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Hace 16h

Con respecto a los rugbiers y ese acto criminal de Villa Gesell donde una patota ataca sin piedad a un joven indefenso

Lo triste es que ninguno del grupo haya tenido la hombría y el cabal de decir: -Basta, listo vamos. Ya esta, ya esta. Y cambiar esa triste historia.

Cuando hablamos de valores, me hace recordar cuando a mis diez años tuve una experiencia inolvidable y una lección que para el día de hoy parece de otro planeta.

Yo trabajaba en una casa quinta de Las Lomas de San Isidro, hoy La Horqueta. Hacía limpieza, mandados y esas cosas que un niño podía realizar a su corta edad. El dueño de la casa quinta, llamado Sierra, tenía una tarea para mi, y era la de conseguir un trozo de hielo, pues ellos solían pasar los fines de semana en la quinta, y hacía calor.

No se me ocurrió mejor idea que ir a un barrio de emergencia, llamado Loma Verde en aquel tiempo.  Estaba al borde de Panamericana, bajando las lomas. Yo sabía que en ese lugar había un hombre que vendía hielo en barra y los cortaba en trozos de un cuarto.

Atravesé el barrio bajo la atenta mirada de los habitantes del lugar, llegué a la casa del vendedor de hielo, casi llegando al camino Real. Envolví el hielo en una bolsa de arpillera y retorne por mi camino rumbo a las Lomas. Allí a la salida de la Villa, estaban los chicos traviesos del lugar con un botín de ciruelas verdes robadas en las quintas de la Loma.

Pase y seguí mi camino, pero en seguida sentí muy cerquita mío una de las ciruelas que me habían arrojado.

Al instante paré, me volví y pregunté: -¿Quien tiró?

-¿Dice este si querés pelea? Fue la respuesta instantánea. Me acerqué a la barrita de unos ocho a diez chicos malos de mi misma edad. Uno se me paró enfrente. dejé el hielo a un costado y empezó la pelea rodeado en modo circular por el resto de la barrita. El niño me tiró al suelo, pero me lo saque de encima con algunos golpes y una buena tijera con los pies. Los golpes que le propiné en pleno rostro lo hicieron gritar.  -Sáquenlo...sáquenlo..

En eso sentí que unas manos fortachonas me levantaban por el aire. Era el jefe de la barrita, un chico corpulento que años atrás había compartido por unos meses el mismo grado que yo, en ese entonces yo era el terrible que lo hacía correr por toda la escuela.

Me dijo: -A vos te conozco. Yo hice silencio.

Tomó el pedazo de hielo, me lo devolvió y yo seguí mi camino llevando en si el ejemplo de códigos y respeto de un grupo de chicos sin estudios, con mínima formación, pero que habían aprendido mejor que los grandes y que muchos estudiantes de las más renombradas escuelas lo que es: CÓDIGOS, RESPETO, VALOR, HOMBRÍA.

 Carlos Polleé

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