesantes", los definió desde Buenos Aires, el 1 de mayo) enmarcó la frase lapidaria dedicada directamente al candidato, en una entrevista en enero último: “No quiero ni pensar que Peña Nieto pueda ser presidente”. *Gerardo Albarrán de Alba es miembro del Consejo Directivo de la Organization of News Ombudsmen (ONO) y ha sido miembro del Consejo Editorial de la edición mexicana de Le Monde Diplomatique y de los consejos directivos o asesores del Centro de Periodismo y Ética Pública, de la Fundación Información y Democracia, de la Fundación Libertad de Información, del Centro de Periodistas de Investigación, de México Abierto, del consejo regional del Instituto Prensa y Sociedad (IPYS, con sede en Lima, Perú) y del Committee to Protect Journalists (CPJ, con sede en Nueva York). Ha publicado capítulos en los libros: Croniques de la Gouvernance, Explorando el ciberperiodismo iberoamericano; Internet, el medio inteligente; Los Presidentes en su Tinta; Crónica de una campaña; Hasta siempre, Heberto; y La Muerte del Cardenal. *Gerardo Albarrán de Alba es miembro del Consejo Directivo de la Organization of News Ombudsmen (ONO) y ha sido miembro del Consejo Editorial de la edición mexicana de Le Monde Diplomatique y de los consejos directivos o asesores del Centro de Periodismo y Ética Pública,


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