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Emiro Vera SuárezMiembro desde: 03/07/17

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Hace 13h

La chavalada se ha ido del país, emigraron, nadie puede luchar al fin por la ansiada represión

Aventia

 

Tal y como ha demostrado la historia, la vanguardia revolucionaria del mundo contemporáneo es falsa, siempre representa a una minoría. Las mayorías ganan elecciones, no revoluciones.  Es una disciplina militante. Hasta hoy opositores y oficialistas ignoran que, en realidad, el compañero de viaje era ellos. Al anarquismo chic le ha salido gratis la insurrección. Y seguirá la gente protestando. Todas las facturas se las han cargado a esos burgueses inocentones. Poco conocen de revolución, porque se encuentran apadrinados.

 Echemos un vistazo a las cuentas de los dirigentes y que han hecho por el pueblo. No hay ningún diputado con causales en prisión, no han sufrido embargos ni inhabilitaciones y, en el reparto de sufrimiento, el retiro helvético de Anna Gabriel es la mínima cortesía que nuestros presos políticos y, del hombre que reside en un campo agrícola.

La chavalada se ha ido del país, emigraron, nadie puede luchar al fin por la ansiada represión. Que sean otros los que la sufran. Cataluña y Venezuela son hoy el paraíso de las tapas. Barricadas en mi ciudad encapuchados en la Avenida, llamamientos a la violencia en las redes, una feliz coreografía haciendo colas en bancos con la que disfrutar del presente continuo que impone la algarada. Qué más da lo que se complique la situación procesal de los encarcelados que dicen ser presos políticos. A quién le importa si hay rebelión, sedición o desobediencia. Que paguen esos primos lo que corresponda.

Total, los principales líderes opositores, residen en el exterior.

El gran logro de la literatura procesista es el haber creado la ilusión de una legitimidad que vuela varios pies por encima de la legalidad. Es un discurso peligroso, de pura sentimentalidad predemocrática, que conduce inevitablemente al caudillismo. Tarde o temprano, es decir, alguien iba a pronunciar esta tétrica frase: "Ningún juez tiene la legitimidad para cesar y aún menos para perseguir, al presidente de todos los catalanes y venezolanos". Lo hizo Roger Torrent en un arranque de sinceridad que parece imposible que no haya logrado conmover a toda la prensa internacional, al menos a toda la de aquellos países, como Alemania, cuya historia les ha demostrado cuál es el verdadero significado de esa formulación política.

: si España es una democracia equiparable a la del país en el que viven o no. El ejemplo de Alemania vuelve a ser pertinente. En enero del pasado año, su Tribunal Constitucional prohibió un referéndum de independencia en Baviera con el argumento de que "en la República Federal de Alemania como Estado nacional la soberanía recae en el pueblo alemán, por lo que estados federados no son los dueños de la Constitución". Las penas que contempla su legislación para el delito de alta traición tienen como límite la cadena perpetua.

Paul Ingendaay firma toda una lección acelerada para comprensivos, enternecidos y compañeros de viaje. Señala que: "Lo que está en juego no es tanto la cuestión de por qué Cataluña no debe convertirse en un estado independiente, como Véneto, Baviera y Texas no deberían hacerlo. En juego están los mismos cimientos del moderno estado constitucional". Hace un repaso exhaustivo de los posibles delitos por los que tendrá que responder Puigdemont, un informado repaso del auto de procesamiento del juez Llarena, desmonta el espantajo del franquismo y concluye que el procés "fue una coacción continua" y que "la reiterada voluntad de diálogo [de los independentistas] es sólo un engaño".

En lo que se refiere a la entrega de Puigdemont sólo hay un debate editorial posible para las cabeceras extranjeras

En España es habitual la lectura cazurra de la prensa extranjera, que consiste en celebrar como una genialidad inapelable los argumentos que han sido publicados una y mil veces durante meses en los diarios nacionales. La internacionalización del procés -que unos propugnan y en la que otros tropiezan- es la práctica pertinaz de este ejercicio bobalicón. Aunque es cierto que, tras el súbito enamoramiento de la épica callejera del procés que hechizó a los enviados especiales extranjeros durante las tristes semanas de octubre, produce una inevitable satisfacción leer la fría prosa de algunos editoriales.

Una de las estrategias más perniciosas -y necesarias- del independentismo fue el tenaz descrédito internacional de las instituciones españolas. Ha llegado el momento de comprobar cuáles han sido los frutos de años de insidias. Para los constitucionalistas sería reconfortante dejar aquí la lectura. Pero también sería manipulador y reduccionista. Alemania está dividida. Sencillamente porque hay quien considera que España no es una democracia como la suya.

En España "no hay garantías jurídicas", ha asegurado Elisabet Comín, hermana del ex conseller, e insiste, "se está confundiendo la esfera penal y política y eso es muy grave". Por eso, entiende Comín, que las decisiones judiciales españolas,  euroorden mediante, vayan a ser analizadas por la justicia suiza, la alemana, la belga y la británica es positivo. Pol Leiva, , va un paso más allá. Entiende que la crisis catalana es ante todo una crisis democrática y tiene además una dimensión europea. "Lo que está en juego ahora son los derechos fundamentales en España, más allá de la indisolubilidad de España o no", ha subrayado Leiva.

En Venezuela, es difícil describir estos hechosPor eso el independentismo no sirve como opción: es una maltrecha, Cambiar por cambiar, aunque sea los horarios. Rajoy, de vez en cuando, dice que va a cambiar los horarios españoles, como dice que va disminuir el déficit público: para tener contentos a los de Bruselas y para alcanzar acuerdos con Albert Rivera, que debe justificar que están cambiando algo.

Hace ya más de un cuarto de siglo, Francis Fukuyama sentenció que estábamos ante El fin de la Historia y con él la muerte de las ideologías. Tras la caída del bloque soviético y el final de la Guerra Fría, la democracia liberal, interpretó, había triunfado. El entusiasmo, sin duda, es el gran enemigo de las grandes teorías, al elevar a categoría ontológica lo que podría no ser más que un deseo particular.

Así que deseamos una verdadera revolución.

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